sábado, junio 24, 2006

Para que los ausentes no falten, acérquese

El viernes fue un buen viernes, de esos que hay pocos y son raros. No me perdí, aunque nunca había ido yo hasta la UAM Iztapalapa. Tampoco perdí, porque me llevé el tercer lugar en el concurso de creación del VII CECIL 2006, aunque en el diploma dice “segundo lugar” y a mí me sabe como si me hubiera llevado dos premios juntos. Algún día el pequeño cuento de La cena se publicará bajo su nombre definitivo, Parras o la sonrisa, y será muy famoso y hará llorar a las muchachas lindas. Pero por el momento se plantó, y ganó un lugar que su autor, el que esto escribe, ni siquiera había considerado. Los pequeños son afortunados, y a pesar de haberse enviado al cinco para la media noche del último día de la convocatoria, se coló hasta el final, y quedó entre los primeros. Y hasta allá fui yo a recogerlo, y a recoger los libros que se había ganado. Lo festejé con vino blanco, cervezas, sopas Maruchan y agua de limón, y se mojaron un poco él y los libros que ganó porque estaba lloviendo, y yo sin mochila porque no esperaba volver a casa con las manos llenas. (Pero en la premiación nos encontramos a Edgar Rivas, el mismísimo director de Registro y artífice de las sopas Maruchan, y de lo que aquí hayamos omitido él podrá dar cuenta cabal).
Ahora, una foto de mi boda.
Bien, amigo lector, ya nos dimos cuenta que sí estás poniendo atención. Ahora sí, una foto del diploma y de los libros que ganó el cuento y que recogí yo, aquel vienes que fue un buen viernes, de esos que hay pocos y son raros.

jueves, junio 22, 2006

The Absolute Man


Hay que verlo salir del auto, enfurecido, sacar a Ali MacGraw del asiento delantero, recargarla en la puerta y comenzar a golpearla para saber, inmediatamente, que Steve McQueen está teniendo un mal día. Al final se reconciliarán en medio de un tiradero de basura, dentro de un Volkswagen partido por la mitad, y lograrán no sólo quedarse con el dinero del asalto al banco, sino cruzar la frontera con México. Al final el día terminaba mejor.
Pero casi nunca era así. Ya antes había combatido una masa chiclosa del espacio exterior; había logrado sobrevivir, junto con Yul Bryner, a la defensa de un pequeño poblado mexicano e intentado hacer de su huída en una motocicleta alemana, un gran escape. Terminaba vivo y solo, y no eran finales felices.
Siempre ileso, las heridas las llevaba por dentro, y acaso ir perdiendo los dientes en su papel de Papillon fuera más sencillo que moler a golpes a Ali MacGraw en la vida real, cuando estuvieron casados. Portó un arma en su papel de Frank Bullit, e hizo de San Francisco su pista de carreras, pero cargo una pistola por el resto de su vida cuando supo que el azar, o la fortuna, le hizo faltar a la cita en casa de Sharon Tate el día que Charles Manson irrumpió en ella.
Pudo haber actuado con Audrey Hepburn en Breakfast at Tiffany’s, pudo ser Harry el Sucio, ser parte de Apocalipsis ahora, ser alguno de los dos en Butch Cassidy and the Sundance Kid, hacer El guardaespaldas antes que Kevin Costner, y perseguir a Rambo en First Blood. Pero la fortuna que lo salvó también lo alejó de todas ellas, y prefirió enfermarlo de cáncer y hacer de sus últimos años una pista de carreras donde su Ford Mustang del 68 competía contra la muerte.
Al final perdió. Cruzó la frontera y murió en Ciudad Juárez. Lo más cercano que tuvo a un final feliz fueron esas últimas escenas de La huída. Pero cuando “The Man” lo vencía a él, “The Cincinnati Kid”, en un partido de póquer prolongado por horas, y al salir de aquel juego un niño de color lo reta a un juego de rayuela, y también pierde, la historia se equivocaba. No perdía el niño, sino el hombre. El Hombre.

miércoles, junio 14, 2006

Those were the days

No sabía que lo recordaba.
Hace mucho tiempo, de niños, jugabamos a construir un fuerte. Luego lo derrumbabamos con nuestros pies, y el pequeño fuerte volvía a su estado natural de arena. A veces lo inundabamos, y los valientes soldados verdes flotaban buscando reagruparse. Hacia calor y vestíamos camisetas blancas, escondidas bajo los manchones de la batalla. Entonces nos llamaban y saliamos corriendo, escondidos del enemigo con olor a sopa y a trastes limpios. Fraguabamos el siguiente escondite, la próxima misión entre los matorrales. Aquel viejo perro tan querido nos ladraba. Eran grandes victorias.

miércoles, junio 07, 2006

¿A dónde se fueron todas las carpas?


Si lo posible es posible, entonces no me cabe duda que las carpas, simplemente, le plantaron cara a su destino. ¿Por qué depender para siempre de la gentileza de los extraños, que las alimentaban con galletas de animalitos por simple diversión dominical? Horadaron el piso, gordas y muchas como eran, hasta vislumbrar el camino rumbo al paraíso de las carpas. Ahora o nunca, patria o muerte, venceremos. Una legión que seguramente pasó lista antes de descubrir, en la caída, el pecado de hybris que estaban cometiendo: no basta ser carpa ni ser gorda, para escapar del sino que nos aguarda. No creyeron posible ser juguetes del destino.
Sin embargo las entiendo. Desde el fondo del lago, la mano que alimenta el mundo debe verse rodeada de destellos de luz, como una luminosa manifestación ondulante de un poder lejano e inaccesible. Debe ser angustiante.

domingo, junio 04, 2006

Cirilo o la selva oscura

Como dijo Gómez, “ah, carajo”. Resulta que el tiempo, como siempre pasa, pasa, y esta señorita se ha encargado de demostrarlo. No cabe duda que la Paleta, ella sí, solita, es otro boleto. De la pequeña Maria Joaquina que daba de vueltas en el Carrusel ya sólo queda el corazón roto de Cirilo, pobre, con su carita de angelito negro. Si a la niña rica la mareaba tanto dinero, a Cirilo sólo lo mareaban las vueltas en los caballos; pero, con las vueltas que da la vida, los mareos ahora los sufren todos los “lectores” de H, que han hecho de este número el más hojeado del Vips –algunos, con lágrimas en los ojos, le han arrancado el póster, me informan –y el único agotado en los 7Eleven. ¿Será que infancia es destino, y todos guardamos en nuestro corazón un pequeño Cirilo al que, para siempre, le meterán balín en su colección de balones y las rubias lo batearán despiadadamente, hasta hacerle escupir los dientes, cual Kirby Puckett? ¿Una onda así como del Dante, pero al que encima de llevarlo a ver los castigos, se los aplicaran también a él? “Chance”, diría Gómez. Porque entonces sí, mirando esos ojos y un tal bikini tejido, a la distancia podríamos decir que aquella resultó ser, en verdad, una divina comedia.

sábado, junio 03, 2006

RIMAR

En caso de incendio, rime. Si su tripulación lo traiciona, rime. Si su corazón lo delata, rime. Si un amigo de la infancia lo acusa, rime. Si la mujer del tranvía lo señala, rime. Si un viejo amor volvió, rime. Por si las moscas, rime. Rime por no dejar. Si su casa arde, si el valiente duda, si la estirpe se constipa, si un ciego lo mira, si el árbol no vuelve, rime. Si rima, rime. Rime, siga rimando, no pare de rimar.