viernes, febrero 10, 2006

Llagado de su sonrisa


Querida señorita Evangeline Lilly:
Después de mucho reflexionar he llegado a la conclusión de que usted y yo tenemos algo en común: los dos hemos estado perdidos. Como usted, allende mi ciudad natal yo también tuve que declarar, frente a una recepcionista de hotel polaca de mirada compasiva: we’re lost. No tuvimos que acampar a mitad del pequeño parque cercano a la estación del tren, ni defendernos de sujetos extraños o cazar nuestro propio alimento, pero casi. Eso sí, comimos en un McDonald's levantado en medio de una cueva y muchas veces nos hicimos entender a señas. Por lo que, en términos generales, comprendo por lo que está usted pasando. Así que desde aquí mis más sinceros deseos porque no se la coma un oso polar.
Le comento además que mi invitado del mes, el señor Owen, tiene unas palabras para usted, señorita Lilly, que no por casualidad están varadas y le salieron en verso:

Como a la mano hecha a los espinos
La hiere con su gracia la rosa inesperada,
Así quedó mi duelo
Crucificado en tu sonrisa.


Espero le gusten, porque es de un pequeño libro del señor Owen sobre un pobre marinero que, como usted, naufragó y al alba se descubrió en una isla desierta y árida.

Queda de usted

Aldo Iván

PD. Para estar en sintonía con el momento, le mando esta breve misiva dentro de una botella que arrojaré al mar. Ah, y como para usted señorita Lilly, un día es igual al otro, le propongo que también para su linda persona todos los días 4 sean domingos.

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Dia Diez, LLAGADO DE SU SONRISA.

domingo, febrero 05, 2006

Ignorantina

Datos sobre el pueblo estadounidense, según recopilación de David Brooks para La Jornada, a propósito del informe que el presidente Bush presentará ante el Congreso de su país el próximo siete de febrero, también conocido como "el estado de la Unión":
"Mientras tanto, el pueblo del país 'más avanzado' del planeta está un poco confundido. Según sondeos reportados en varios medios, hay una gama de indicadores preocupantes, para algunos. Sólo 40 por ciento de los estadunidenses cree en la teoría de la evolución; 13 por ciento sabe lo que es una molécula. Una quinta parte de los estadunidenses aún creen que el sol gira en torno de la tierra, y aproximadamente una mitad sabe que los humanos no vivieron en la misma época que los dinosaurios. Otras encuestas como una de la revista Time revelan que 59 por ciento de los estadunidenses cree que las profecías apocalípticas de Juan en la Biblia se cumplirán, con casi todos creyendo que subirán al cielo en el éxtasis final. [...]
Algunos simplemente ya no pueden leer. El mes pasado la evaluación nacional de alfabetización adulta realizada por el Departamento de Educación del gobierno federal registro que sólo 31 por ciento de los egresados de universidad demostraron un nivel eficiente de poder leer y analizar textos en inglés. La última vez que se realizó este estudio nacional, en 1992, 40 por ciento demostró esa habilidad".
La nota también da cuenta de la poco limitada libertad que los americanos piensan tener, de lo justificado que es el espionaje gubernamental, de la demasiada libertad de prensa de la que gozan y de la necesaria represión contra las manifestaciones antibélicas. Ah, y de las ganancias de ExxonMobil en estos tiempos de guerra, cuyas utilidades en 2005 fueron de 36.13 mil millones de dólares, es decir, un crecimiento del 42% con respecto al año anterior.
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Dia Cinco, VIRGIN ISLANDS.

jueves, febrero 02, 2006

La cuenta de mis muertos

Contra la más reciente película de Steven Spielberg se han lanzado duras críticas que, tras lecturas atentas, descubren a individuos más propensos al prejuicio y a la toma de posturas extremas. Es razonable que la duda surja cuando Munich no es abordada por apellidos como Coppola o Stone, sino por aquel que ha rubricado las peripecias del arqueólogo aventurero o las tribulaciones de un pinocho del futuro próximo. Tendría que tomarse con reservas.
El problema se presenta cuando, después de ver el resultado en pantalla, se elevan las voces que exigen del director lo que antes le reprocharon por La lista de Schindler o Rescatando al soldado Ryan: la toma de postura. Se le acusa de suavizar a personajes que, se argumenta, actuaron “…sin pesadumbre, de acuerdo con una fe y unos mandatos específicos…”[1], o de tener miedo a señalar y denunciar, llegando a estar, la película, “…empapada en el sudor de su idea de equidad…”[2], habitando el colmo en el que “…el único partido que Steven Spielberg toma alguna vez es el partido del cine”[3].
Sin embargo, las faltas que se le atribuyen son, por mucho, los logros de una cinta que no sólo en lo técnico resulta ser de buena hechura. Las dudas que asaltan a los cinco miembros del equipo de Avner Kauffman no sólo humanizan a los sicarios israelíes, sino que crean el justo contraste con la férrea determinación de aquellos que los mandan, quienes, pese a sus servicios prestados, los desconocerán hasta negar su existencia si es que ello es necesario. Spielberg toma un riesgo enorme para su discurso hasta ahora correcto y complaciente: el estado de Israel no sólo combate fuego con fuego, sino que, en última instancia, parece hacerlo a ciegas.
El ser humano duda porque razona, y no podemos afirmar que aquellos ceñidos a una fe –teológica o militar, o ambas– no se descubren a sí mismos perturbados por la noche, como si la convicción de que no dudan fuera más necesaria para nuestra tranquilidad que para los miembros de la Mossad. No sabemos si dudan, pero no podemos afirmar que no dudan. Y Avner, Carl, Steve, Hans y Robert se preguntan sobre lo que los constituye como hombres, antes que como sicarios. Avner solicita las pruebas que inculpan a sus objetivos, Carl quiere saber quién realmente les vende la información (¿la CIA, la Mossad, los franceses?), Robert no comprende la ley del talión que están aplicando. Aunque los sicarios reales no hayan hecho tales preguntas o elaborado dichas reflexiones, los personajes se vuelven alegorías sobre la búsqueda de una verdad que terminará asesinándolos o casi volviéndolos locos.
La lucidez con la que se expresa la primer ministro israelí Golda Meir al inicio de la película, termina siendo sólo el discurso que legitima la acción, arrojando a los convocados bajo ese discurso a actuar igual que aquellos que combaten. Conviviendo por necesidad miembros de la OLP con los hombres de Avner, éste último tiene una discusión con el líder de aquellos, que le recuerda la necesidad de tener un hogar. Desestimándolas en boca de un palestino, Avner encuentra las mismas palabras en boca de su madre: la lucha de Israel está justificada porque siempre es necesario un hogar. Luego entonces, y ésta es la parte del discurso de Spielberg que más incomoda, la lucha de los palestinos también está justificada.
Pero además están los intereses que Estados Unidos, a través de la CIA, defiende; la organización familiar francesa que trafica con información clasificada; la holandesa freelance que sintetiza la lucha por la sobrevivencia; los terroristas palestinos que son buenos padres o traductores de textos clásicos de literatura; el hombre que asesina y procrea.
Al final, Israel ya no es aquel inocente pueblo judío masacrado por alemanes, sino el Estado que propicia, por negarse a negociar, la muerte de sus atletas, y que achaca a los otros sus faltas. Un Estado que no escatima recursos para imponer su voluntad envuelto en su discurso de superioridad –la civilización contra la barbarie–.
Munich es, entonces, una película que merece ser vista varias veces para alcanzar a comprender lo que Spielberg argumenta entre líneas, brumoso a simple vista como sus Torres Gemelas que, aunque redundantes y efectistas, insisten en la necesidad de reflexión antes que en la condena y descalificación por no decir lo que se quiere escuchar.
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[1] Montiel Figueiras, El sabor del otro, en Confabulario, número 92, 21 de enero de 2006, p. 13.
[2] Leon Wieseltier, Atentados. En torno a Munich, de Steven Spielberg, en Letras Libres, número 86, Febrero 2006, pp.100-101.
[3] Ídem.
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Día Dos. EL MAR VIEJO

miércoles, febrero 01, 2006

Correveidile colibrí

Esta mañana me sorprendo con el blog tan desnudo
que temblamos (mi blog y yo).
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A Gilberto Owen, en una franca falta de respeto que, paradójicamente, encierra mi entero gusto por él.
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Dia Primero, EL NAUFRAGIO.

martes, enero 10, 2006

Desde el barandal

Cuando fui tribuno

Soy feliz como el hombre que devora su nido,
sabio y decadente como aquel que a la luz de una vela
descifra un antiguo mapa de sí mismo. Viajero del tiempo
que abraza a sus amigos hasta volverlos
días de arena y nubes –yo también fui polvo del
polvo, armadura contra la nada-. Por eso hoy quiero
que me nombren rey del verano perdido.
Emperador de cartón, carnaval sin luz.
Soy un gran hombre.


Alicia Parker Mills (1907-1950). Por la comunicación que mantuvo con su esposo en su movilización al frente durante la Segunda Guerra Mundial, se sabe de lo terrible que era para él la estadía en combate. Mills, partidaria del conflicto bélico, alentaba a su joven esposo y le pedía que no tuviera miedo, que fuera valiente, que hiciera a cada hora, en cada momento, la guerra. Es con la muerte de su superior y el acto heroico -aunque inútil- por salvarlo, que “su soldado” –como le gustaba llamarlo- es ascendido y puesto al frente de un grupo de combatientes. El tono de las misivas se recrudece: el pánico y una lucha febril contra él se manifiesta en cada una de ellas. Mills no puede ya sino compartir la desesperanza y el desasosiego de su esposo, y en una carta fechada el 15 de mayo, le escribe: “Hoy pude comprenderte. Descubrí un ligero viento escurridizo agitando las cortinas, un sol que reposaba su viaje entre la sombra. Hoy los tuve, y me imaginé perdiéndolos. Entonces pensé en ti”.

viernes, enero 06, 2006

A Cabina, en sus tres años

Los adultos nos llaman flojos.

Pero nosotros conocemos el trabajo y permanecemos despiertos hasta el amanecer, laborando en el gran campo azulado para que no falte nunca el jardín del sol por encima de los jardínes de los hombres.

Nosotros, aunque nos llamen perezosos, conocemos el trabajo arduo, sabemos qué significa arar, desde el principio, el más grande de los campos que día a día cubren las ortigas.

Nosotros sabemos cuánto se cansaron las doradas manitas de los rayos de luz para construir estas alegres ciudades de flores con abiertos balcones de rosas y altos campanarios de lirios.

Los demás únicamente ven los rayos y las flores.

No saben nada acerca de nuestra fatiga y de nuestras lágrimas.


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Tomado de Ritsos, Yannis, Sueño de un mediodía de verano, trad. Selma Ancira, FCE, México, 2005, pp. 42-43.

sábado, diciembre 31, 2005

Y combatí contra la noche armada y soñé

Cuando la humanidad despierta yo ya jugué futbol,vestí la armadura de Buzz Lightyear y leí el periódico completo viendo caricaturas. La humanidad completa -el pelo pachón, la boca pastosa-, se sirve un café y yo ya estoy listo para la primera cerveza.
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Tomado de Enrigue, Álvaro, Hipotermia, Anagrama, México, 2005, p. 30.
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Mi pequeña nota para el año que termina. Peleó y soñó, y se ha ganado su lugar en los años por venir. Espero que el año que entra, cuando la humanidad despierte, ya haya yo jugado Risk, blandido el sable de luz de Obi Wan y todo lo demás, más veces y mejor.

sábado, diciembre 24, 2005

La virtud del hábito (y de Serafín)



Prueba irrefutable que la unión de la fuerza bruta y la experiencia (en la foto, de izquierda a derecha), cuando la virtud del hábito las junta, puede dar como resultado exquisiteces como el pavo navideño de la familia Valdés Espinosa. Tiempo también para una reflexión decembrina: sólo los pavos mueren en la víspera. ¡Que Dios tenga en su santa gloria a nuestro plumífero amigo, que ofrendó su vida –o no alcanzó a escaparse- para que la tradición en este hogar se hiciera presente un año más! ¿Que cómo se llamaba el hoy horneado? Serafín. (Quien conozca la letra, que la cante…)

martes, noviembre 15, 2005

Ahora que las bestias finalmente se han ido




Los Rolling Stones están muertos. También Dylan, Bowie, U2, Radiohead y lo que resta de los Beatles. Frente al Obelisco, convertido en monumento mortuorio de todos los idos, las sobrevivientes se congregan. ¿A qué sobrevivieron? Al exterminio inmediato, sorpresivo, de todos los mamíferos machos del planeta Tierra. Los hermanos, los padres, los esposos, perecieron en un ataque imprevisible que eliminó al 48% de la población mundial en un instante. Todos. Excepto uno. Yorick Brown, maestro en lengua inglesa, y su mascota Ampersand, un pequeño mono blanco con café, resultan ilesos de la catástrofe.
Y The Last Man, de la mano de Brian K. Vaughan, Pia Guerra y José Marzán Jr. (escritor, dibujante y entintador, respectivamente), exploran un mundo sin hombres donde las mujeres pierden intempestivamente a muchos de los que odian y aman. Vertigo, casa editorial responsable de la publicación –y división alternativa encargada de todos los proyectos de DC que caen en la definición de “comic” de autor-, presenta lo que a mi consideración es la mejor historia del 2002 a la fecha. A través de los ojos del último hombre en el mundo, observamos la recomposición social emprendida por las mujeres donde la política, la religión y los vínculos familiares se ven irremediablemente modificados en aras de permitir, en última instancia, la sobrevivencia de la raza humana.
Un ejemplo. A la desaparición de los hombres le sigue una guerra interna dentro de las sobrevivientes, donde quedan establecidos dos bandos: aquel que lamenta su repentina desaparición –las cosas que no se dijeron, la última vez que los vieron con vida –, y el que asume el hecho como una liberación otorgada por la sabiduría de la madre naturaleza. Las Amazonas, como se hacen llamar, han emprendido la cacería de travestidos y transexuales, perfeccionando lo que la justicia divina comenzó. Siguiendo el precepto amazónico, se han extirpado uno de los pechos, queman los bancos de esperma y elaboran su discurso a partir del concepto de matriarcado (“Now that the beasts are finally gone…”). Inician la persecución de Yorick para matarlo, con ayuda de su miembro más reciente, Hero…hermana de Yorick.
De amplias referencias culturales, el comic se construye a partir de una idea que, si bien no es nueva, confronta al siglo XXI con todos sus discursos incluyentes y progresivos. Ante eventos racistas, discriminatorios y hostiles, las mujeres responden de forma racista, discriminatoria y hostil, bajo un elaborado discurso democrático y culto que, paradójicamente, termina uniéndolas. Vertigo la clasifica como una obra de ciencia ficción, y no se equivoca al hacerlo. Las buenas piezas de ciencia ficción hablan del hombre contemporáneo disfrazándolo de lejanía. Las mujeres, al final, terminan siendo el reflejo y la hipérbole del hombre ausente.
La página oficial ofrece gratis el número uno de Y The Last Man en formato PDF. Puede continuarse la lectura en los tomos recopilatorios –seis hasta ahora– que recogen los tres años de esta muy recomendable serie.

lunes, octubre 31, 2005

martes, octubre 25, 2005

El hombre consciente

No es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino,
por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia
Engels, acerca de Marx.
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La nota apareció en el periódico Reforma, en el suplemento Universitarios:

Apoyan a revistas universitarias
Entre las publicaciones se encontraron las del ITAM, de la UNAM, de la Universidad Iberoamericana y del Claustro de Sor Juana entre otras
Por Baruch Velázquez
Grupo Reforma

Ciudad de México (23 octubre 2005).- La Universidad del Claustro de Sor Juana realizó el Primer Encuentro de Revistas Universitarias e Independientes, en el que jóvenes de distintas casas de estudio expusieron sus publicaciones y debatieron sobre temas como censura, contenidos editoriales y distribución.
Aldo Iván Valdez, alumno de literatura del Claustro y director de la revista Mediaciones, afirmó que este tipo de eventos sirven para llegar a un mayor número de lectores. "Creemos que las publicaciones universitarias cumplen un papel importante en la formación de la conciencia crítica del estudiante, además de que hacemos público el trabajo de investigadores y creadores que se desenvuelven en las universidades", expresó.
Alfredo Núñez, de la Universidad Iberoamericana, reflexionó sobre el espacio que deberían tener estas publicaciones en los medios de comunicación."Nos enfrentamos con el problema de la distribución día con día, sin embargo, también hay gente que apuesta por nuestras propuestas, es necesario que nos apoyemos para tocar puertas y lograr llegar a un público que vaya más allá de las universidades", afirmó.
Entre las publicaciones dadas a conocer en el encuentro está Opción, del Instituto Tecnológico Autónomo de México; Asfáltica, de la Universidad Nacional Autónoma de México, así como las independientes Lenguaraz, Textofilia, Velocidad Crítica, Literal, Replicante, Arte al Día y Generación, entre otras.

Le agradezco a Baruch, un tipo por lo demás agradable y que en sentido estricto cumple con su trabajo, la mención que me dedica en su reportaje. Pero siendo un convencido de que es la palabra escrita la semilla de nuestra memoria colectiva, creo pertinente aclarar que las palabras que se me adjudican no fueron expresadas por mí en ningún momento. Platicamos, sí, y le obsequié los dos últimos números y, sin profundizar, le hablé de los hombres y mujeres que realizan Mediaciones, y de la participación de los profesores y alumnos que son, en última instancia, los que le dan vida a este tipo de publicaciones. No hablé nunca de la conciencia crítica, cosa que se adquiere no con una revista, sino en las aulas y en la vida cotidiana, si es que uno es atento al caminar por la calle o al cerrar de ojos para escucharse a sí mismo.
Su mención me halaga, pero no me deslumbra. Sobre todo al momento de descubrir una omisión aún más grave que mis “declaraciones”. Baruch no da crédito, en ninguna de sus líneas, a quienes llevaron a buen término el Encuentro de Revistas Universitarias e Independientes. La revista Registro y sus integrantes armaron las mesas, invitaron a los ponentes, consiguieron el material de apoyo y nos regalaron un bonito sobre con un póster y dos números suyos además de un diploma de participación. El esfuerzo era meritorio de una alusión, si es que dominaba la prudencia, o de un franco reconocimiento de su labor si es que los criterios editoriales, sólo por esta vez, hubieran podido quedar a un lado.
Pero puede a veces más la comodidad que la conciencia crítica. Así, Registro, siendo el organizador del evento, no tiene cabida ni siquiera por descuido en Universitarios porque, en sentido estricto, no es una revista universitaria. ¿Y yo? Yo quedo como un pequeño burgués jugando a ser Marx. ¿Pero quién no ha jugado a serlo alguna vez?

jueves, septiembre 15, 2005

Apuntes de Historia


Y a la Corregidora, ¿quién se la corrigió?
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Duda expresada por don Lucas Alamán,
durante la preparación de su Historia de Méjico,
por la amistad de la dama con los señores Allende, Abasolo y Aldama.
A tiempo retirada.

sábado, septiembre 10, 2005

Los polacos ebrios


No hay calor de hogar en medio de la nada. El camino a Varsovia se truncó, así de pronto, como un tren que se pierde a mitad de la noche. ¿Dónde estuvimos esos breves cinco minutos? Recuerdo el verde de la estación, las luces que sólo agrandaban lo profundo de la oscuridad. Fumando, esperábamos. Una polaca, cuyo polaco era mejor que el nuestro, nos hizo bajar del tren y entender, como el frío de las madrugadas cuando se acercan al rostro, que eran muchos los kilómetros lejos de casa. ¿Existió alguna vez el mundo fuera de aquel largo pasillo con bancas de madera? Puntualidad europea: el siguiente tren apareció justo a las dos de la mañana. Lo abordamos. Tampoco hay calor de hogar en medio de seis polacos ebrios. Pero seguimos rumbo a Varsovia. Jamás llegamos.

domingo, septiembre 04, 2005

1.No beberás ni fumarás ni te drogarás

Para ser escritor necesitas todo el cerebro que tienes.


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De Los diez mandamientos de un escritor,
de Stephen Vizinczey, autor de En brazos de la mujer madura.

sábado, septiembre 03, 2005

El fin de la inocencia


De niño a Rubén su abuela lo atormentaba con historias sobre el Juicio Final. La furia desatada de un dios infinitamente más grande que él se cernía sobre su pequeña cabeza. La salvación estaba con ella, con la abuela, y el grupo con el que se reunía. “De precipitarse, decía, sólo este cuarto y estas personas habremos de salvarnos”. El fin de un mundo que apenas conocía le resultaba incomprensible y abrumador. Pero pasaron los años. La hecatombe no sucedió. Hoy es ateo, ha inventado una metodología para anticipar el futuro y es dueño de una tienda por internet. Por las noches, cuando hablamos, me atormenta con historias sobre el fin…de las existencias en la tienda. Y a mí me resulta incomprensible y abrumador, y doy gracias a Dios.

Donde las bocas quieren fundar breves puertos

Y nos reímos un poco torpes, un poco avergonzados de nuestra
[creación,
como los niños que habíamos matado, aquellos dos por donde
[pasamos
para llegar a esta mirada
hermosa y vacilante de ahora.

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Fragmento de La Bella Durmiente, de José Carlos Becerra.

viernes, septiembre 02, 2005

jueves, septiembre 01, 2005

Grande será el futuro


Éramos más jóvenes, y no hacíamos caras chistosas. La empresa era seria. Una publicación, pequeña, comprometida. Puede fallar, no fallará. Ánimo encendido: cierta tarde de finales de agosto, unas tijeras, un pritt y varias hojas en blanco resolvieron los problemas de edición. ¿La imprenta? Una papelería en la esquina, fotocopias. El Che abría, Mario presentaba, seguía yo y cerraba Javier. Después todo era creación. Vendíamos salón por salón, de mano en mano. Puro costo de recuperación. De pronto la autoridad, el clandestinaje, las precauciones y, sí, el encuentro final: Laura, maestra de Anatomía, a mitad de su clase, los argumentos, la discusión, la suspensión provisional de la revista. El final se precipita: los directivos prohíben no sólo la venta, sino la impresión de un siguiente número. Las cartas condicionales se nos presentan y debemos firmarlas, advierten. ¿El delito? No pedir permiso. ¿El contenido de ese primer número? Poemas. La poesía necesitaba permiso. Iconoclastas se llamaba la revista, y tuvo sólo un número. Pero quedó la amistad, y el gusto por hacer caras chistosas. Así como Calvin, así como Hobbes.

La incesante vacilación de Lemdel. Uno

El labrador y el caballo
Cuando el Divisionario dijo, quien no quiera combatir que regrese a su casa, Lemdel dio media vuelta y volvió a la aldea caminando. En el trayecto descubrió que la guerra había abierto sus propios caminos, y uno de los más acabados era aquel que se dirigía a su casa. Cuando llegó no encontró aldea, ni casa, ni nada de aquello que antes fuera suyo.
Sin un lugar dónde dormir aquella noche, y conciente de que las palabras del Divisionario no eran en realidad una opción, Lemdel y su túnica parda se dirigieron al camino más próximo. Se detuvo en medio y miró a la derecha y a la izquierda. Hacia arriba estaban los arbustos y el Divisionario; hacia abajo el pueblo vecino con paredes de cal. Suspiró. Dos veces más miró, hasta decidir que él y su túnica parda visitarían el pueblo vecino.
La vecindad era un decir. Día y medio caminó hasta sus orillas. Justo a la entrada, desde lo alto, miró. Nunca estuvo en el itinerario del Divisionario. Pagaron los tributos, reorientaron sus casas hacia el oeste, nunca dijeron las palabras que no podían decirse. El pueblo estaba abandonado. Descendió la pequeña montaña en la que estaba. Cuesta abajo poco a poco fue viendo las casas más de cerca. Puertas y ventanas habían quedado abiertas, los fuegos apagados con poco cuidado, la comida recogida. En los naranjales la cosecha había sido rápida o detenida, no sabría decirlo, pero colgaban aún muchas frutas. Lemdel se sentó afuera de una de las casas. Escuchó.
A lo lejos comenzó a ladrar un perro. Ubicó la ruta del sonido y caminó hasta encontrarlo. Era un labrador negro. Con el mismo asombro de Lemdel, miró el pueblo vacío. Corrió, olfateó, se detuvo. Lemdel volvió a sentarse afuera de la misma casa y el labrador lo siguió. El silencio era más grande que el mundo en ese momento. Había naranjas por el piso; tomó una y le ofreció la mitad. ¿Qué hacer ahora?
Escogió una casa, entró en ella y se descalzó. Avivó el fuego. El camastro cercano fue cómodo. Al despertar había llovido, hacía frío, y una leve neblina lo habitaba todo. El labrador fue tras él cuando comenzó a recorrer el pueblo. Decidió que lo más conveniente era buscar algo de comida e ir hacia las villas, sólo hasta que el Divisionario cruzara la frontera. Al fondo del pueblo encontró las caballerizas, y su alegría fue grande al descubrir un caballo olvidado por alguien. Cerca de la calle de las ventas recordó haber visto una carreta. Fue por ella y le reparó la rueda izquierda. Apretó y aseguró las riendas para el caballo, colocó cestas con fruta y panes; se preparó para el viaje.
Aquella tarde conoció la historia. Encontró el libro en la casa más grande, hilado y de escritura mezclada con ilustraciones. Miró las hojas a la luz de la tarde encendida y después a la luz de una vela. La tinta y su coloración roja contaban la historia del pueblo, los días del origen, los obstáculos del héroe y una tragedia doliente como pocas. Las formas subían en curvas rojas, como estallando, o bajaban sobre cuerpos pálidos azulosos. Contaban una aventura, un cisma y una vuelta a la sustancia. Formas como torres se partían y colapsaban, y al siguiente instante aparecían unidas por tonos carmesí afanosos. Algo vio Lemdel en aquel libro. Creyó entender una grandeza, una útil necesidad de construir y no irse nunca. Las estrellas brillaban alto ya cuando lo decidió: repoblaría la aldea hasta verla hecha una ciudad. Será tan grande, pensó, que el Divisionario no la destruirá nunca. Era tarde para el inicio del plan. Con la cabeza entre plumas y paja, sobre el camastro escuchó cómo comenzó a llover.
Nunca lo había hecho, pero intuyó que fundar una ciudad no era tarea sencilla, así que lavó su rostro muy de mañana, ató bien su túnica y se calzó. Planeó un viaje por los pueblos vecinos hasta la gran ciudad, buscando habitantes para la aldea. Las veredas se habían vuelto lodo y el frío le contrajo el rostro. Halló a su caballo húmedo y muerto en medio de la caballeriza sin techo, y comprendió inmediatamente que eso no estaba bien. Volvió sobre sus pasos hasta la carreta, y guardó cuantas naranjas entraron en su bolsa. Junto con la carreta abandonó las cestas, la fruta y los panes. En otra pequeña bolsa de piel curtida guardó el libro, atado de arriba abajo y hacia los lados. Caminó a la vereda más próxima y esperó sentado a que algún transporte pasara por allí.
-¿A dónde vas, viajero? –le preguntó uno.
-A Mózoc - respondió Lemdel.
-Hasta allá no vamos, pero te dejamos en el pueblo más cercano - respondió otro.
Lemdel vaciló. Miró el camino que lo llevaba a su pueblo.
-No, hacia allá no vamos; allá no queda nada. Bajamos, no subimos. ¿Vienes?-.
Lemdel, su túnica parda y el labrador subieron. Entre los aparejos iba ya un hombre. Lemdel se acomodó junto a él y los caballos comenzaron a andar. Les propuso en su mente que juntos repoblaran la aldea, pero al abrir la boca los carreteros comenzaron a cantar. Dudó un momento. De espaldas a ellos y frente a su compañero tomó una naranja, le quitó la cáscara, y entre el vaivén aturdidor del camino desayunó. Los árboles pasaban haciendo sombras.
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Publicado originalmente en AGUILAR, Lourdes, Carmen Carrillo (et. al.), 400 años del Quijote, intr. Guillermo Lescano y Adriana González, UCSJ, México, 2005.

miércoles, agosto 31, 2005

Los otros días


Hoy, después de mucho tiempo, Asael ha vuelto a mi casa. También está Rubén. Recuerdo la última vez que trabajamos juntos, un fin de semana que comenzó un viernes por la tarde y terminó un lunes por la mañana. Tres días encerrados, revisando mapas, haciendo cuentas, construyendo matrices, elaborando futuros probables. Cuando el cansancio nos agobiaba, uno dormía, el otro dictaba y el restante escribía. Así hasta que alguno se cansaba más de la cuenta y los ojos se le cerraban; entonces se despertaba al que dormía, ocupaba su lugar escribiendo o dictando, y el más cansado ocupaba la cama. El trabajo sufrió algunas modificaciones posteriores, hasta que finalmente se publicó en Contralínea número 4, en cinco páginas que reproducían, integro, el producto resultante de aquel largo fin de semana. No hacía mención de las madrugadas en vela, del pacto de no comer hasta terminar, de los ceniceros al tope. Para hablar de ello nos basta con vernos para comer y beber y reírnos y recordar. Para eso, después de mucho tiempo, estuvimos los tres en mi casa.