lunes, marzo 15, 2010

Telegrama

No en el confín del mundo, no en la puntualidad del hombre doloroso, no bajo las piedras de otros templos. Pero escóndete.

Sí comparsa de Pablo contra los buenos, sí anfitrión en galas de impostores, sí recuerdo malo de un amor perdido. Pero niégalo.

Y si te mordieron y mordiste, si te olvidaron y olvidaste, si crujió bajo tu pie un Durmiente, lloró cuando la penetraste aquella virgen, expusieron tu ingenuidad ciertas cosas que recuerdas siempre que estás solo, sábete: no existe el eco: es tu voz que avanza a tientas entre corazones como muros.

Ahora ven. Háblame a detalle de las mujeres que se durmieron jovencitas, esperando mi duro palpitar entre sus piernas, y despertaron mustias y rancias, casi santas. Imítalas, dime sus nombres, no omitas nada. Es trabajo nuestro el de arreglar algunas cosas.

Siempre tuyo,
el forastero que vive contigo.

lunes, diciembre 21, 2009

Albina


1.

Las miraba a detalle, sus pestañas, fijamente o de reojo, cuando no se daba cuenta. Eran castaño claro, daban la impresión de llevar rimel siempre, su tono era un tono que no me parecía posible. Lo mencioné por fin y se rió. No me las pinto, bobo, así son. Tan pronto su misterio me fue revelado –no pude creer, no quise, las toqué: ella guiaba mi mano– yo supe algo del mundo, de sus grados infinitos de bondad, de sus jardines ocultos para lo suave, de sus descampados limpios para lo intacto. Mírame bien, dijo, sus palmas contra las mías, los dedos entrelazados: tantito más y soy albina. Vuelvo a mirarte. Tu tez tan blanca, tu gesto triste y bello; qué pasaba por tu mente cuando me mirabas y yo qué te decía. Olías a tu aroma diario, a uniforme limpio.

La conocí en un viaje a Veracruz. O no: la conocía desde antes, vista a veces, a lo lejos, en el patio de la escuela, pero la primera vez le hablé allá, entre los manglares, y no pasó a mayores. O sí: aquella noche, ya no recuerdo bien por qué, dormimos juntos, y a eso de las cinco de la mañana me despertó con risas y almohadazos, so pretexto de mirar el amanecer. Salimos, ella y yo, y varios más, al jardín. Nunca amaneció. Estuvo nublado todo el día: a oscuras entraba ya un huracán.

Mi conversación de aquella noche fueron ciertas cuitas de amor tontas, que ya he olvidado. Ella me escuchaba entre comprensiva y morbosa, se reía cuando tenía que reírse, exclamaba un “cómo crees” aquí y allá, y por momentos me daba la razón, y por momentos no. Fue entonces cuando las vi, pero no dije nada. Volví a verlas en el desayuno, en el viaje de regreso, en los descansos entre clases. Por qué suceden las cosas, qué fin persiguen, no lo sé, pero aquello, en aquel entonces, pasó así, sucedió asá. Después la vida: sopa de verduras en su casa, estudiar química sin abrir los cuadernos, irme pronto porque su novio no tardaba en llegar.

Las cosas terminan. Inútil mencionarlo. Tiempo después me enteré que había dejado la casa materna, y también a su novio. No volví a verla. Justo ahora pueden ver sus fotos en Facebook. Baila. Mira a la cámara. Esta contenta. Yo, una tarde, la tomé de la mano. Estábamos en el cine: cuando algún destello de luz blanca se apoderaba de la sala, yo volteaba y la miraba, así, iluminada, queriendo encontrar no se qué cosa.

1.a. Li Po:

¿Qué es un misterio? ¿Tiene un centro, acaso? ¿Anida en el corazón, se extiende pulsante y todo lo abarca? O carece de todo –centro, pulso, distancia– y es aún así, y es de todos modos. ¿Sueña? ¿Con qué sueña un misterio? Qué lo contiene. ¿Tiene su propio misterio el misterio? No se lo revela a nadie, nunca nadie llega a saberlo. Una especie en una especie es redundancia, espejo.

1.b. Chang Yü:

El misterio es una roca rodeada de agua y seca por dentro. Brilla en la luz, en la luz se apaga. Sabe a roca sin serlo, es roca sin saberlo. Es inmaterial manifestándose, todo lo cambia sin inmutarse. Es raíz que trashuma, es un árbol en el medio del fuego que no combustiona.

lunes, diciembre 14, 2009

Cacería



Aldo Iván está perdido.
Ha bebido cianuro, ha deshecho el conjuro,
fue a comerse esa tuna, fue a espinarse la mano
y ahora está llora que llora.

Que asiste a las fiestas, me dicen,
sin que nadie lo invite; que las arruina,
me dicen, meándose en las alfombras.

¡Aldo Iván está perdido!
Su barco no llegó nunca, la carta que te mandó
se la perdieron, y el abarroterillo ahora lo busca:
debe la leche, el pan, la mantequilla,
el amor que desde ayer ya ninguna le fía.

Aldo Iván está perdido.
¡Hay que encontrarlo! ¡Hay que darle su medicina!
Está orate, quedó turulato, si no lo amarran
se sale, si te descuidas te muerde,
si estás señorita va y te lo lame.

¡Aldo Iván! ¡Aldo Iván!

Lo buscan en el bosque, lo buscan bajo la cama,
lo buscan los de la rifa:
se ha ganado un banquete, se ha ganado una lana,
le han regalado una estaca
para que tu pálido amor se la clave
esta noche por la espalda.

Aldo Iván está perdido. ¡Dios Bendito!
Está solito en un pueblo que ya nadie conoce,
departe con gente con halitosis,
les cuenta chistes sin actos, sin gracia, y les escupe.

Pronuncia tu nombre, me dicen,
leyéndolo al revés frente al espejo,
y tú no te le apareces, dicen, ni siquiera te asomas.

Y lo increíble:
¡Lo han visto tragando camote!
¡Lo han oído hablando de ti contigo!
¡Lo han citado al Pie de la Letra
y el mamón se pierde o nunca lo encuentran!

¡Aldo Iván! ¡Aldo Iván!
Has buches. Resiste.
Ya sal. El lobo se ha ido.
Ayer lo mataron.
Lo confundieron contigo.


miércoles, febrero 18, 2009

Carta a una joven aprendiz de sobreviviente


Porque ella tendida de espaldas imita un templo.
Huidobro, Temblor de cielo.



Así es el amor en los tiempos que corren, querida Caro: nuestra tarde de lluvia dorada, cambio climático de por medio, terminó en mero chisguete. Dirán, y bien dicho estará, que serán otros tiempos, Carito, estos que tú y yo estamos viviendo, y los que ya se nos fueron. ¿Recuerdas cuando jugábamos al barco encallado y sin ley, a la isla desierta, al naufragio, a que yo era Viernes y tú un Sábado Santo, porque más que el pecado te excitaba el acto de contrición, el tú pecador que llevabas dentro? ¿O al mediodía de arcabuces en flor, cuando me disfrazaba de Robin Hood y tú de ciervo asustado, de zorra las orejitas, y el bosque de Sherwood, y el alguacil, y el Pequeño Juan, y mis flechas, olían a ti?
Nunca nos excitó la posteridad, ni triunfar en el amor, ni ganar en las apuestas. Te ponía triste jugar al pueblo judío, con su Dios tan rijoso, tan duro, pero hasta chapitas te salían cuando montábamos Jericó: yo alrededor de ti dando vueltas, siete veces, y a la séptima, al calor de las trompetas, te derrumbabas, te salían las lágrimas, muy bajito decías adiós. Inmediatamente después crecía el fuego en ti deseando no desear nada, resucitar al tercer beso, comernos enteros a los niños del hospicio de al lado, y entonces me enamorabas en otro idioma, diciendo barbaridades que pronunciadas en mi tribunal habrían de condenarte sin duda. 
Pero el colmo, Carolina, fue cuando compraste ese disfraz de bellboy venido a menos, más parecido al de un gritón de la lotería, porque creías que así se vestían los viejos mariscales. Y ahí me tienes, pasando calores, mientras invadía tu flanco izquierdo, descuidando la retaguardia en aras de una penetración de ensueño, y tú te defendías, Caro sitio, numantina, a ratos a mordidas, a ratos con posturas de yoga. La línea divisoria es esta:____, gritabas perdida, y entonces ardíamos como los partisanos, como pueblo enemigo, como los invasores. (Y hubo otras noches, Carito, que eran noches de Robert E. Howard, y tú eras Conan y yo Sonia la Roja, o eran noches de cisma, y tú eras católica y yo protestaba, o eran noches nada más, y tú te hacías la dormida, y yo te tomaba.)
Pero queda dicho, Carito, que son otros tiempos, y que hay que adecuarnos, buscar dormitorio en el fin de los tiempos, ser gente de mundo mientras el mundo se acaba. Y bien que te gusta, Caro tesoro, andar a la moda, muy coqueta y perfumada, y sólo por eso ahora jugamos al calentamiento progresivo del planeta. Y vendrán los fríos, Carolina, las noches en que me abrigues, hecho un ovillo, jugando a que tu vientre es un polo que se deshiela y yo un activista de Greenpeace que no quiere perderlo. Y vendrán El Niño, y La Niña, y todo el kinder, Carolina, y del río seco sacarán nuestros cuerpos diciendo: estos son los que dieron su dinero a los pobres, excitados por el fin de los tiempos, jugando a la caridad. 

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Publicado originalmente en Registro no. 18, cuyo tema fue Perversión. Febrero de 2009.

lunes, febrero 18, 2008

Para llorar lo que jamás perdimos

Dice Quirarte en su Invitación a Gilberto Owen, que la del poeta es una presencia fantasmal: que su paso por el mundo, por momentos, no deja rastros. O los evita. Siempre de viaje. No tuve tiempo de meditarlo: con apenas veinte hojas leídas, perdí el libro.
Yo no tengo como tú, querido Gilberto, jaibas bibliopiratas que amueblen sus guaridas con mis libros. Debió olvidarse, acaso lo sé, en alguna mesa del café que frecuento, o en cierta biblioteca, o terminó en alguna banca, o en el cine, abandonado.
Te haría gracia. De qué le sirve a alguien que nunca ha leído tu obra, saber que eras de Sinaloa, que tenías pinta de indio americano, y que tú, como tantos otros, tenías aptitudes para las cosas inútiles. Al antiguo dueño de aquel libro lo tomarán por lelo. Pero si miran la fotografía de Clementina Otero, te envidiarán, sin duda.
Por mi parte, en estos días haré dos cosas: como todos los segundos meses son febrero, y porque los Owen se pierden ese mes, te recordaré leyendo tus cartas de amor a la señorita Otero, y saldré a la calle a detener a quien quiera oírme, para decirle: no habrá de creérmelo, pero alguna vez, cierto libro, fue mío.
Y no lo sé, pero es posible que vuelva en mí asustado, al recorrer en sueños algún nombre: “Andador del Misterio que te Alumbra”.

lunes, enero 28, 2008

El horror adopta formas caprichosas

1. El jilguero
A Julita el aire se la llevaba. Para su edad –un arrecife de coral llevaba su nombre–, lo había comprendido todo. Maestra de lunes a domingo, nunca tuvo una verdadera necesidad de expresarse. Amó. La amaron. Dejaron de amarla. Ella siguió amando. Al año siguiente, milnovescientoscuarentay, el mundo se detuvo: decidió que nada más podía enseñarle y con furia dedicada acometió contra sus alumnos. Era el suyo un amor salvaje, casi antiguo. Con vehemencia y anhelo recordaba el descubrimiento de América, la polinización de las plantas, la gramática de Vidal y Veloz. Pasó el tiempo. Envejeció. Disminuida por la corte de dolores que la habitaba, abandonó la enseñanza y pidió, a cambio, que le permitieran narrarle a las niñas cuentos de hadas. El primer ventarrón de otoño la alejó de ellas: fueron por ella mientras se suspendía en el aire con el bastón como un ancla en la rama de los jilgueros. Presa de aquella corriente, su corazón cruzó un espacio que ella creía vacío. Algo comprendió en ese momento porque tuvo miedo, rechazó la propuesta de utilizar alguno de los salones, y pidió que la amarraran al árbol bajo el cual las reunía. En el patio del Colegio Cartaginés, en un semicírculo de faldas agitadas por el viento, maestra y tronco resistían fríos embates. No pudieron más. Antes de que las raíces abandonaran el patio, con los jilgueros girando ya en el torbellino, Julita las miró y gritando dijo: Pero también fui feliz.

2. La Gramática
Eran su escondite los lugares públicos porque el padre, sabedor como siempre de lo que hacía, enfrentaba sus deudas sin miedo. Sin pagar y sin miedo. Nada como los sitios comunes para deshacerse de los hombres que lo buscaban. Cartagineses, repetía en voz alta, estirpe que ejerce la ley con la espada. Cuando los vio rondar el departamento –las siluetas de pronto, aquellas sombras– supo que había llegado la hora. El manto luminoso del día no volvió a encontrarlos: en la oscuridad envueltos preparaban la retirada; se aseaban y esperaban: antes que todos el padre, listo contra la puerta, a través de ella, escuchando: cuando al corredor no lo habitaba sino el silencio, avanzando sin hacer ruido la familia se sumía en la clandestinidad. Una vez instalados en el sitio elegido todo era impostura: ajenos y a la vez inmersos en el mundo, un jefe de familia excéntrico educaba a su descendencia por cuenta propia, con la anuencia de una madre abnegada y en silencio. Porque no pueden, sería inmoral molestar a una familia en la calle, le explicaba a solas, por la noche, a su esposa, y ella respondía dándole la espalda en la cama, y volvía a la realidad.
En el atardecer de sus obligaciones, padre amoroso, cuando al calendario sumaba otro día a salvo, su mirada se extraviaba en las breves arboledas de la unidad. Remanso frente a la barbarie, el trinar de los jilgueros le recordaba un escudo de armas, su última noche tranquila, los puntos débiles del sermón de la montaña. Pero no pudo explicar a sus hijos la gramática de Vidal y Veloz, porque el día de aquella lección fue el mismo en que los ruidos en el pasillo retrasaron su salida. El padre al pie de la puerta los escuchó trajinarse. Sabedor de lo que hacía, ordenó que se bañaran, eligió para ellos sus mejores trajes y vestidos, y con tranquilidad sentó a todos en la sala. Su mirada se detuvo en cada uno de los miembros de su pequeño imperio. Cuando tiren la puerta, y entren, y nos miren así vestidos, quizá se confundan, creerán que nunca les debimos nada, y querrán pedirnos una disculpa, dijo mientras la puerta, a fuerza de golpes, parecía estar cediendo.

3. El cartaginés
Regresaban a Cartago cuando un antiguo jefe romano los encontró. Se cruzaron en Sicilia: el general volvía de cuidar los intereses romanos en África; los asuntos del cartaginés y su ayudante habían concluido en Siracusa. Cuando uno de sus hombres lo buscó en su carpa para avisarle sobre la presencia de los africanos, Flavio Marcelo perdía terreno contra el sopor del mediodía. Malhumorado y presa del tedio salió a su encuentro. Al verlos, la oportunidad de distracción lo despabiló. El ayudante del cartaginés hablaba algo de latín y tradujo: Dile a tu amo que no divertirme es un abierto desafío a Roma. Dice que, si gustas, puede adivinar tu futuro. Dile que Roma ya me ha dado un futuro. Dice que puede decirte cómo habrás de morir. Dile que no tendrá tiempo de hacerlo. El general desenfundaba ya la espada cuando ambos cartagineses cayeron de rodillas. Dice que nada te hizo, que si le perdonas la vida serás recordado como Flavio el Justo. Dile que ya lo soy, Roma lo es. Dice que no es suficiente. Flavio Marcelo estalló en carcajadas. En su rostro ajado se formaron pliegues que sus hombres hacía tiempo no veían. Con una mueca aún en los labios devolvió la espada a su lugar y preguntó: ¿algún castigo ejemplar para este insolente cartaginés? Azótalo. Crucifícalo. Desléngualo. El general se detuvo en el centurión que propuso eso, sus ojos duros lo atravesaron y una nueva carcajada expuso los huecos entre sus dientes. Dio la orden para que lo hicieran. En vano el ayudante gritaba en medio del trajín: dice que si lo haces, te llamarán Flavio el Cruel. Dile que eso es buena fama en el campo de batalla.
Una pesadilla recurrente se apoderó del general aquella noche. No recordaba la última vez que sintió algo así. Había olvidado que el miedo paraliza, que se tiembla por instinto, que también por instinto los esfínteres ceden. Ya despierto y limpio, pensó en su vida ayudando a mantener en orden el imperio. Sus hombres aún no nacían cuando las horas cruciales contra Cartago descendieron sobre Roma. Un joven e insolente Flavio había escuchado con atención el relato de los fracasos en Trebia y Cannas, combatió bajo el mando de los Escipiones en España, y extrañó el canto del sirgo, al despuntar el alba, cuando miró por primera vez los elefantes cartagineses. Sus brazos, cansados y flácidos, contribuyeron a detener a Aníbal en Zama. Y ahora daba órdenes a jovencitos de modales, con más conocimiento de gramática que de armas. Serían su perdición.
Amanecía apenas cuando reunió a sus hombres y ordenó que trajeran a los africanos. Dile a tu amo que observe. Buscó con la mirada al centurión del día anterior hasta encontrarlo. Hizo que entre varios lo sometieran, le abrió la boca y de un tajo le cortó la lengua. La arrojó a los pies del cartaginés: dile que ahora soy justo. No recibió respuesta. Pidió papiro. Dile que escriba cómo voy a morir, y lo traduces. Un ligero temblor recorrió a Flavio Marcelo cuando escuchó la descripción de su pesadilla.
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Publicado originalmente en Registro no. 17, cuyo tema fue El Horror. Enero del 2008.

lunes, diciembre 10, 2007

Hombres al sol

a manera de Soler Frost

Tomábamos una infusión de ajenjo, después de un magro desayuno en el Ciruelo Blanco, cuando Po, herbario y viejo amigo de la familia, dio un ligero soplo sobre su tazón, queriendo no enfriar la bebida sino verla agitarse. Luego suspiró. De un tiempo a esta parte, querido A, he adquirido cierto gusto por las oraciones unidas por dos puntos, dijo. Fluyen: brazos de un mismo río separados vereda atrás, que vuelven a unirse no a capricho, sino a su tiempo: misterioso eso como el amor que sientes por E (cariño y ausencia), o la inescrutable piedad de Cristo para ustedes los cristianos. Después abundó en la tristeza que le causan los seguidores de Osho, en el abuso de su inocencia, y yo continué con mi comentario del día anterior sobre el segundo capítulo de La imitación de Cristo, de Kempis. Nos escuchamos. Luego guardamos silencio; ya no dijimos más.

lunes, diciembre 03, 2007

Cuando perdimos Roma

A mi equipo editorial en Mediaciones, con cariño.
A Luis, Jan y Gargo.
Exmerare fortuna non est.
Flavio Marcelo, "Apuntes sobre Zama"

Sometimes you gotta fight when you're a man.

Kenny Rogers, "Coward of the County"
They say ev'ry man must fall.
Bob Dylan, "I shall be released"

Así departían juntos.
Odisea, Canto XIV.

La propuesta de ver el primer partido del torneo me causó gracia. Se añadió, como para convencerme: no hay que confiarnos. Pregunté sonriendo si era para tanto, y el equipo me miró como si no entendiera yo nada. Un torneo de fútbol en una universidad humanista me parecía tan fuera de lugar como un concurso de oratoria en un colegio de mudos. Al final, pensaba, los partidos terminarían siendo una rutina combinada entre los tres chiflados y los hermanos Marx, con un filósofo a mitad del campo imitando a Groucho –diciendo: “Camus pensaba que el fútbol no producía nausea, pero Sartre sí” –, mientras los demás pateábamos una naranja, porque ya para esas alturas el balón estaría descansando en una azotea cercana, o de plano ponchado en un rincón. Fue por eso que le propuse al consejo de la revista que por aquella época dirigía, que formáramos un equipo para participar en la justa. Correr sin ton ni son detrás de una pelota, era eso lo que necesitábamos.




Decliné la invitación pero pedí que me mantuvieran informado. Pretexté quedarme en la oficina para revisar algunos textos, pero en realidad me senté encima del escritorio y observé. Después de un rato saqué un trapito y limpié la superficie en la que había decidido iría el trofeo que pronto ganaríamos. Qué mejor lugar para exponerlo que arriba del archivero con llave que con tanto esfuerzo nos habíamos adjudicado –hasta una estampita con el logo de la universidad tenía–: nuestro segundo triunfo al hilo después de la oficina con baño, y antes del trasto viejo con cara de PC que la universidad nos concedió, cuya utilidad quedaba de manifiesto cada que arrojaba menos datos que una brújula y un compás mal empleados. Y como mi propuesta de decorar las paredes con un cráneo de buey o la cabeza disecada de un venado había sido olímpicamente ignorada, decidí que el trofeo sería un sustituto aceptable, aunque con mucha menos personalidad.
El parte me fue dado minutos después de terminado el encuentro. Tuve razón cuando pensé que quizá podría equivocarme. Marcello resumió el evento así: Dux facti sfera est. Cundió el pánico. Apunto estuve de proponer que saliéramos a practicar pases con un frutsi, cuando un compañero, por lo demás blanco y reservado, delineó la táctica a seguir para nuestro primer partido: jugar ordenados. Recordé que el orden había dado grandes logros a empresas pequeñas y a veces dadas por perdidas, así que no tuve ningún inconveniente en ello, salvo que me explicaran cómo habríamos de llevarlo a cabo. Básicamente que no te muevas de tu lugar, me dijeron. Nada parecido a prenderle fuego a Roma, pero casi.
Mi disfraz de coordinador de ataques –una actitud, los mismos pantalones– fue tan sorpresivo que el equipo se miró entre sí y movió la cabeza. Había practicado mis palmadas en la espalda, mi manoteo al aire, mi dedo extendido como estatua romana señalando el rumbo de la batalla, la escueta recompensa y el duro reclamo –que en otra circunstancia le llamarían amor–, los trabucos cuyo ánimo conciliador a primera vista no es tan claro. Pero mi dirección técnica se vio ofuscada cuando tras el silbatazo inicial la posibilidad de salir airosos parecía más bien desvanecerse en el aire: nuestro principal eje de ataque –en realidad el único– estaba en el centro de la acción con una banca nada confiable –el director técnico incluido–. Parecía que la táctica no iba a alcanzarnos. En una mala coordinación la defensa dejaba pasar al hombre y a la pelota –uno u otro, nunca los dos, nos aconsejó nuestro ordenado auxiliar técnico, y yo lo secundé– que al momento de la definición era vencido por los nervios, o su mala puntería, o por un ligero recargón en la espalda. Los nuestros esperaban un exceso de confianza en los rivales, una envalentonada que los hiciera jugar con líneas adelantadas, practicar paredes arriesgadas, enfrascarse en jugadas utópicas, momentos todos ellos ideales para robar el balón y atacar por las bandas, acompañados al centro por un rematador que sólo tuviera que empujar el esférico. Así resistían, salían avante, brunos, romos.


Pese a todo pronóstico, cual David contra Goliat el quinteto iba eliminando contrarios con la armonía de una columna romana en las últimas horas de Cartago. Hasta ese momento no había sido yo necesitado dentro de la cancha por lo que, instalado en una franca comodidad en la que nadie reparaba, disfrutaba a mis anchas del espectáculo. Embargado por la emoción, a veces me descubría aplaudiendo los túneles del equipo contrario. Me sentía yo Napoleón pasando revista a mis tropas antes del asalto a Waterloo, tal como lo describe Víctor Hugo, y a punto estuve de decirle a mis hombres, como el emperador, que el día más feliz de mi vida había sido el de mi primera comunión. Entonces fui requerido.
Mi breve participación permitió un gol del equipo contrario y evitó otro, por lo que puedo afirmar, sin temor a equivocarme, que mi presencia en el campo fue por momentos buena y por momentos mala. Debió ser el equilibrio de mi juego lo que provocó que uno de los contrincantes, terminando el partido, llegara hasta mí, me tomara la cara entre sus manos, y viéndome fijamente, dijera: Camarada: cree en Dios y en la vida sencilla. La complejidad y el sinsentido de la frase me conmovieron y, si no fuera porque no venía al caso, hubiera llorado.


Con todo, y a pesar de mí, pasamos a semifinales. El circo romano desplegó sus recursos escénicos –un balón, dos porterías– y el fragor y la algarabía estaban por convertirse en uno. Mal y tarde comprendí que la diversión tendría que ir alejándose conforme avanzáramos en las etapas del torneo. Las huestes gastronómicas habían batido a sus rivales con maestría de pasteleros, y las hordas comunicólogas trazaban vasos comunicantes entre las piernas de los contrincantes, por lo que nuestra sobrevivencia en la contienda dependería menos de la chanza y más de la concentración y el buen juego. Casi nada.
Mi pequeña y variopinta compañía, yo incluido, me hacía sentir menos un emperador y más un Ulises irresponsable persiguiendo una Itaca redonda y algo pateada. Antes de que nos convirtieran a todos en cerdos, en aquel día decisivo, cuando el rugido de las expectativas inundaba ya los pasillos, cuando de los barandales los filósofos colgaban sendo cartelón con la leyenda: winning is nothing, mientras que los literatos hacían lo propio colgando el suyo que rezaba: tierna es tu torpeza, cuando algunas comunicólogas colaboraban con el ánimo del personal vestidas de porristas, cuando Boris boteaba entre los asistentes, recordándonos que ni siquiera la derrota es gratuita, en fin, que cuando el confeti y las serpentinas acentuaban el aire festivo de la tarde, engalanando su ligera suspensión con algunos giros de tristeza, reuní al equipo, les pedí que formaran un círculo, y a manera de alegato final contra nuestros captores, les dije: Como diría Balzac, seamos realistas. Y les hablé de la reticencia del cura Hidalgo para entrar a la Ciudad de México, de los irreductibles galos y su pócima mágica, de por qué a los osos no les pican las abejas, de cuando me caí en el baño, y ellos me hablaron de sus amores imposibles, de que nunca habían ido a Disneylandia, de lo cara que se ha puesto la vida, y después nos abrazamos, hicimos como guacamayas, y decidimos que el trabajo en equipo sería la mejor forma de defendernos.


La suerte estaba echada. Resistimos los primeros embates con un esmero que arrebataba aplausos –sobre todo de nosotros mismos– y el uno a cero nos hizo lo que los bárbaros a Roma. Pero sus voces de pájaro confundían –como lo hicieron antes–, y el dos a cero nos tomó por sorpresa. La pequeña columna se rehizo, impidió el avance bárbaro por los carriles laterales, reacomodó la primera línea de ataque, y en la retaguardia se colocaron hombres más frescos. Al esmero algunos le llaman fortuna, recordé que decía Escipión el Africano, cuando el dos a uno nos colocaba del lado de los embates con futuro. Sólo el tres a uno nos desfondó.
Perdimos. Era la primavera del 2005, ciertos ciclos estaban por cerrarse, el aroma de las cocinas echadas a andar envolvía el terreno de juego, y en el sonido local comenzaban ya los primeros acordes de "El cobarde del condado."
No miento. Algo parecido a todo esto que cuento, sucedió.

viernes, noviembre 23, 2007

¡Anda la osa!

1. Entrelíneas es un buen programa. Lo recomiendo. Pero, por favor, explíquenme: ¿cómo se les ocurrió grabar el programa sobre literatura negra y género policiaco en el Reclusorio Oriente? ¿Alguien en la producción, con debilidad por lo ingenioso, pensó: como en las novelas negras o policíacas siempre hay un crimen, vamos al lugar donde veraniegan los criminales? ¿Creyeron que era el equivalente a ir a Sinaloa a grabar un programa sobre literatura y narcotráfico? Luego, supongo que para profundizar en el tema, pidieron que los internos dijeran a la cámara qué estaban leyendo. Oh, decepción: resultó que la mayoría lee o la Biblia o libros de superación personal. ¿Qué esperaban que leyeran? ¿Resuelve el misterio? ¿Crea tu propia aventura? ¿Querían sorprenderlos subrayando párrafos de Papillon? ¿Recitando poemas de Libertad bajo palabra? O de plano sí esperaban que alguno de los reclusos dijera algo así como: “justo ayer mi abogado de oficio y yo comentábamos que el ejercicio de Fuentes en La cabeza de la hidra, de intercalar en la trama a Shakespeare, es actualizado en la última novela de Rivera Garza con poesía de Pizarnik, pero sin la misma contundencia.” ¿O acaso, pillines, fue más bien un guiño de humor negro, muy propio del género? Porque tampoco resultó.

2. Después del 2 de julio de 2006, la democracia perdió la gracia. Me explico: de un tiempo a esta parte, el IFE quiere convencerme de cambiar mi credencial de elector con comerciales donde aparece gente que se supone se parece a mi, y que piensa cosas que se supone también pienso yo. Son comerciales muy correctos, y me piden amablemente que coopere, porque conmigo, “nuestra democracia crece y crecemos todos.” Con ciudadanos tan sin chiste, y con frases tan poco pegadoras, no saben cómo extraño a los habitantes de Villa del Voto. ¿Qué habrá pasado con la familia Casillas? Según recuerdo la conformaban el señor y la señora Casillas, junto con los niños Casillas, y corrían aventuras democráticas con un didactismo a prueba de moralejas baratas, digno de Abelardo y su pandilla en Plaza Sésamo. Si salieron del aire por falta de ideas, cuestión de haberme dicho antes, que acá les dejo unas bien ingeniosas: en uno de los comerciales, la niña Casillas preguntaría si puede llevar al abuelo a votar, y la señora Casillas, educándonos, respondería que eso no es posible, porque las urnas deben estar vacías, y la del abuelo ya está llena de sus propias cenizas. En otro, la acción se desarrollaría en el kinder de Villa del Voto, que bien puede llamarse Pulgarcito, por aquello de la tinta indeleble, en el que los niños realizan –qué más– conteos rápidos. Y ya en el colmo de la risa loca, el hijo adolescente de los Casillas puede comparar el ir a votar con tirarse un gas, porque tanto el voto como el gas buscan ser libres, pero también ser secretos.

3. Buenos Aires, 16 de noviembre. Agencias. “Los diablos azules siguen atormentando a Charly García, y esta vez la víctima fue nada menos que su colega islandesa Björk cuando se toparon en un hotel bonaerense. Según reportó la prensa local, el vergonzoso incidente tuvo lugar a las dos de la madrugada del martes en uno de los salones exclusivos del Hotel de Alan Faena en Puerto Madero. Sin motivo aparente, el músico argentino reaccionó de manera violenta y le gritó ‘¡Qué carajo me mirás!’ cuando ella pasaba por su lado con sus asistentes y le ofreció una sonrisa. En ese momento, García bebía junto con amigos y repetía palabrotas en inglés, mientras intentaba ser controlado. Luego, le arrojó un vaso con whisky que golpeó a Björk en una de sus piernas sin causarle daño. Sin embargo, restó importancia al hecho y hasta –según testigos– le causó gracia la figura ‘larguirucha y desaliñada’ de Charly.”
¿Qué aprendemos de todo esto? Primero, que el “qué me ves” es universal. Segundo, que si uno va a andar aventando el whisky, preferible que sea uno barato. Importado pero barato. O de menos bueno pero barato. O de plano que no sea whisky, como el que venden en almacenes don Manolo.

4. Tengo la ligera sospecha que mi generación creció convencida de que las islas son como las dibujaban en Condorito, un breve montoncito de tierra donde apenas caben una palmera y dos personas. Sólo así me explico que parte de las duras críticas a la tercer temporada de Lost se refieran al “increíble” tamaño del asoleado lugar donde están varados, con un generalizado: “¡Ay, sí! ¡Ora resulta que son dos islas!”, en el mismo tono que mi generación utilizaba, allende las horas de formación de la primaria, cuando descubrían que alguien estaba diciendo mentiras. De nada sirven los alegatos que le recuerdan que, muchas veces en la serie, los personajes han dicho que para llegar a un determinado lugar tardarán medio día, o un día entero, y que guardan agua y víveres para el camino, por lo que es perfectamente comprensible que desconozcan no sólo la extensión total de la isla sino sus linderos. Más creíbles le parecen a mi generación las vívidas columnas de humo negro, las combis que arrancan sin gasolina, y que allá en Michoacán, despuecito de Tepateo, siga el pueblo de Simedejo.
Preferible ser cabeza de ratón que cola de león, dicen los que saben –y no precisamente mi generación–, así que, contra los que creen que perderse en una isla se resuelve buscando la siguiente estación del metro, me uno a la digna minoría que descree del Big Bang, que sí cambiaría una o dos cosas si volviera a vivir, y que si el clima pronosticara para hoy el fin de los tiempos, aun así sembraría flores de hojas papillonáceas. Los dejo con una bonita postal de nuestro carismático líder -this charming man, dirían los Smiths-:


miércoles, octubre 10, 2007

Cosas que se aprenden de madrugada

Leda y el cisne


A sudden blow: the great wings beating still
Above the staggering girl, her thighs caressed
By his dark webs, her nape caught in his bill,
He holds her helpless breast upon his breast.

How can those terrified vague fingers push
The feathered glory from her loosening thighs?
How can anybody, laid in that white rush,
But feel the strange heart beating where it lies?

A shudder in the loins, engenders there
The broken wall, the burning roof and tower
And Agamemnon dead.
Being so caught up,
So mastered by the brute blood of the air,
Did she put on his knowledge with his power
Before the indifferent beak could let her drop?

Yeats.

Hubo, además, un campo semántico, una prolepsis de la cual supimos después, y una discusión bizantina sobre la entraña de las entrañas.

miércoles, octubre 03, 2007

Agencia de colocaciones

1. Oportunidad de desarrollo profesional.
A uno deberían decirle, desde un principio, lo que habrá de ser. "Usted, amigo mío, jamás encontrará el amor. Usted de allá romperá corazones, y el último en romper será el suyo. Usted de aquí a mi lado abandonará sus sueños por la comodidad. Usted, el que va entrando, no será nadie, y de cualquier forma ya lo es. Usted se suicidará justo a tiempo, usted no cantará mal las rancheras, usted consolará, usted creerá en Dios y nunca se le manifestará, usted no morirá del todo, usted será rico pero nada tendrá."
Entonces uno podría ser libre, y no tendría que ir golpeando puertas a media noche, buscando la felicidad.

2. Excelente ambiente de trabajo.
Me abruma la soledad. Pero no la soledad del escritor, que es más silencio que otra cosa, sino la de las casas vacías, las fotografías tiradas a media calle –en Praga los recuerdos de alguien desfilaban por la acera buscando el camino de regreso a casa. En una de aquellas placas aparecía un grupo de personas y el dueño, con marcador, había pintado cruces sobre algunas cabezas. ¿Por qué se marca a la gente con una cruz? Si su dueño descontaba muertos, ¿por qué no pidió que lo enterraran con ella? Al volver a verlos les diría: Pero mira hombre, si nada nos hizo la vida. Un suspiro. Un dolor y una caricia, alternadamente–, esas cocinas con vajillas para doce donde sólo come uno.
Mis personajes, por ejemplo, están solos, y se quedan solos, o se aferran a lo poquito que consiguen para no estarlo del todo. Pero yo los condeno a que vivan solos –tengan para que aprendan–. ¿Triunfará alguna vez el amor en uno de mis cuentos? ¿Triunfará el amor en mí? ¿Y a mí quién me condena? A veces creo que es irremediable. A veces pienso, como los pensamientos premonitorios de Vallejo, que llegaré a viejo y veré morir a la gente que amo para quedar irremediablemente viejo y solo. Quizá por eso procuro que a mis personajes alguien los abrace, o les de una palmada, o escribirlos de tal forma que al final pueda releerlos y decir: Vamos, si esto no estuvo tan mal. ¿Pero quién le palmea a uno la espalda cuando está solo? ¿Quién viene y le toma a uno la cara entre las manos? (Dicen que al morir, el ser más querido viene por uno. ¿Pero entonces quién vendrá por mí? ¿El que más me quiso, o al que yo más quise? Acaso, después de todo, vea venir brincando a Rey, que me enseñará que allá en el otro mundo sus dientes no le molestan más.)
Existe una pista, sobre Congreso de la Unión, en la que el sol va a reposar sus últimos minutos sobre enormes nubes rosadas, con azules que expiran lentamente y largos dedos de luz detrás de ellas. Cuando uno va corriendo y entra en la curva que mira hacia esa parte, al salir de ella parece que uno persigue al sol, y a las nubes, y a la luz. Si estoy viejo y solo, y el fin del mundo me sorprende corriendo -¿por dónde se mete el sol, Libertad? Por donde siempre, señorita. ¿Pero cómo se llama ese lugar? Y a él le da igual, él se mete y ya–, quiero que sea en esa pista, a esa hora, pisando grava.

3. Salario base más comisiones.
Ojalá que mi vida sea siempre así:
El día lleno de sol, o suave de lluvia,
O tempestuoso como si se acabara el mundo,
La tarde suave y los grupos que pasan
Observados con interés desde la ventana,
La última mirada amiga puesta en el sosiego de los árboles,
Y depués, cerrada la ventana, prendido el candelero,
Sin leer nada, ni pensar en nada, ni dormir,
Sentir la vida correr por mí como un río por su lecho,
Y allá afuera un gran silencio como un dios que duerme.

XLIX de El guardador de rebaños, de Alberto Caeiro.

viernes, septiembre 21, 2007

Variaciones sobre el horror

Siempre he sido malo para comer pepitas con cáscara. No puedo. Rebasan mi torpeza y la ponen de manifiesto. Las evito. Lo supe desde muy niño, y a temprana edad quise ponerle remedio: la delicadeza para abrirlas la sustituí por el rudo roer de la pepita con todo y cáscara. Funcionaba.
Hasta el día en que el tío Ángel me descubrió. Viéndome fijamente confirmó lo que de reojo sospechaba. “No, así no. Ábrelas”, dijo. Respondí que no podía y, sereno, desde su lugar de tío, me advirtió que no siguiera haciéndolo, porque podría salirme un árbol de pepitas en la panza.
Se apoderó de mí el terror. El susto me duró por años. Solté la bolsita y pedí uno tras otro vasos de agua. Hasta que recordé que mis papás regaban las semillas para que crecieran. Aterrado y estúpido. El tío Ángel –yo asomado desde la cocina– partía con parsimonia las pepitas. Como si nada.
Aquella noche me palpé el estómago por horas. Creía sentir las ramas saliendo por mi boca, uno como olor a tierra impregnaba el ambiente, la de jarabes que necesitaría para sacarme el árbol de adentro. Pero a la mañana siguiente no pasó nada. Ni a la siguiente. Nunca confirmé ni desmentí lo que me dijo. Me conformé con creer que había corrido con suerte.

Todavía ahora, por las noches, puedo percibir cierta dureza en las yemas de mis dedos. Cuando el sueño me vence, en el abandono de mi cuerpo al silencio profundo, siento mis manos rasposas, como envueltas en una especie de corteza. Y sonrío.

jueves, agosto 30, 2007

Happy together

Entonces me entra algo así como un amor de padre las cosas que nos pasaron cuando éramos niños Antes de cualquier acción definitiva no pasaré más de una noche con ella el remoto luchar contra la nada que las decisiones están tomadas Y le contó la historia de un antiguo rey de Moab Verdades útiles Como el que mira la hora, el que adivina Un río que ríe suena, se ríe Marzo dos, dosmilsiete Que no te derroten nunca deviene ciento volando y él Montesco entre Capuletos un hombre y una mujer capricho de emperatriz Me inundó la tristeza Todo yo era el Titanic

martes, agosto 28, 2007

Todo lo poco que sé. Todo lo mucho que espero.

Describir la realidad a veces resulta complicado. Dormimos un lunes para despertar un jueves, de febrero sigue mayo y se nos pierde noviembre para pasar de octubre a diciembre. Nos distraemos en centros comerciales, evitando la calvicie, frenando las várices, brincando de puesto en puesto, terminando de pagar el coche y arreglándonos los dientes. Nuestra libertad radica en el destino vacacional de dos semanas después de las otras 52 intentando convencer al reloj que se brinque a las 5 para llegar a las 6 y escapar del trabajo al tráfico. Se nos va la vida, como tren que un día decide seguir y seguir sin detenerse.
Simplificamos las cosas. Tachamos de malos a los inmorales, a los homosexuales, a los narcos, a los vagos y a los indios que no terminan de entender que producir el doble es mejor. Simplificamos nuestra espiritualidad con normas morales y rígidas reglas de fe que en vez de encontrarnos nos llenan de desencuentros; con la hija de los divorciados, la madre de la lesbiana, el tío del encarcelado y la muchacha que decidió abortar. Engañamos nuestra terrible ignorancia con educación formal. Y escondemos nuestra inmensa y vasta miseria detrás de un corte de pelo, un nuevo pantalón ajustado, el regalo de una despensita en navidad a la colonia jodida de al lado y alguna pastilla para adelgazar. Dejamos de indagar la complejidad que nos rodea. Dejamos de buscar entender nuestros deseos y nuestas aspiraciones. Se las dejamos a un jefe, a una marca, a un consejo televisivo. Y se nos va la vida.


Tin Dirdamal, haciendo la editorial para Replicante no. 12, Miradas al cine.

sábado, agosto 18, 2007

Grandes biografías de nuestro tiempo

Aldo Iván (1979)

En colegio de señoritas mormón y mudo honoris causa por Yodelator, trompetista invitado en Jericó y viejo numantino que al fuego llama arder, ha fundado empresa en viejas ilusiones, es creyente asiduo en el pórtico de Salomón, y suele ordenar la retirada cuando la guerra va resolviéndose a su favor. Cantó victoria en medio del desierto, predijo en Casandra un sino de amor, y dulce y matutino suaviza vientres con oliva y laurel.
Rotundo en el confort de la carencia deja dicho que no volverá y vuelve, abreva del ardid de caricias y esperanzas, añora el tibio reino bajo la falda y promete, la mano sobre el corazón cuando lo hace, que esta vez no mentirá. Montesco entre Capuletos, un costado abierto para Tomás, capricho de emperatriz, discípulo autodidacta con déficit de atención, en Teruel nos abandonó, en Cinco de Mayo volvió a amar y a la edad de veinticinco aprendió de Teógenes a dejarlo todo y no dejar.

domingo, agosto 12, 2007

Del libro del profeta Isaías

Me pasa ahora como en los días de Noé: entonces juré que las aguas del diluvio no volverían a cubrir la tierra; ahora juro no enojarme ya contra ti ni volver a amenazarte. Podrán desaparecer los montes y hundirse las colinas, pero mi amor por ti no desaparecerá y mi alianza de paz quedará firme para siempre. Tú, la afligida, tú la zarandeada por la tempestad, la no consolada: He aquí que yo mismo coloco tus piedras sobre piedras finas, tus cimientos sobre zafiros, te pondré almenas de rubí y puertas de esmeralda y murallas de piedras preciosas. Destierra la angustia, pues ya nada tienes que temer, olvida tu miedo, porque ya no se acercará a ti.

54, 5-14.

lunes, julio 02, 2007

Este dia. Este año.

Julieta Torres Salas
Hija de un hombre y una mujer
que hicieron de un viejo adagio
un nuevo prodigio.


martes, mayo 22, 2007

To mock a killingbird

UNO.
Callejón que une Circuito Río Piaxtla y Circuito Río Fuerte.
Lo miran. Todas a un tiempo. Las pajaritas. Él, orgullo herido –caída pública a la hora en que los niños salen de la escuela–, desde su isla de gato las espera: en el ancho barandal que limita la terraza con el mundo, serenas la cola y el bigote, confía en vencer el cable de luz que sólo por centímetros las aleja. Un mal cálculo, ahora lo sabe, deviene ciento volando y él, respeto adquirido por su color y sigilo, aguarda: dejarán de estar a salvo cuando de un salto –ese buen salto–alcance a las que lo miran, todas a un tiempo, las pajaritas, y presiente que aquella será para todos la última tarde.

DOS.
Un gato para Julio.
Debe ser como escuchar tu. Caer dormido buscando. Acurrucado olvidar. O tener hambre, pegar la boca a tu. Y ser un tibio. Una extensión de aquel. Un polizón.

viernes, abril 27, 2007

Abril veintisiete, dosmilsiete

También su ausencia es algo que está conmigo.

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[IV] de Alberto Caeiro, El pastor amoroso, en Fernando Pessoa, Poesía completa de Alberto Caeiro, BUAP/UAM/Verdehalago, México, 2000, p. 124.

miércoles, abril 18, 2007

En otro tiempo he estado aquí

ERV
Déjame recobrar la memoria del cuerpo,
su rigurosa finitud.
Déjame salvar nuestros cuerpos de sus raíces,
abatir los árboles que no soportan ya el peso del alma
y buscan su polvo, su semen de tiempo y su metamorfosis.
[...]
No tengo conciencia:
eres un espejo que me acosa, me fustiga, me oprime
la frente, la respiración, la boca:
y tu saliva es un bautismo tardío y siempre reciente,
el agua que destruye la sed
y mi sudor en vano lo combate.
[...]

Oh mía, fuego mío,
que la inundación de la música nos consuma,
que este incendio en sus mismas llamas se abandone
y que en mi ceguera estalle la luz de las manos, de la piel, del
espasmo,
los cuerpos, la noche, la vida irrepetible que no quiere volver a ser.

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5. Déjame recobrar la memoria del cuerpo (Fragmentos)
Tomado de Montemayor, Carlos, Abril y otras estaciones (1977-1989), FCE, México, 1989, pp. 47-49.

jueves, marzo 15, 2007

En buena hora, Aldo Iván

Querido amigo:
Que no te consuman la ilusión ni su impertinente ánimo de conquistador, que no haga nido en ti la fiebre absurda del amor ni su ternura. Pero si te consumen, si anidan en ti pule tu escudo, alista la espada y combate sin mucho afán su estela de marzo y jacarandas. Que no surquen tu frente deseos de emperador, que dominar al hombre sea siempre dolor y pobreza. Pero si surcan y no duele pon bajo tu lengua cianuro, huye, quema tu corazón en el fuego que a los mapas ha de devorar. Procura ir por el mundo sin esperar nada a cambio, cuida que no levanten de ti ni bustos ni memoriales. Pero si esperas que sea entonces la hora de tu enemigo, y si los levantan que sea por error sobre el mar, en el vacío de los cajones. Que no te derroten nunca, que el brazo triunfal que se eleve no sea el de tu retador. Pero si te derrotan, si aquel brazo se eleva di que tu mujer es más linda, que fundaste imperio en amores clandestinos, que nada azaroso te es ajeno. Que estás intacto.
Y si en Emel fuiste esclavo y en Cinco de Mayo pidieron tu cabeza por amor, si en los mares del Norte descubriste la tibieza y lo fugaz, si en las rutas de Oriente inventaste el truco de volar, el compuesto químico que anula la conspiración, celébralo.
Siempre tuyo,
Valdés Espinosa.

miércoles, marzo 14, 2007

28 soledades (con algunos años agraciados)

La noche que estuve tomando copas con Fidel Castro casi nos emborrachamos. Bueno, yo más. O él lo aparentaba menos, no sé, pero desde luego que había soplado. El caso es que a eso de las cuatro de la mañana, le dije: "¿Sabes, Fidel? He venido viendo en el avión -y era verdad- Forrest Gump", y me dijo: "Ah, sí -porque a Fidel le ponen películas y el Gabo le recomienda muchas-. La he visto hace unas semanas y es muy divertida", me dijo. Te cuento esto porque yo, en este mismo momento, me siento como Forrest Gump.

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Tomado de Menéndez Flores, Javier y Joaquín Sabina, Yo también sé jugarme la boca. Sabina en carne viva, Ediciones B, México 2007, p. 59.

miércoles, febrero 28, 2007

De la primera carta del apóstol san Pablo a los corintios

Hermanos: Aunque yo tuviera el don de la profecía y penetrara todos los misterios, aunque yo poseyera en grado sublime el don de ciencia y mi fe fuera tan grande como para cambiar de sitio las montañas, si no tengo amor, nada soy. Aunque yo repartiera en limosna todos mis bienes y aunque me dejara quemar vivo, si no tengo amor, de nada me sirve.
12, 31-13,13

lunes, febrero 19, 2007

Y en su arena leer que nada espere, que no espere misterio, que no espere

Leamos cada día de febrero a Owen como si confiáramos en él. Lleguemos por la noche a casa, y ya descalzos reconozcamos nuestros pasos dados en su número correspondiente. Día Quince. “Alcohol, albur ganado, canto de cisne del azar.” Así fue. Descubrir que el rostro desnudo, que el Lerma cenagoso, que este camino recto entre la niebla, que ese llorar frente a un retrato, se dieron, inevitables como un marino a la deriva que no recuerda haber abandonado ningún puerto. Como el que mira la hora, el que adivina, el que sabe de nosotros lo que ni siquiera nosotros sabemos de nosotros mismos.

jueves, enero 25, 2007

El Pequeño Apócrifo

Berton: Lo explicaré. No me di cuenta en seguida; lo entendí al cabo de un rato: el niño era muy grande. Enorme es poco decir. Extendido horizontalmente sobre las aguas, el cuerpo se elevaba a unos cuatro metros por encima del océano, lo juro. Recuerdo que en el momento en que toqué la ola, el rostro del niño estaba un poco más arriba que yo, y sin embargo, en mi cabina, yo debía de encontrarme a una altura de por lo menos tres metros.
Pregunta: Si era tan grande ¿por qué dices que se traba de un niño?
Berton: Porque era un niño pequeñito.
Pregunta: ¿No entiendes, Berton, que tu respuesta no tiene sentido?
Berton: No, en absoluto. Podía verle la cara; era un bebé. Además, las proporciones del cuerpo correspondían exactamente a las de un bebé. Era un niño de pecho. No, exagero. Un niño de dos o tres años. Tenía cabellos negros y ojos azules, enormes. Estaba desnudo, completamente desnudo, como un recién nacido. La piel parecía mojada, o lustrosa; resplandecía. Yo me sentía como trastornado. Ya no creía en un espejismo. Veía a ese niño con tanta claridad. Subía y bajaba, junto con las olas; pero aparte de ese movimiento general del cuerpo, el niño mismo se movía; ¡era horrible!
Pregunta: ¿Por qué? ¿Qué hacía?
Berton: Parecía una muñeca de museo, pero muñeca viva. *

**

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** En las imágenes, A Girl, obra del escultor Ron Mueck en la Academia de Artes de Edimburgo, durante una exposición retrospectiva de su obra -figuras humanas en escalas gigantescas- en agosto de 2006.
* Texto de Solaris, de Stanislav Lem.

viernes, enero 05, 2007

Balar

1.
Silbando van las balas. ¿Qué silban?
Una canción aprendida esta mañana.
Como niñas que se miran y separan
una media tarde, un rincón de nada.
¿Silba el borrego mientas bala? Bah.
La vida sola a solas va.

2.
Un río que ríe suena, se ríe. Oír
un río que suena que ríe suena,
reír. Ir por ahí diciendo que suena
un río que ríe al río, a la vereda y
sonreír. Son de reír así sin otro
corazón que un río que suena, sonar.

3.
En mi casa hay un león. ¿Qué caza?
No sé. Nunca he ido. Pero dirán que
digo que en tu vientre hay un león
que habla. ¿Qué dice? Que habla.
En la noche siembra flores. ¿Hembra?
Sí, hembra, pero dije flores.

viernes, diciembre 29, 2006

VERDADES ÚTILES PARA INICIAR ESTE AÑO

¿Que el amor todo lo puede?
Mentira.

¿Que el mal no siempre triunfa?
Mentira.

¿Que no soy yo el que traza los mapas,
el que abre la puerta, el que te avienta tierra a los ojos?
Mentira.

jueves, diciembre 07, 2006

Tres apuntes sobre la rebeldía

1. Los rebeldes huimos combatiendo

Cuando le preguntaron a Kasuo Michina por qué se había levantado en armas, miró fijamente a los corresponsales y les dijo: “hay horas en la vida de un hombre que sólo cobran significado cuando dice ‘no más’”. Su pequeña compañía se apostó a las afueras de las oficinas donde, según la agenda del día, habría de reunirse el primer ministro con gran parte de sus secretarios. El ataque fue sorpresivo, sobre todo para Michina. El misterio del fuego cruzado estuvo resuelto horas después, cuando supo que un traidor entre los suyos posibilitó la contraofensiva gubernamental. “Los hombres que buscábamos no estaban ahí”, refirió años después el general en una entrevista para el Time. “Aún así tomamos el edificio por asalto y aguardamos”. Allí refugiados esperaron refuerzos.
La refriega duró varias horas, hasta que la rebelión de Michina salió victoriosa. En su Historia del siglo XX, Eric Hobsbawm apunta: “Ningún otro golpe de Estado fue tan bélico en su discurso ni tan humanitario en su aplicación como el del general Kasuo Michina. Y resultó por ello tan contradictorio, que su desenlace sólo pudo darse en el ámbito de lo trágico”. Se rebeló, fue rey y después lo exiliaron. Antes de suicidarse Michina releyó a Camus, pero se negó a aceptar que sus acciones fueran algo anticipado y previsto.
En una de sus últimas entrevistas, al preguntársele qué era lo que más recordaba de aquellas horas, respondió: “A mi hermano, el traidor”. Y abundó: “Sospeché de todos todo el tiempo, excepto de él. Pero a la distancia resulta lógico: el hombre puede rebelarse contra la rebeldía. Por ello no lo aborrezco ni le guardo rencor”.

2. Los rebeldes no usamos pantuflas

Al abuelo aquello de la rebeldía le parecía cosa ociosa. Había visto a su viejo amigo Lázaro salir de las películas en tercera dimensión furioso o hecho un mar de llanto, agitando los lentes bicolores diciendo: “no sirven, otra vez me dieron unos que no sirven”. Volvía y lo intentaba una vez más, y poco le interesaba que el boletero, sorprendido, dudara antes de darle los lentes a un tuerto. Pero la tiranía de la abuela alcanzaba ya límites insospechados, y era su empeño diario el poder rebasarlos, no importando que la gravedad del asunto no lo ameritara del todo.
En un tibio remanso de las voces que acostumbraba dar la abuela por la tarde, Roberto alcanzó al abuelo en el patio. Agitado, lo sacó de una contemplación de siemprevivas, hasta alejarlo lo más posible de la vista del enemigo. Entonces le dijo: “la abuela, furiosa”. Y comenzó a contarle de las gallinas que habían llegado a la recámara quién sabe cómo, de la sorpresa que se llevaron él y las gallinas cuando la abuela entró al cuarto, del futuro que ella le negaba en toda la retahíla de condenaciones que se acumulaban en el aire. El abuelo asentía, escuchaba atento y en silencio.
“No es tan grave”, dijo por fin. Y agregó: “te ayudaré”. Trepados en un árbol vecino, escondidos los dos de la cólera de la abuela, a Roberto aquel escondite le pareció el mejor escondite, y comprendió que su abuelo no era ni tan intrépido ni tan valiente como suponía, pero sí ingenioso. El abuelo, bien agarrado de las ramas, pensó lo mismo. Al día siguiente buscó a Lázaro, y a grandes rasgos le explicó el plan. “Todo depende”, dijo aquel, “del resultado que obtengamos hoy”. El abuelo pensó que en las revoluciones no todos se sublevan por lo mismo, así que aceptó el trato, apagó su cigarro y entró con él al cine.
“Un tuerto, un anciano y un niño”, recapituló la abuela cuando los vio llegar y supo de sus intenciones. “¿Cuánto miedo debo tener?”, preguntó con ironía. “Todo el miedo del mundo”, respondió el abuelo. “Hoy por fin sirvieron los lentes de Lázaro”.

3. Los rebeldes perdemos la gracia cuando dudamos

Porque todo es igual, a Mara le aterraba vivir bajo el yugo de una estirpe que se corrompe. Su familia presentó los primeros síntomas una tarde de agosto y recordó, sin proponérselo, que la nieve al condado de Moab no tardaría en llegar. Sólo por eso estaba decidida. Antes de verse disminuida, antes de encontrarse despojada de la seguridad y el alivio, habría de imponerse contra lo que viene: el mundo, su contemplación y su derrota, una última advertencia antes de sucumbir a su destino. “¿Podré? ¿Tendré la fuerza?”, se preguntó. Escuchando a Beth Gibbons trazó un plan. Y luego otro. Y otro.
“No hay salida”, suspiró. Vencer todos los obstáculos no garantiza un triunfo permanente, le corroboró la voz en el teléfono, y ella contuvo la respiración un rato, acarició una superficie rugosa, y pensó que conocer su futuro era lo más rebelde que podría hacer. Cuando le anunciaron la muerte de su hermano el primogénito, no se sorprendió.
Se le acercó al oído y le cantó. Al terminar le acarició el pelo y repitió en voz alta aquella línea que decía: I’m here to stay. “Rebelarse y fracasar es humano, pero también inútil”, le dijo Ruth una noche después. Y le contó la historia de un antiguo rey de Moab, que en el camino a la contienda tuvo una revelación. Reunió a sus hombres y les dijo: “Lucharemos y ganaremos, lo sé, se me ha permitido saberlo”. A mitad de la batalla, cuando el enemigo lo acorralaba y sus bajas eran casi totales, uno de sus hombres se acercó y le preguntó: “si ya sabías que ganaríamos, ¿por qué insististe en venir a pelear?”
Mara esperó con tristeza su siguiente taza de café –“sin azúcar, sabes que no la merezco” -, y miró por largo rato a Ruth. Pensó en las primeras horas del hombre en este mundo, del sitio fugaz de la memoria, y por un instante tener y carecer le parecieron cosas fuera del tiempo. Una noche agigantada, la mano secando el rostro, se abrieron paso.
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Publicado originalmente en Registro No. 13, noviembre 2006, cuyo tema fue "La rebeldía".

jueves, noviembre 30, 2006

De saber que venías te tendría un pastel

Estimado Nabucodonosor: es usted un viejo risueño y callado, lo cual se vuelve una contradicción de términos que no nos llevaría a ningún lado, si no fuera porque lo estimamos y nos preocupa que no salga usted más de su cuarto. Si acaso ha descubierto un universo dentro de su departamento; si en su capacidad de asombro caben las hormigas, la luz que por entre las cortinas ilumina partículas de polvo en el aire, la esquina que siempre ha sido esquina; si el tiempo dejó de correr en su sala de estar, si la televisión lo esclaviza y lo libera, si ha descubierto que no hay vuelta atrás, que las decisiones están tomadas y viven en la Isla de las Decisiones, entonces hace usted bien de no salir.
Nada da más luz que una dama a mitad de la luz.
Ni nada menos.

viernes, octubre 06, 2006

Donde los héroes respiran dolorosamente
confundidos con sus estatuas

Mis recuerdos cumplieron años. Caminé las calles que caminé, fui a los lugares a los que fui, estuve donde alguna vez ya estuve, como quien anda un camino tantas veces recorrido. Un tour por la memoria y el espíritu, antes de que desaparezcan como ya lo han hecho los lugares de mi infancia.
********
Siempre llego tarde. Mis personajes no. Ellos viven la vida que no tengo. Pero un día un personaje, llamado Aldo Iván, llegará tarde a todos los lugares que tenga que ir, y llegará sólo para escuchar: lo sentimos, perdiste; se fueron sin ti; ella se cansó de esperar y se fue. Aquellos que lean el cuento –que se llamará, propongo, Iván en punto-, llegarán a la conclusión de que no, que el personaje jamás llegó tarde. Fue puntual en alcanzar su derrota, como todos los demás. Y cuánta razón tendrán.

********

ausencias de relámpago que iluminan, así volverás y volveré
como señal de victoria al reino, una ciudad sin las murallas
que el viejo abad levantó como íntimo tesoro que antaño no me fue dado asaltar.

(Por colores, o todo seguido, como se quiera leer).

domingo, octubre 01, 2006

Las batallas que guardo para mí mismo

Ciego de noche, ámbar que guarda
al corazón como una roca,
puedo recordar la barbarie del mundo,
las batallas que tuve que perder
para no hallarme en el trono
de los que todo lo tienen,
felices en su hartazgo
y del todo vencidos.

Pero allá donde no combatí
me espera un llano,
un claro donde un ejército
renuncia al amor
esperando un abrazo, el remoto
luchar contra la nada,
la absolución del hombre
porque así está escrito en el
libro aquel imposible de leer
porque ciego de noche, ámbar que guarda
al corazón como una roca,
me señalo a mí mismo
en el barco de los que vuelven derrotados.

lunes, septiembre 18, 2006

Hojas de hierba

Walt Whitman estuvo aquí:


25. No soy mala hierba,

sólo hierba en mal lugar...

Enrique Bunbury, Sácame de aquí

domingo, septiembre 17, 2006

Las hormigas muertas

Confiado de que la literatura sirve para algo, no dudé en ayudar a mi padre cuando encontró un campamento de hormigas feroces justo a la entrada de la casa. Hacían de las suyas entre la basura, y como todo lo que sucede en esta casa es mi culpa, también resultó serlo el que las hormigas se instalaran ahí con veraniega comodidad. Antes de cualquier acción definitiva, pedí tiempo para ir por José Carlos Becerra e investigar lo que proponía él en estos casos. En efecto, como lo recordaba, en El otoño recorre las islas viene un poema llamado cómo retrasar la aparición de las hormigas, y en él se habla del paso del tiempo, de los padres, de la juventud y de la vejez. Pero nada de qué hacer cuando las hormigas se dejan de metáforas y se cargan la comida en la espalda. Mi padre, siempre atento, me preguntó si las íbamos a matar leyéndoles. Fin de la discusión. Usó Raid.
Y luego voy y leo que a J.M. Coetzee le preocupa que sus traducciones al coreano o al serbio no sean del todo claras. Uta. Preocupado debería estar porque sus libros en el idioma original le sean de utilidad a quienes los leen.

lunes, septiembre 11, 2006

¡Adiós su Majestad, mi Reina, mi ciudad, adiós!

1. Mi próxima novia será una botarga. Muy gorda y muy bonita, repartirá besos y saludos por la calle a todo aquel que quiera recibirlos. Los niños, o las mamás de los niños, la detendrán para sacarle fotos, para que los salude de mano, mientras yo reiré divertido y no me dará pena que me digan que me vieron con mi novia la botarga.
Pero no pasaré más de una noche con ella. No quiero descubrir sus secretos. No quiero ver su rostro demacrado y triste. No quiero oírla gritarme, desde el baño, que ella conoce mil hombres mejores que yo.

2. Así ha sido mi vida: náufrago y congelándome, se me ha pedido que me aferre bien a los pedazos del barco, que no tardarán en venir a rescatarme. Y me lo dicen desde la cubierta de un barco en fiesta, con todas las luces y todas las risas encendidas. Entonces me suelto y floto, porque la deriva no conoce de egoísmos ni rupturas ni terminará mirándome con lástima. Cada vez que naufrago, la deriva me lleva a un refugio temporal, donde me dan cobijo y la sopa está tibia pero no más. Hasta que me echan.
Acostumbrado así a que nunca es para siempre, hoy me dispongo a soltar mi pedazo del barco. En la cubierta del que se aleja comienzan a repartir las luces de bengala y a decirme adiós con las guirnaldas.

3. No voy por la vida contando mis cosas, y me he negado a colgarme de una cadena la tablita esa que dice: “Quiéreme, seré escritor”. Mis amigos son divertidos y viejos, en ese orden, y hace diez años contamos un chiste que hoy sigue haciéndonos gracia. Robé por necesidad; traicioné una sola vez y aprendí mi lección. Miento todo el tiempo, pero dejaré de hacerlo cuando me vuelva de verdad un espía, un partisano, el genio a premiar, Steve McQueen. Nunca he roto el corazón de una mujer, pero el mío acumula medallas por lo contrario, como marcas de inundación. Amé y no me amaron, o dejaron de hacerlo, y muchos creerán que así será el fin, pero yo convocaré a los que aún no se rinden, haremos una fiesta y después los invitaré a verme morir. Creo en el destino, en el azar, en los concursos con la presencia de un interventor de la secretaría de Gobernación. Y creo que al final seré feliz, porque la vida ya no tendrá secretos para mí, porque este día tan largo por fin terminará, porque lo posible por perder lo habré perdido ya. Seré feliz. Ya lo verán.

jueves, septiembre 07, 2006

Iván el equilibrista

Hablar de los muertos es hablar de uno mismo, de las cosas que nos pasaron cuando éramos niños, de un corazón entre las sábanas que era como una isla, tibia y sola como una hermana coronada y roja. Como granada.

Hablar de esos años es ganarle a la ausencia en partido arreglado, los idos uno Iván cero, es mirarle los hilos a la gracia, espiar al mago entre la gente o saber que a la larga ella terminaría largándose.

Hablar de la víspera es contar las mañanas con los dedos, mirar como mira la alegría un ciego, soñar la caricia dura del homicida y su patente de corso contra tu ternura. Es dar un golpe y salir corriendo, en pie de lucha un botín de luz. Una ilusión.

Pero en tu casa buscaré la condición del azar, el estanque del maharajá, la maldad que te di. La canción de Goliat.