viernes, septiembre 21, 2007

Variaciones sobre el horror

Siempre he sido malo para comer pepitas con cáscara. No puedo. Rebasan mi torpeza y la ponen de manifiesto. Las evito. Lo supe desde muy niño, y a temprana edad quise ponerle remedio: la delicadeza para abrirlas la sustituí por el rudo roer de la pepita con todo y cáscara. Funcionaba.
Hasta el día en que el tío Ángel me descubrió. Viéndome fijamente confirmó lo que de reojo sospechaba. “No, así no. Ábrelas”, dijo. Respondí que no podía y, sereno, desde su lugar de tío, me advirtió que no siguiera haciéndolo, porque podría salirme un árbol de pepitas en la panza.
Se apoderó de mí el terror. El susto me duró por años. Solté la bolsita y pedí uno tras otro vasos de agua. Hasta que recordé que mis papás regaban las semillas para que crecieran. Aterrado y estúpido. El tío Ángel –yo asomado desde la cocina– partía con parsimonia las pepitas. Como si nada.
Aquella noche me palpé el estómago por horas. Creía sentir las ramas saliendo por mi boca, uno como olor a tierra impregnaba el ambiente, la de jarabes que necesitaría para sacarme el árbol de adentro. Pero a la mañana siguiente no pasó nada. Ni a la siguiente. Nunca confirmé ni desmentí lo que me dijo. Me conformé con creer que había corrido con suerte.

Todavía ahora, por las noches, puedo percibir cierta dureza en las yemas de mis dedos. Cuando el sueño me vence, en el abandono de mi cuerpo al silencio profundo, siento mis manos rasposas, como envueltas en una especie de corteza. Y sonrío.

jueves, agosto 30, 2007

Happy together

Entonces me entra algo así como un amor de padre las cosas que nos pasaron cuando éramos niños Antes de cualquier acción definitiva no pasaré más de una noche con ella el remoto luchar contra la nada que las decisiones están tomadas Y le contó la historia de un antiguo rey de Moab Verdades útiles Como el que mira la hora, el que adivina Un río que ríe suena, se ríe Marzo dos, dosmilsiete Que no te derroten nunca deviene ciento volando y él Montesco entre Capuletos un hombre y una mujer capricho de emperatriz Me inundó la tristeza Todo yo era el Titanic

martes, agosto 28, 2007

Todo lo poco que sé. Todo lo mucho que espero.

Describir la realidad a veces resulta complicado. Dormimos un lunes para despertar un jueves, de febrero sigue mayo y se nos pierde noviembre para pasar de octubre a diciembre. Nos distraemos en centros comerciales, evitando la calvicie, frenando las várices, brincando de puesto en puesto, terminando de pagar el coche y arreglándonos los dientes. Nuestra libertad radica en el destino vacacional de dos semanas después de las otras 52 intentando convencer al reloj que se brinque a las 5 para llegar a las 6 y escapar del trabajo al tráfico. Se nos va la vida, como tren que un día decide seguir y seguir sin detenerse.
Simplificamos las cosas. Tachamos de malos a los inmorales, a los homosexuales, a los narcos, a los vagos y a los indios que no terminan de entender que producir el doble es mejor. Simplificamos nuestra espiritualidad con normas morales y rígidas reglas de fe que en vez de encontrarnos nos llenan de desencuentros; con la hija de los divorciados, la madre de la lesbiana, el tío del encarcelado y la muchacha que decidió abortar. Engañamos nuestra terrible ignorancia con educación formal. Y escondemos nuestra inmensa y vasta miseria detrás de un corte de pelo, un nuevo pantalón ajustado, el regalo de una despensita en navidad a la colonia jodida de al lado y alguna pastilla para adelgazar. Dejamos de indagar la complejidad que nos rodea. Dejamos de buscar entender nuestros deseos y nuestas aspiraciones. Se las dejamos a un jefe, a una marca, a un consejo televisivo. Y se nos va la vida.


Tin Dirdamal, haciendo la editorial para Replicante no. 12, Miradas al cine.

sábado, agosto 18, 2007

Grandes biografías de nuestro tiempo

Aldo Iván (1979)

En colegio de señoritas mormón y mudo honoris causa por Yodelator, trompetista invitado en Jericó y viejo numantino que al fuego llama arder, ha fundado empresa en viejas ilusiones, es creyente asiduo en el pórtico de Salomón, y suele ordenar la retirada cuando la guerra va resolviéndose a su favor. Cantó victoria en medio del desierto, predijo en Casandra un sino de amor, y dulce y matutino suaviza vientres con oliva y laurel.
Rotundo en el confort de la carencia deja dicho que no volverá y vuelve, abreva del ardid de caricias y esperanzas, añora el tibio reino bajo la falda y promete, la mano sobre el corazón cuando lo hace, que esta vez no mentirá. Montesco entre Capuletos, un costado abierto para Tomás, capricho de emperatriz, discípulo autodidacta con déficit de atención, en Teruel nos abandonó, en Cinco de Mayo volvió a amar y a la edad de veinticinco aprendió de Teógenes a dejarlo todo y no dejar.

domingo, agosto 12, 2007

Del libro del profeta Isaías

Me pasa ahora como en los días de Noé: entonces juré que las aguas del diluvio no volverían a cubrir la tierra; ahora juro no enojarme ya contra ti ni volver a amenazarte. Podrán desaparecer los montes y hundirse las colinas, pero mi amor por ti no desaparecerá y mi alianza de paz quedará firme para siempre. Tú, la afligida, tú la zarandeada por la tempestad, la no consolada: He aquí que yo mismo coloco tus piedras sobre piedras finas, tus cimientos sobre zafiros, te pondré almenas de rubí y puertas de esmeralda y murallas de piedras preciosas. Destierra la angustia, pues ya nada tienes que temer, olvida tu miedo, porque ya no se acercará a ti.

54, 5-14.

lunes, julio 02, 2007

Este dia. Este año.

Julieta Torres Salas
Hija de un hombre y una mujer
que hicieron de un viejo adagio
un nuevo prodigio.


martes, mayo 22, 2007

To mock a killingbird

UNO.
Callejón que une Circuito Río Piaxtla y Circuito Río Fuerte.
Lo miran. Todas a un tiempo. Las pajaritas. Él, orgullo herido –caída pública a la hora en que los niños salen de la escuela–, desde su isla de gato las espera: en el ancho barandal que limita la terraza con el mundo, serenas la cola y el bigote, confía en vencer el cable de luz que sólo por centímetros las aleja. Un mal cálculo, ahora lo sabe, deviene ciento volando y él, respeto adquirido por su color y sigilo, aguarda: dejarán de estar a salvo cuando de un salto –ese buen salto–alcance a las que lo miran, todas a un tiempo, las pajaritas, y presiente que aquella será para todos la última tarde.

DOS.
Un gato para Julio.
Debe ser como escuchar tu. Caer dormido buscando. Acurrucado olvidar. O tener hambre, pegar la boca a tu. Y ser un tibio. Una extensión de aquel. Un polizón.

viernes, abril 27, 2007

Abril veintisiete, dosmilsiete

También su ausencia es algo que está conmigo.

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[IV] de Alberto Caeiro, El pastor amoroso, en Fernando Pessoa, Poesía completa de Alberto Caeiro, BUAP/UAM/Verdehalago, México, 2000, p. 124.

miércoles, abril 18, 2007

En otro tiempo he estado aquí

ERV
Déjame recobrar la memoria del cuerpo,
su rigurosa finitud.
Déjame salvar nuestros cuerpos de sus raíces,
abatir los árboles que no soportan ya el peso del alma
y buscan su polvo, su semen de tiempo y su metamorfosis.
[...]
No tengo conciencia:
eres un espejo que me acosa, me fustiga, me oprime
la frente, la respiración, la boca:
y tu saliva es un bautismo tardío y siempre reciente,
el agua que destruye la sed
y mi sudor en vano lo combate.
[...]

Oh mía, fuego mío,
que la inundación de la música nos consuma,
que este incendio en sus mismas llamas se abandone
y que en mi ceguera estalle la luz de las manos, de la piel, del
espasmo,
los cuerpos, la noche, la vida irrepetible que no quiere volver a ser.

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5. Déjame recobrar la memoria del cuerpo (Fragmentos)
Tomado de Montemayor, Carlos, Abril y otras estaciones (1977-1989), FCE, México, 1989, pp. 47-49.

jueves, marzo 15, 2007

En buena hora, Aldo Iván

Querido amigo:
Que no te consuman la ilusión ni su impertinente ánimo de conquistador, que no haga nido en ti la fiebre absurda del amor ni su ternura. Pero si te consumen, si anidan en ti pule tu escudo, alista la espada y combate sin mucho afán su estela de marzo y jacarandas. Que no surquen tu frente deseos de emperador, que dominar al hombre sea siempre dolor y pobreza. Pero si surcan y no duele pon bajo tu lengua cianuro, huye, quema tu corazón en el fuego que a los mapas ha de devorar. Procura ir por el mundo sin esperar nada a cambio, cuida que no levanten de ti ni bustos ni memoriales. Pero si esperas que sea entonces la hora de tu enemigo, y si los levantan que sea por error sobre el mar, en el vacío de los cajones. Que no te derroten nunca, que el brazo triunfal que se eleve no sea el de tu retador. Pero si te derrotan, si aquel brazo se eleva di que tu mujer es más linda, que fundaste imperio en amores clandestinos, que nada azaroso te es ajeno. Que estás intacto.
Y si en Emel fuiste esclavo y en Cinco de Mayo pidieron tu cabeza por amor, si en los mares del Norte descubriste la tibieza y lo fugaz, si en las rutas de Oriente inventaste el truco de volar, el compuesto químico que anula la conspiración, celébralo.
Siempre tuyo,
Valdés Espinosa.

miércoles, marzo 14, 2007

28 soledades (con algunos años agraciados)

La noche que estuve tomando copas con Fidel Castro casi nos emborrachamos. Bueno, yo más. O él lo aparentaba menos, no sé, pero desde luego que había soplado. El caso es que a eso de las cuatro de la mañana, le dije: "¿Sabes, Fidel? He venido viendo en el avión -y era verdad- Forrest Gump", y me dijo: "Ah, sí -porque a Fidel le ponen películas y el Gabo le recomienda muchas-. La he visto hace unas semanas y es muy divertida", me dijo. Te cuento esto porque yo, en este mismo momento, me siento como Forrest Gump.

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Tomado de Menéndez Flores, Javier y Joaquín Sabina, Yo también sé jugarme la boca. Sabina en carne viva, Ediciones B, México 2007, p. 59.

miércoles, febrero 28, 2007

De la primera carta del apóstol san Pablo a los corintios

Hermanos: Aunque yo tuviera el don de la profecía y penetrara todos los misterios, aunque yo poseyera en grado sublime el don de ciencia y mi fe fuera tan grande como para cambiar de sitio las montañas, si no tengo amor, nada soy. Aunque yo repartiera en limosna todos mis bienes y aunque me dejara quemar vivo, si no tengo amor, de nada me sirve.
12, 31-13,13

lunes, febrero 19, 2007

Y en su arena leer que nada espere, que no espere misterio, que no espere

Leamos cada día de febrero a Owen como si confiáramos en él. Lleguemos por la noche a casa, y ya descalzos reconozcamos nuestros pasos dados en su número correspondiente. Día Quince. “Alcohol, albur ganado, canto de cisne del azar.” Así fue. Descubrir que el rostro desnudo, que el Lerma cenagoso, que este camino recto entre la niebla, que ese llorar frente a un retrato, se dieron, inevitables como un marino a la deriva que no recuerda haber abandonado ningún puerto. Como el que mira la hora, el que adivina, el que sabe de nosotros lo que ni siquiera nosotros sabemos de nosotros mismos.

jueves, enero 25, 2007

El Pequeño Apócrifo

Berton: Lo explicaré. No me di cuenta en seguida; lo entendí al cabo de un rato: el niño era muy grande. Enorme es poco decir. Extendido horizontalmente sobre las aguas, el cuerpo se elevaba a unos cuatro metros por encima del océano, lo juro. Recuerdo que en el momento en que toqué la ola, el rostro del niño estaba un poco más arriba que yo, y sin embargo, en mi cabina, yo debía de encontrarme a una altura de por lo menos tres metros.
Pregunta: Si era tan grande ¿por qué dices que se traba de un niño?
Berton: Porque era un niño pequeñito.
Pregunta: ¿No entiendes, Berton, que tu respuesta no tiene sentido?
Berton: No, en absoluto. Podía verle la cara; era un bebé. Además, las proporciones del cuerpo correspondían exactamente a las de un bebé. Era un niño de pecho. No, exagero. Un niño de dos o tres años. Tenía cabellos negros y ojos azules, enormes. Estaba desnudo, completamente desnudo, como un recién nacido. La piel parecía mojada, o lustrosa; resplandecía. Yo me sentía como trastornado. Ya no creía en un espejismo. Veía a ese niño con tanta claridad. Subía y bajaba, junto con las olas; pero aparte de ese movimiento general del cuerpo, el niño mismo se movía; ¡era horrible!
Pregunta: ¿Por qué? ¿Qué hacía?
Berton: Parecía una muñeca de museo, pero muñeca viva. *

**

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** En las imágenes, A Girl, obra del escultor Ron Mueck en la Academia de Artes de Edimburgo, durante una exposición retrospectiva de su obra -figuras humanas en escalas gigantescas- en agosto de 2006.
* Texto de Solaris, de Stanislav Lem.

viernes, enero 05, 2007

Balar

1.
Silbando van las balas. ¿Qué silban?
Una canción aprendida esta mañana.
Como niñas que se miran y separan
una media tarde, un rincón de nada.
¿Silba el borrego mientas bala? Bah.
La vida sola a solas va.

2.
Un río que ríe suena, se ríe. Oír
un río que suena que ríe suena,
reír. Ir por ahí diciendo que suena
un río que ríe al río, a la vereda y
sonreír. Son de reír así sin otro
corazón que un río que suena, sonar.

3.
En mi casa hay un león. ¿Qué caza?
No sé. Nunca he ido. Pero dirán que
digo que en tu vientre hay un león
que habla. ¿Qué dice? Que habla.
En la noche siembra flores. ¿Hembra?
Sí, hembra, pero dije flores.

viernes, diciembre 29, 2006

VERDADES ÚTILES PARA INICIAR ESTE AÑO

¿Que el amor todo lo puede?
Mentira.

¿Que el mal no siempre triunfa?
Mentira.

¿Que no soy yo el que traza los mapas,
el que abre la puerta, el que te avienta tierra a los ojos?
Mentira.

jueves, diciembre 07, 2006

Tres apuntes sobre la rebeldía

1. Los rebeldes huimos combatiendo

Cuando le preguntaron a Kasuo Michina por qué se había levantado en armas, miró fijamente a los corresponsales y les dijo: “hay horas en la vida de un hombre que sólo cobran significado cuando dice ‘no más’”. Su pequeña compañía se apostó a las afueras de las oficinas donde, según la agenda del día, habría de reunirse el primer ministro con gran parte de sus secretarios. El ataque fue sorpresivo, sobre todo para Michina. El misterio del fuego cruzado estuvo resuelto horas después, cuando supo que un traidor entre los suyos posibilitó la contraofensiva gubernamental. “Los hombres que buscábamos no estaban ahí”, refirió años después el general en una entrevista para el Time. “Aún así tomamos el edificio por asalto y aguardamos”. Allí refugiados esperaron refuerzos.
La refriega duró varias horas, hasta que la rebelión de Michina salió victoriosa. En su Historia del siglo XX, Eric Hobsbawm apunta: “Ningún otro golpe de Estado fue tan bélico en su discurso ni tan humanitario en su aplicación como el del general Kasuo Michina. Y resultó por ello tan contradictorio, que su desenlace sólo pudo darse en el ámbito de lo trágico”. Se rebeló, fue rey y después lo exiliaron. Antes de suicidarse Michina releyó a Camus, pero se negó a aceptar que sus acciones fueran algo anticipado y previsto.
En una de sus últimas entrevistas, al preguntársele qué era lo que más recordaba de aquellas horas, respondió: “A mi hermano, el traidor”. Y abundó: “Sospeché de todos todo el tiempo, excepto de él. Pero a la distancia resulta lógico: el hombre puede rebelarse contra la rebeldía. Por ello no lo aborrezco ni le guardo rencor”.

2. Los rebeldes no usamos pantuflas

Al abuelo aquello de la rebeldía le parecía cosa ociosa. Había visto a su viejo amigo Lázaro salir de las películas en tercera dimensión furioso o hecho un mar de llanto, agitando los lentes bicolores diciendo: “no sirven, otra vez me dieron unos que no sirven”. Volvía y lo intentaba una vez más, y poco le interesaba que el boletero, sorprendido, dudara antes de darle los lentes a un tuerto. Pero la tiranía de la abuela alcanzaba ya límites insospechados, y era su empeño diario el poder rebasarlos, no importando que la gravedad del asunto no lo ameritara del todo.
En un tibio remanso de las voces que acostumbraba dar la abuela por la tarde, Roberto alcanzó al abuelo en el patio. Agitado, lo sacó de una contemplación de siemprevivas, hasta alejarlo lo más posible de la vista del enemigo. Entonces le dijo: “la abuela, furiosa”. Y comenzó a contarle de las gallinas que habían llegado a la recámara quién sabe cómo, de la sorpresa que se llevaron él y las gallinas cuando la abuela entró al cuarto, del futuro que ella le negaba en toda la retahíla de condenaciones que se acumulaban en el aire. El abuelo asentía, escuchaba atento y en silencio.
“No es tan grave”, dijo por fin. Y agregó: “te ayudaré”. Trepados en un árbol vecino, escondidos los dos de la cólera de la abuela, a Roberto aquel escondite le pareció el mejor escondite, y comprendió que su abuelo no era ni tan intrépido ni tan valiente como suponía, pero sí ingenioso. El abuelo, bien agarrado de las ramas, pensó lo mismo. Al día siguiente buscó a Lázaro, y a grandes rasgos le explicó el plan. “Todo depende”, dijo aquel, “del resultado que obtengamos hoy”. El abuelo pensó que en las revoluciones no todos se sublevan por lo mismo, así que aceptó el trato, apagó su cigarro y entró con él al cine.
“Un tuerto, un anciano y un niño”, recapituló la abuela cuando los vio llegar y supo de sus intenciones. “¿Cuánto miedo debo tener?”, preguntó con ironía. “Todo el miedo del mundo”, respondió el abuelo. “Hoy por fin sirvieron los lentes de Lázaro”.

3. Los rebeldes perdemos la gracia cuando dudamos

Porque todo es igual, a Mara le aterraba vivir bajo el yugo de una estirpe que se corrompe. Su familia presentó los primeros síntomas una tarde de agosto y recordó, sin proponérselo, que la nieve al condado de Moab no tardaría en llegar. Sólo por eso estaba decidida. Antes de verse disminuida, antes de encontrarse despojada de la seguridad y el alivio, habría de imponerse contra lo que viene: el mundo, su contemplación y su derrota, una última advertencia antes de sucumbir a su destino. “¿Podré? ¿Tendré la fuerza?”, se preguntó. Escuchando a Beth Gibbons trazó un plan. Y luego otro. Y otro.
“No hay salida”, suspiró. Vencer todos los obstáculos no garantiza un triunfo permanente, le corroboró la voz en el teléfono, y ella contuvo la respiración un rato, acarició una superficie rugosa, y pensó que conocer su futuro era lo más rebelde que podría hacer. Cuando le anunciaron la muerte de su hermano el primogénito, no se sorprendió.
Se le acercó al oído y le cantó. Al terminar le acarició el pelo y repitió en voz alta aquella línea que decía: I’m here to stay. “Rebelarse y fracasar es humano, pero también inútil”, le dijo Ruth una noche después. Y le contó la historia de un antiguo rey de Moab, que en el camino a la contienda tuvo una revelación. Reunió a sus hombres y les dijo: “Lucharemos y ganaremos, lo sé, se me ha permitido saberlo”. A mitad de la batalla, cuando el enemigo lo acorralaba y sus bajas eran casi totales, uno de sus hombres se acercó y le preguntó: “si ya sabías que ganaríamos, ¿por qué insististe en venir a pelear?”
Mara esperó con tristeza su siguiente taza de café –“sin azúcar, sabes que no la merezco” -, y miró por largo rato a Ruth. Pensó en las primeras horas del hombre en este mundo, del sitio fugaz de la memoria, y por un instante tener y carecer le parecieron cosas fuera del tiempo. Una noche agigantada, la mano secando el rostro, se abrieron paso.
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Publicado originalmente en Registro No. 13, noviembre 2006, cuyo tema fue "La rebeldía".

jueves, noviembre 30, 2006

De saber que venías te tendría un pastel

Estimado Nabucodonosor: es usted un viejo risueño y callado, lo cual se vuelve una contradicción de términos que no nos llevaría a ningún lado, si no fuera porque lo estimamos y nos preocupa que no salga usted más de su cuarto. Si acaso ha descubierto un universo dentro de su departamento; si en su capacidad de asombro caben las hormigas, la luz que por entre las cortinas ilumina partículas de polvo en el aire, la esquina que siempre ha sido esquina; si el tiempo dejó de correr en su sala de estar, si la televisión lo esclaviza y lo libera, si ha descubierto que no hay vuelta atrás, que las decisiones están tomadas y viven en la Isla de las Decisiones, entonces hace usted bien de no salir.
Nada da más luz que una dama a mitad de la luz.
Ni nada menos.

viernes, octubre 06, 2006

Donde los héroes respiran dolorosamente
confundidos con sus estatuas

Mis recuerdos cumplieron años. Caminé las calles que caminé, fui a los lugares a los que fui, estuve donde alguna vez ya estuve, como quien anda un camino tantas veces recorrido. Un tour por la memoria y el espíritu, antes de que desaparezcan como ya lo han hecho los lugares de mi infancia.
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Siempre llego tarde. Mis personajes no. Ellos viven la vida que no tengo. Pero un día un personaje, llamado Aldo Iván, llegará tarde a todos los lugares que tenga que ir, y llegará sólo para escuchar: lo sentimos, perdiste; se fueron sin ti; ella se cansó de esperar y se fue. Aquellos que lean el cuento –que se llamará, propongo, Iván en punto-, llegarán a la conclusión de que no, que el personaje jamás llegó tarde. Fue puntual en alcanzar su derrota, como todos los demás. Y cuánta razón tendrán.

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ausencias de relámpago que iluminan, así volverás y volveré
como señal de victoria al reino, una ciudad sin las murallas
que el viejo abad levantó como íntimo tesoro que antaño no me fue dado asaltar.

(Por colores, o todo seguido, como se quiera leer).