lunes, diciembre 03, 2007

Cuando perdimos Roma

A mi equipo editorial en Mediaciones, con cariño.
A Luis, Jan y Gargo.
Exmerare fortuna non est.
Flavio Marcelo, "Apuntes sobre Zama"

Sometimes you gotta fight when you're a man.

Kenny Rogers, "Coward of the County"
They say ev'ry man must fall.
Bob Dylan, "I shall be released"

Así departían juntos.
Odisea, Canto XIV.

La propuesta de ver el primer partido del torneo me causó gracia. Se añadió, como para convencerme: no hay que confiarnos. Pregunté sonriendo si era para tanto, y el equipo me miró como si no entendiera yo nada. Un torneo de fútbol en una universidad humanista me parecía tan fuera de lugar como un concurso de oratoria en un colegio de mudos. Al final, pensaba, los partidos terminarían siendo una rutina combinada entre los tres chiflados y los hermanos Marx, con un filósofo a mitad del campo imitando a Groucho –diciendo: “Camus pensaba que el fútbol no producía nausea, pero Sartre sí” –, mientras los demás pateábamos una naranja, porque ya para esas alturas el balón estaría descansando en una azotea cercana, o de plano ponchado en un rincón. Fue por eso que le propuse al consejo de la revista que por aquella época dirigía, que formáramos un equipo para participar en la justa. Correr sin ton ni son detrás de una pelota, era eso lo que necesitábamos.




Decliné la invitación pero pedí que me mantuvieran informado. Pretexté quedarme en la oficina para revisar algunos textos, pero en realidad me senté encima del escritorio y observé. Después de un rato saqué un trapito y limpié la superficie en la que había decidido iría el trofeo que pronto ganaríamos. Qué mejor lugar para exponerlo que arriba del archivero con llave que con tanto esfuerzo nos habíamos adjudicado –hasta una estampita con el logo de la universidad tenía–: nuestro segundo triunfo al hilo después de la oficina con baño, y antes del trasto viejo con cara de PC que la universidad nos concedió, cuya utilidad quedaba de manifiesto cada que arrojaba menos datos que una brújula y un compás mal empleados. Y como mi propuesta de decorar las paredes con un cráneo de buey o la cabeza disecada de un venado había sido olímpicamente ignorada, decidí que el trofeo sería un sustituto aceptable, aunque con mucha menos personalidad.
El parte me fue dado minutos después de terminado el encuentro. Tuve razón cuando pensé que quizá podría equivocarme. Marcello resumió el evento así: Dux facti sfera est. Cundió el pánico. Apunto estuve de proponer que saliéramos a practicar pases con un frutsi, cuando un compañero, por lo demás blanco y reservado, delineó la táctica a seguir para nuestro primer partido: jugar ordenados. Recordé que el orden había dado grandes logros a empresas pequeñas y a veces dadas por perdidas, así que no tuve ningún inconveniente en ello, salvo que me explicaran cómo habríamos de llevarlo a cabo. Básicamente que no te muevas de tu lugar, me dijeron. Nada parecido a prenderle fuego a Roma, pero casi.
Mi disfraz de coordinador de ataques –una actitud, los mismos pantalones– fue tan sorpresivo que el equipo se miró entre sí y movió la cabeza. Había practicado mis palmadas en la espalda, mi manoteo al aire, mi dedo extendido como estatua romana señalando el rumbo de la batalla, la escueta recompensa y el duro reclamo –que en otra circunstancia le llamarían amor–, los trabucos cuyo ánimo conciliador a primera vista no es tan claro. Pero mi dirección técnica se vio ofuscada cuando tras el silbatazo inicial la posibilidad de salir airosos parecía más bien desvanecerse en el aire: nuestro principal eje de ataque –en realidad el único– estaba en el centro de la acción con una banca nada confiable –el director técnico incluido–. Parecía que la táctica no iba a alcanzarnos. En una mala coordinación la defensa dejaba pasar al hombre y a la pelota –uno u otro, nunca los dos, nos aconsejó nuestro ordenado auxiliar técnico, y yo lo secundé– que al momento de la definición era vencido por los nervios, o su mala puntería, o por un ligero recargón en la espalda. Los nuestros esperaban un exceso de confianza en los rivales, una envalentonada que los hiciera jugar con líneas adelantadas, practicar paredes arriesgadas, enfrascarse en jugadas utópicas, momentos todos ellos ideales para robar el balón y atacar por las bandas, acompañados al centro por un rematador que sólo tuviera que empujar el esférico. Así resistían, salían avante, brunos, romos.


Pese a todo pronóstico, cual David contra Goliat el quinteto iba eliminando contrarios con la armonía de una columna romana en las últimas horas de Cartago. Hasta ese momento no había sido yo necesitado dentro de la cancha por lo que, instalado en una franca comodidad en la que nadie reparaba, disfrutaba a mis anchas del espectáculo. Embargado por la emoción, a veces me descubría aplaudiendo los túneles del equipo contrario. Me sentía yo Napoleón pasando revista a mis tropas antes del asalto a Waterloo, tal como lo describe Víctor Hugo, y a punto estuve de decirle a mis hombres, como el emperador, que el día más feliz de mi vida había sido el de mi primera comunión. Entonces fui requerido.
Mi breve participación permitió un gol del equipo contrario y evitó otro, por lo que puedo afirmar, sin temor a equivocarme, que mi presencia en el campo fue por momentos buena y por momentos mala. Debió ser el equilibrio de mi juego lo que provocó que uno de los contrincantes, terminando el partido, llegara hasta mí, me tomara la cara entre sus manos, y viéndome fijamente, dijera: Camarada: cree en Dios y en la vida sencilla. La complejidad y el sinsentido de la frase me conmovieron y, si no fuera porque no venía al caso, hubiera llorado.


Con todo, y a pesar de mí, pasamos a semifinales. El circo romano desplegó sus recursos escénicos –un balón, dos porterías– y el fragor y la algarabía estaban por convertirse en uno. Mal y tarde comprendí que la diversión tendría que ir alejándose conforme avanzáramos en las etapas del torneo. Las huestes gastronómicas habían batido a sus rivales con maestría de pasteleros, y las hordas comunicólogas trazaban vasos comunicantes entre las piernas de los contrincantes, por lo que nuestra sobrevivencia en la contienda dependería menos de la chanza y más de la concentración y el buen juego. Casi nada.
Mi pequeña y variopinta compañía, yo incluido, me hacía sentir menos un emperador y más un Ulises irresponsable persiguiendo una Itaca redonda y algo pateada. Antes de que nos convirtieran a todos en cerdos, en aquel día decisivo, cuando el rugido de las expectativas inundaba ya los pasillos, cuando de los barandales los filósofos colgaban sendo cartelón con la leyenda: winning is nothing, mientras que los literatos hacían lo propio colgando el suyo que rezaba: tierna es tu torpeza, cuando algunas comunicólogas colaboraban con el ánimo del personal vestidas de porristas, cuando Boris boteaba entre los asistentes, recordándonos que ni siquiera la derrota es gratuita, en fin, que cuando el confeti y las serpentinas acentuaban el aire festivo de la tarde, engalanando su ligera suspensión con algunos giros de tristeza, reuní al equipo, les pedí que formaran un círculo, y a manera de alegato final contra nuestros captores, les dije: Como diría Balzac, seamos realistas. Y les hablé de la reticencia del cura Hidalgo para entrar a la Ciudad de México, de los irreductibles galos y su pócima mágica, de por qué a los osos no les pican las abejas, de cuando me caí en el baño, y ellos me hablaron de sus amores imposibles, de que nunca habían ido a Disneylandia, de lo cara que se ha puesto la vida, y después nos abrazamos, hicimos como guacamayas, y decidimos que el trabajo en equipo sería la mejor forma de defendernos.


La suerte estaba echada. Resistimos los primeros embates con un esmero que arrebataba aplausos –sobre todo de nosotros mismos– y el uno a cero nos hizo lo que los bárbaros a Roma. Pero sus voces de pájaro confundían –como lo hicieron antes–, y el dos a cero nos tomó por sorpresa. La pequeña columna se rehizo, impidió el avance bárbaro por los carriles laterales, reacomodó la primera línea de ataque, y en la retaguardia se colocaron hombres más frescos. Al esmero algunos le llaman fortuna, recordé que decía Escipión el Africano, cuando el dos a uno nos colocaba del lado de los embates con futuro. Sólo el tres a uno nos desfondó.
Perdimos. Era la primavera del 2005, ciertos ciclos estaban por cerrarse, el aroma de las cocinas echadas a andar envolvía el terreno de juego, y en el sonido local comenzaban ya los primeros acordes de "El cobarde del condado."
No miento. Algo parecido a todo esto que cuento, sucedió.

viernes, noviembre 23, 2007

¡Anda la osa!

1. Entrelíneas es un buen programa. Lo recomiendo. Pero, por favor, explíquenme: ¿cómo se les ocurrió grabar el programa sobre literatura negra y género policiaco en el Reclusorio Oriente? ¿Alguien en la producción, con debilidad por lo ingenioso, pensó: como en las novelas negras o policíacas siempre hay un crimen, vamos al lugar donde veraniegan los criminales? ¿Creyeron que era el equivalente a ir a Sinaloa a grabar un programa sobre literatura y narcotráfico? Luego, supongo que para profundizar en el tema, pidieron que los internos dijeran a la cámara qué estaban leyendo. Oh, decepción: resultó que la mayoría lee o la Biblia o libros de superación personal. ¿Qué esperaban que leyeran? ¿Resuelve el misterio? ¿Crea tu propia aventura? ¿Querían sorprenderlos subrayando párrafos de Papillon? ¿Recitando poemas de Libertad bajo palabra? O de plano sí esperaban que alguno de los reclusos dijera algo así como: “justo ayer mi abogado de oficio y yo comentábamos que el ejercicio de Fuentes en La cabeza de la hidra, de intercalar en la trama a Shakespeare, es actualizado en la última novela de Rivera Garza con poesía de Pizarnik, pero sin la misma contundencia.” ¿O acaso, pillines, fue más bien un guiño de humor negro, muy propio del género? Porque tampoco resultó.

2. Después del 2 de julio de 2006, la democracia perdió la gracia. Me explico: de un tiempo a esta parte, el IFE quiere convencerme de cambiar mi credencial de elector con comerciales donde aparece gente que se supone se parece a mi, y que piensa cosas que se supone también pienso yo. Son comerciales muy correctos, y me piden amablemente que coopere, porque conmigo, “nuestra democracia crece y crecemos todos.” Con ciudadanos tan sin chiste, y con frases tan poco pegadoras, no saben cómo extraño a los habitantes de Villa del Voto. ¿Qué habrá pasado con la familia Casillas? Según recuerdo la conformaban el señor y la señora Casillas, junto con los niños Casillas, y corrían aventuras democráticas con un didactismo a prueba de moralejas baratas, digno de Abelardo y su pandilla en Plaza Sésamo. Si salieron del aire por falta de ideas, cuestión de haberme dicho antes, que acá les dejo unas bien ingeniosas: en uno de los comerciales, la niña Casillas preguntaría si puede llevar al abuelo a votar, y la señora Casillas, educándonos, respondería que eso no es posible, porque las urnas deben estar vacías, y la del abuelo ya está llena de sus propias cenizas. En otro, la acción se desarrollaría en el kinder de Villa del Voto, que bien puede llamarse Pulgarcito, por aquello de la tinta indeleble, en el que los niños realizan –qué más– conteos rápidos. Y ya en el colmo de la risa loca, el hijo adolescente de los Casillas puede comparar el ir a votar con tirarse un gas, porque tanto el voto como el gas buscan ser libres, pero también ser secretos.

3. Buenos Aires, 16 de noviembre. Agencias. “Los diablos azules siguen atormentando a Charly García, y esta vez la víctima fue nada menos que su colega islandesa Björk cuando se toparon en un hotel bonaerense. Según reportó la prensa local, el vergonzoso incidente tuvo lugar a las dos de la madrugada del martes en uno de los salones exclusivos del Hotel de Alan Faena en Puerto Madero. Sin motivo aparente, el músico argentino reaccionó de manera violenta y le gritó ‘¡Qué carajo me mirás!’ cuando ella pasaba por su lado con sus asistentes y le ofreció una sonrisa. En ese momento, García bebía junto con amigos y repetía palabrotas en inglés, mientras intentaba ser controlado. Luego, le arrojó un vaso con whisky que golpeó a Björk en una de sus piernas sin causarle daño. Sin embargo, restó importancia al hecho y hasta –según testigos– le causó gracia la figura ‘larguirucha y desaliñada’ de Charly.”
¿Qué aprendemos de todo esto? Primero, que el “qué me ves” es universal. Segundo, que si uno va a andar aventando el whisky, preferible que sea uno barato. Importado pero barato. O de menos bueno pero barato. O de plano que no sea whisky, como el que venden en almacenes don Manolo.

4. Tengo la ligera sospecha que mi generación creció convencida de que las islas son como las dibujaban en Condorito, un breve montoncito de tierra donde apenas caben una palmera y dos personas. Sólo así me explico que parte de las duras críticas a la tercer temporada de Lost se refieran al “increíble” tamaño del asoleado lugar donde están varados, con un generalizado: “¡Ay, sí! ¡Ora resulta que son dos islas!”, en el mismo tono que mi generación utilizaba, allende las horas de formación de la primaria, cuando descubrían que alguien estaba diciendo mentiras. De nada sirven los alegatos que le recuerdan que, muchas veces en la serie, los personajes han dicho que para llegar a un determinado lugar tardarán medio día, o un día entero, y que guardan agua y víveres para el camino, por lo que es perfectamente comprensible que desconozcan no sólo la extensión total de la isla sino sus linderos. Más creíbles le parecen a mi generación las vívidas columnas de humo negro, las combis que arrancan sin gasolina, y que allá en Michoacán, despuecito de Tepateo, siga el pueblo de Simedejo.
Preferible ser cabeza de ratón que cola de león, dicen los que saben –y no precisamente mi generación–, así que, contra los que creen que perderse en una isla se resuelve buscando la siguiente estación del metro, me uno a la digna minoría que descree del Big Bang, que sí cambiaría una o dos cosas si volviera a vivir, y que si el clima pronosticara para hoy el fin de los tiempos, aun así sembraría flores de hojas papillonáceas. Los dejo con una bonita postal de nuestro carismático líder -this charming man, dirían los Smiths-:


miércoles, octubre 10, 2007

Cosas que se aprenden de madrugada

Leda y el cisne


A sudden blow: the great wings beating still
Above the staggering girl, her thighs caressed
By his dark webs, her nape caught in his bill,
He holds her helpless breast upon his breast.

How can those terrified vague fingers push
The feathered glory from her loosening thighs?
How can anybody, laid in that white rush,
But feel the strange heart beating where it lies?

A shudder in the loins, engenders there
The broken wall, the burning roof and tower
And Agamemnon dead.
Being so caught up,
So mastered by the brute blood of the air,
Did she put on his knowledge with his power
Before the indifferent beak could let her drop?

Yeats.

Hubo, además, un campo semántico, una prolepsis de la cual supimos después, y una discusión bizantina sobre la entraña de las entrañas.

miércoles, octubre 03, 2007

Agencia de colocaciones

1. Oportunidad de desarrollo profesional.
A uno deberían decirle, desde un principio, lo que habrá de ser. "Usted, amigo mío, jamás encontrará el amor. Usted de allá romperá corazones, y el último en romper será el suyo. Usted de aquí a mi lado abandonará sus sueños por la comodidad. Usted, el que va entrando, no será nadie, y de cualquier forma ya lo es. Usted se suicidará justo a tiempo, usted no cantará mal las rancheras, usted consolará, usted creerá en Dios y nunca se le manifestará, usted no morirá del todo, usted será rico pero nada tendrá."
Entonces uno podría ser libre, y no tendría que ir golpeando puertas a media noche, buscando la felicidad.

2. Excelente ambiente de trabajo.
Me abruma la soledad. Pero no la soledad del escritor, que es más silencio que otra cosa, sino la de las casas vacías, las fotografías tiradas a media calle –en Praga los recuerdos de alguien desfilaban por la acera buscando el camino de regreso a casa. En una de aquellas placas aparecía un grupo de personas y el dueño, con marcador, había pintado cruces sobre algunas cabezas. ¿Por qué se marca a la gente con una cruz? Si su dueño descontaba muertos, ¿por qué no pidió que lo enterraran con ella? Al volver a verlos les diría: Pero mira hombre, si nada nos hizo la vida. Un suspiro. Un dolor y una caricia, alternadamente–, esas cocinas con vajillas para doce donde sólo come uno.
Mis personajes, por ejemplo, están solos, y se quedan solos, o se aferran a lo poquito que consiguen para no estarlo del todo. Pero yo los condeno a que vivan solos –tengan para que aprendan–. ¿Triunfará alguna vez el amor en uno de mis cuentos? ¿Triunfará el amor en mí? ¿Y a mí quién me condena? A veces creo que es irremediable. A veces pienso, como los pensamientos premonitorios de Vallejo, que llegaré a viejo y veré morir a la gente que amo para quedar irremediablemente viejo y solo. Quizá por eso procuro que a mis personajes alguien los abrace, o les de una palmada, o escribirlos de tal forma que al final pueda releerlos y decir: Vamos, si esto no estuvo tan mal. ¿Pero quién le palmea a uno la espalda cuando está solo? ¿Quién viene y le toma a uno la cara entre las manos? (Dicen que al morir, el ser más querido viene por uno. ¿Pero entonces quién vendrá por mí? ¿El que más me quiso, o al que yo más quise? Acaso, después de todo, vea venir brincando a Rey, que me enseñará que allá en el otro mundo sus dientes no le molestan más.)
Existe una pista, sobre Congreso de la Unión, en la que el sol va a reposar sus últimos minutos sobre enormes nubes rosadas, con azules que expiran lentamente y largos dedos de luz detrás de ellas. Cuando uno va corriendo y entra en la curva que mira hacia esa parte, al salir de ella parece que uno persigue al sol, y a las nubes, y a la luz. Si estoy viejo y solo, y el fin del mundo me sorprende corriendo -¿por dónde se mete el sol, Libertad? Por donde siempre, señorita. ¿Pero cómo se llama ese lugar? Y a él le da igual, él se mete y ya–, quiero que sea en esa pista, a esa hora, pisando grava.

3. Salario base más comisiones.
Ojalá que mi vida sea siempre así:
El día lleno de sol, o suave de lluvia,
O tempestuoso como si se acabara el mundo,
La tarde suave y los grupos que pasan
Observados con interés desde la ventana,
La última mirada amiga puesta en el sosiego de los árboles,
Y depués, cerrada la ventana, prendido el candelero,
Sin leer nada, ni pensar en nada, ni dormir,
Sentir la vida correr por mí como un río por su lecho,
Y allá afuera un gran silencio como un dios que duerme.

XLIX de El guardador de rebaños, de Alberto Caeiro.

viernes, septiembre 21, 2007

Variaciones sobre el horror

Siempre he sido malo para comer pepitas con cáscara. No puedo. Rebasan mi torpeza y la ponen de manifiesto. Las evito. Lo supe desde muy niño, y a temprana edad quise ponerle remedio: la delicadeza para abrirlas la sustituí por el rudo roer de la pepita con todo y cáscara. Funcionaba.
Hasta el día en que el tío Ángel me descubrió. Viéndome fijamente confirmó lo que de reojo sospechaba. “No, así no. Ábrelas”, dijo. Respondí que no podía y, sereno, desde su lugar de tío, me advirtió que no siguiera haciéndolo, porque podría salirme un árbol de pepitas en la panza.
Se apoderó de mí el terror. El susto me duró por años. Solté la bolsita y pedí uno tras otro vasos de agua. Hasta que recordé que mis papás regaban las semillas para que crecieran. Aterrado y estúpido. El tío Ángel –yo asomado desde la cocina– partía con parsimonia las pepitas. Como si nada.
Aquella noche me palpé el estómago por horas. Creía sentir las ramas saliendo por mi boca, uno como olor a tierra impregnaba el ambiente, la de jarabes que necesitaría para sacarme el árbol de adentro. Pero a la mañana siguiente no pasó nada. Ni a la siguiente. Nunca confirmé ni desmentí lo que me dijo. Me conformé con creer que había corrido con suerte.

Todavía ahora, por las noches, puedo percibir cierta dureza en las yemas de mis dedos. Cuando el sueño me vence, en el abandono de mi cuerpo al silencio profundo, siento mis manos rasposas, como envueltas en una especie de corteza. Y sonrío.

jueves, agosto 30, 2007

Happy together

Entonces me entra algo así como un amor de padre las cosas que nos pasaron cuando éramos niños Antes de cualquier acción definitiva no pasaré más de una noche con ella el remoto luchar contra la nada que las decisiones están tomadas Y le contó la historia de un antiguo rey de Moab Verdades útiles Como el que mira la hora, el que adivina Un río que ríe suena, se ríe Marzo dos, dosmilsiete Que no te derroten nunca deviene ciento volando y él Montesco entre Capuletos un hombre y una mujer capricho de emperatriz Me inundó la tristeza Todo yo era el Titanic

martes, agosto 28, 2007

Todo lo poco que sé. Todo lo mucho que espero.

Describir la realidad a veces resulta complicado. Dormimos un lunes para despertar un jueves, de febrero sigue mayo y se nos pierde noviembre para pasar de octubre a diciembre. Nos distraemos en centros comerciales, evitando la calvicie, frenando las várices, brincando de puesto en puesto, terminando de pagar el coche y arreglándonos los dientes. Nuestra libertad radica en el destino vacacional de dos semanas después de las otras 52 intentando convencer al reloj que se brinque a las 5 para llegar a las 6 y escapar del trabajo al tráfico. Se nos va la vida, como tren que un día decide seguir y seguir sin detenerse.
Simplificamos las cosas. Tachamos de malos a los inmorales, a los homosexuales, a los narcos, a los vagos y a los indios que no terminan de entender que producir el doble es mejor. Simplificamos nuestra espiritualidad con normas morales y rígidas reglas de fe que en vez de encontrarnos nos llenan de desencuentros; con la hija de los divorciados, la madre de la lesbiana, el tío del encarcelado y la muchacha que decidió abortar. Engañamos nuestra terrible ignorancia con educación formal. Y escondemos nuestra inmensa y vasta miseria detrás de un corte de pelo, un nuevo pantalón ajustado, el regalo de una despensita en navidad a la colonia jodida de al lado y alguna pastilla para adelgazar. Dejamos de indagar la complejidad que nos rodea. Dejamos de buscar entender nuestros deseos y nuestas aspiraciones. Se las dejamos a un jefe, a una marca, a un consejo televisivo. Y se nos va la vida.


Tin Dirdamal, haciendo la editorial para Replicante no. 12, Miradas al cine.

sábado, agosto 18, 2007

Grandes biografías de nuestro tiempo

Aldo Iván (1979)

En colegio de señoritas mormón y mudo honoris causa por Yodelator, trompetista invitado en Jericó y viejo numantino que al fuego llama arder, ha fundado empresa en viejas ilusiones, es creyente asiduo en el pórtico de Salomón, y suele ordenar la retirada cuando la guerra va resolviéndose a su favor. Cantó victoria en medio del desierto, predijo en Casandra un sino de amor, y dulce y matutino suaviza vientres con oliva y laurel.
Rotundo en el confort de la carencia deja dicho que no volverá y vuelve, abreva del ardid de caricias y esperanzas, añora el tibio reino bajo la falda y promete, la mano sobre el corazón cuando lo hace, que esta vez no mentirá. Montesco entre Capuletos, un costado abierto para Tomás, capricho de emperatriz, discípulo autodidacta con déficit de atención, en Teruel nos abandonó, en Cinco de Mayo volvió a amar y a la edad de veinticinco aprendió de Teógenes a dejarlo todo y no dejar.

domingo, agosto 12, 2007

Del libro del profeta Isaías

Me pasa ahora como en los días de Noé: entonces juré que las aguas del diluvio no volverían a cubrir la tierra; ahora juro no enojarme ya contra ti ni volver a amenazarte. Podrán desaparecer los montes y hundirse las colinas, pero mi amor por ti no desaparecerá y mi alianza de paz quedará firme para siempre. Tú, la afligida, tú la zarandeada por la tempestad, la no consolada: He aquí que yo mismo coloco tus piedras sobre piedras finas, tus cimientos sobre zafiros, te pondré almenas de rubí y puertas de esmeralda y murallas de piedras preciosas. Destierra la angustia, pues ya nada tienes que temer, olvida tu miedo, porque ya no se acercará a ti.

54, 5-14.

lunes, julio 02, 2007

Este dia. Este año.

Julieta Torres Salas
Hija de un hombre y una mujer
que hicieron de un viejo adagio
un nuevo prodigio.


martes, mayo 22, 2007

To mock a killingbird

UNO.
Callejón que une Circuito Río Piaxtla y Circuito Río Fuerte.
Lo miran. Todas a un tiempo. Las pajaritas. Él, orgullo herido –caída pública a la hora en que los niños salen de la escuela–, desde su isla de gato las espera: en el ancho barandal que limita la terraza con el mundo, serenas la cola y el bigote, confía en vencer el cable de luz que sólo por centímetros las aleja. Un mal cálculo, ahora lo sabe, deviene ciento volando y él, respeto adquirido por su color y sigilo, aguarda: dejarán de estar a salvo cuando de un salto –ese buen salto–alcance a las que lo miran, todas a un tiempo, las pajaritas, y presiente que aquella será para todos la última tarde.

DOS.
Un gato para Julio.
Debe ser como escuchar tu. Caer dormido buscando. Acurrucado olvidar. O tener hambre, pegar la boca a tu. Y ser un tibio. Una extensión de aquel. Un polizón.

viernes, abril 27, 2007

Abril veintisiete, dosmilsiete

También su ausencia es algo que está conmigo.

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[IV] de Alberto Caeiro, El pastor amoroso, en Fernando Pessoa, Poesía completa de Alberto Caeiro, BUAP/UAM/Verdehalago, México, 2000, p. 124.

miércoles, abril 18, 2007

En otro tiempo he estado aquí

ERV
Déjame recobrar la memoria del cuerpo,
su rigurosa finitud.
Déjame salvar nuestros cuerpos de sus raíces,
abatir los árboles que no soportan ya el peso del alma
y buscan su polvo, su semen de tiempo y su metamorfosis.
[...]
No tengo conciencia:
eres un espejo que me acosa, me fustiga, me oprime
la frente, la respiración, la boca:
y tu saliva es un bautismo tardío y siempre reciente,
el agua que destruye la sed
y mi sudor en vano lo combate.
[...]

Oh mía, fuego mío,
que la inundación de la música nos consuma,
que este incendio en sus mismas llamas se abandone
y que en mi ceguera estalle la luz de las manos, de la piel, del
espasmo,
los cuerpos, la noche, la vida irrepetible que no quiere volver a ser.

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5. Déjame recobrar la memoria del cuerpo (Fragmentos)
Tomado de Montemayor, Carlos, Abril y otras estaciones (1977-1989), FCE, México, 1989, pp. 47-49.

jueves, marzo 15, 2007

En buena hora, Aldo Iván

Querido amigo:
Que no te consuman la ilusión ni su impertinente ánimo de conquistador, que no haga nido en ti la fiebre absurda del amor ni su ternura. Pero si te consumen, si anidan en ti pule tu escudo, alista la espada y combate sin mucho afán su estela de marzo y jacarandas. Que no surquen tu frente deseos de emperador, que dominar al hombre sea siempre dolor y pobreza. Pero si surcan y no duele pon bajo tu lengua cianuro, huye, quema tu corazón en el fuego que a los mapas ha de devorar. Procura ir por el mundo sin esperar nada a cambio, cuida que no levanten de ti ni bustos ni memoriales. Pero si esperas que sea entonces la hora de tu enemigo, y si los levantan que sea por error sobre el mar, en el vacío de los cajones. Que no te derroten nunca, que el brazo triunfal que se eleve no sea el de tu retador. Pero si te derrotan, si aquel brazo se eleva di que tu mujer es más linda, que fundaste imperio en amores clandestinos, que nada azaroso te es ajeno. Que estás intacto.
Y si en Emel fuiste esclavo y en Cinco de Mayo pidieron tu cabeza por amor, si en los mares del Norte descubriste la tibieza y lo fugaz, si en las rutas de Oriente inventaste el truco de volar, el compuesto químico que anula la conspiración, celébralo.
Siempre tuyo,
Valdés Espinosa.

miércoles, marzo 14, 2007

28 soledades (con algunos años agraciados)

La noche que estuve tomando copas con Fidel Castro casi nos emborrachamos. Bueno, yo más. O él lo aparentaba menos, no sé, pero desde luego que había soplado. El caso es que a eso de las cuatro de la mañana, le dije: "¿Sabes, Fidel? He venido viendo en el avión -y era verdad- Forrest Gump", y me dijo: "Ah, sí -porque a Fidel le ponen películas y el Gabo le recomienda muchas-. La he visto hace unas semanas y es muy divertida", me dijo. Te cuento esto porque yo, en este mismo momento, me siento como Forrest Gump.

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Tomado de Menéndez Flores, Javier y Joaquín Sabina, Yo también sé jugarme la boca. Sabina en carne viva, Ediciones B, México 2007, p. 59.

miércoles, febrero 28, 2007

De la primera carta del apóstol san Pablo a los corintios

Hermanos: Aunque yo tuviera el don de la profecía y penetrara todos los misterios, aunque yo poseyera en grado sublime el don de ciencia y mi fe fuera tan grande como para cambiar de sitio las montañas, si no tengo amor, nada soy. Aunque yo repartiera en limosna todos mis bienes y aunque me dejara quemar vivo, si no tengo amor, de nada me sirve.
12, 31-13,13

lunes, febrero 19, 2007

Y en su arena leer que nada espere, que no espere misterio, que no espere

Leamos cada día de febrero a Owen como si confiáramos en él. Lleguemos por la noche a casa, y ya descalzos reconozcamos nuestros pasos dados en su número correspondiente. Día Quince. “Alcohol, albur ganado, canto de cisne del azar.” Así fue. Descubrir que el rostro desnudo, que el Lerma cenagoso, que este camino recto entre la niebla, que ese llorar frente a un retrato, se dieron, inevitables como un marino a la deriva que no recuerda haber abandonado ningún puerto. Como el que mira la hora, el que adivina, el que sabe de nosotros lo que ni siquiera nosotros sabemos de nosotros mismos.

jueves, enero 25, 2007

El Pequeño Apócrifo

Berton: Lo explicaré. No me di cuenta en seguida; lo entendí al cabo de un rato: el niño era muy grande. Enorme es poco decir. Extendido horizontalmente sobre las aguas, el cuerpo se elevaba a unos cuatro metros por encima del océano, lo juro. Recuerdo que en el momento en que toqué la ola, el rostro del niño estaba un poco más arriba que yo, y sin embargo, en mi cabina, yo debía de encontrarme a una altura de por lo menos tres metros.
Pregunta: Si era tan grande ¿por qué dices que se traba de un niño?
Berton: Porque era un niño pequeñito.
Pregunta: ¿No entiendes, Berton, que tu respuesta no tiene sentido?
Berton: No, en absoluto. Podía verle la cara; era un bebé. Además, las proporciones del cuerpo correspondían exactamente a las de un bebé. Era un niño de pecho. No, exagero. Un niño de dos o tres años. Tenía cabellos negros y ojos azules, enormes. Estaba desnudo, completamente desnudo, como un recién nacido. La piel parecía mojada, o lustrosa; resplandecía. Yo me sentía como trastornado. Ya no creía en un espejismo. Veía a ese niño con tanta claridad. Subía y bajaba, junto con las olas; pero aparte de ese movimiento general del cuerpo, el niño mismo se movía; ¡era horrible!
Pregunta: ¿Por qué? ¿Qué hacía?
Berton: Parecía una muñeca de museo, pero muñeca viva. *

**

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** En las imágenes, A Girl, obra del escultor Ron Mueck en la Academia de Artes de Edimburgo, durante una exposición retrospectiva de su obra -figuras humanas en escalas gigantescas- en agosto de 2006.
* Texto de Solaris, de Stanislav Lem.

viernes, enero 05, 2007

Balar

1.
Silbando van las balas. ¿Qué silban?
Una canción aprendida esta mañana.
Como niñas que se miran y separan
una media tarde, un rincón de nada.
¿Silba el borrego mientas bala? Bah.
La vida sola a solas va.

2.
Un río que ríe suena, se ríe. Oír
un río que suena que ríe suena,
reír. Ir por ahí diciendo que suena
un río que ríe al río, a la vereda y
sonreír. Son de reír así sin otro
corazón que un río que suena, sonar.

3.
En mi casa hay un león. ¿Qué caza?
No sé. Nunca he ido. Pero dirán que
digo que en tu vientre hay un león
que habla. ¿Qué dice? Que habla.
En la noche siembra flores. ¿Hembra?
Sí, hembra, pero dije flores.

viernes, diciembre 29, 2006

VERDADES ÚTILES PARA INICIAR ESTE AÑO

¿Que el amor todo lo puede?
Mentira.

¿Que el mal no siempre triunfa?
Mentira.

¿Que no soy yo el que traza los mapas,
el que abre la puerta, el que te avienta tierra a los ojos?
Mentira.

jueves, diciembre 07, 2006

Tres apuntes sobre la rebeldía

1. Los rebeldes huimos combatiendo

Cuando le preguntaron a Kasuo Michina por qué se había levantado en armas, miró fijamente a los corresponsales y les dijo: “hay horas en la vida de un hombre que sólo cobran significado cuando dice ‘no más’”. Su pequeña compañía se apostó a las afueras de las oficinas donde, según la agenda del día, habría de reunirse el primer ministro con gran parte de sus secretarios. El ataque fue sorpresivo, sobre todo para Michina. El misterio del fuego cruzado estuvo resuelto horas después, cuando supo que un traidor entre los suyos posibilitó la contraofensiva gubernamental. “Los hombres que buscábamos no estaban ahí”, refirió años después el general en una entrevista para el Time. “Aún así tomamos el edificio por asalto y aguardamos”. Allí refugiados esperaron refuerzos.
La refriega duró varias horas, hasta que la rebelión de Michina salió victoriosa. En su Historia del siglo XX, Eric Hobsbawm apunta: “Ningún otro golpe de Estado fue tan bélico en su discurso ni tan humanitario en su aplicación como el del general Kasuo Michina. Y resultó por ello tan contradictorio, que su desenlace sólo pudo darse en el ámbito de lo trágico”. Se rebeló, fue rey y después lo exiliaron. Antes de suicidarse Michina releyó a Camus, pero se negó a aceptar que sus acciones fueran algo anticipado y previsto.
En una de sus últimas entrevistas, al preguntársele qué era lo que más recordaba de aquellas horas, respondió: “A mi hermano, el traidor”. Y abundó: “Sospeché de todos todo el tiempo, excepto de él. Pero a la distancia resulta lógico: el hombre puede rebelarse contra la rebeldía. Por ello no lo aborrezco ni le guardo rencor”.

2. Los rebeldes no usamos pantuflas

Al abuelo aquello de la rebeldía le parecía cosa ociosa. Había visto a su viejo amigo Lázaro salir de las películas en tercera dimensión furioso o hecho un mar de llanto, agitando los lentes bicolores diciendo: “no sirven, otra vez me dieron unos que no sirven”. Volvía y lo intentaba una vez más, y poco le interesaba que el boletero, sorprendido, dudara antes de darle los lentes a un tuerto. Pero la tiranía de la abuela alcanzaba ya límites insospechados, y era su empeño diario el poder rebasarlos, no importando que la gravedad del asunto no lo ameritara del todo.
En un tibio remanso de las voces que acostumbraba dar la abuela por la tarde, Roberto alcanzó al abuelo en el patio. Agitado, lo sacó de una contemplación de siemprevivas, hasta alejarlo lo más posible de la vista del enemigo. Entonces le dijo: “la abuela, furiosa”. Y comenzó a contarle de las gallinas que habían llegado a la recámara quién sabe cómo, de la sorpresa que se llevaron él y las gallinas cuando la abuela entró al cuarto, del futuro que ella le negaba en toda la retahíla de condenaciones que se acumulaban en el aire. El abuelo asentía, escuchaba atento y en silencio.
“No es tan grave”, dijo por fin. Y agregó: “te ayudaré”. Trepados en un árbol vecino, escondidos los dos de la cólera de la abuela, a Roberto aquel escondite le pareció el mejor escondite, y comprendió que su abuelo no era ni tan intrépido ni tan valiente como suponía, pero sí ingenioso. El abuelo, bien agarrado de las ramas, pensó lo mismo. Al día siguiente buscó a Lázaro, y a grandes rasgos le explicó el plan. “Todo depende”, dijo aquel, “del resultado que obtengamos hoy”. El abuelo pensó que en las revoluciones no todos se sublevan por lo mismo, así que aceptó el trato, apagó su cigarro y entró con él al cine.
“Un tuerto, un anciano y un niño”, recapituló la abuela cuando los vio llegar y supo de sus intenciones. “¿Cuánto miedo debo tener?”, preguntó con ironía. “Todo el miedo del mundo”, respondió el abuelo. “Hoy por fin sirvieron los lentes de Lázaro”.

3. Los rebeldes perdemos la gracia cuando dudamos

Porque todo es igual, a Mara le aterraba vivir bajo el yugo de una estirpe que se corrompe. Su familia presentó los primeros síntomas una tarde de agosto y recordó, sin proponérselo, que la nieve al condado de Moab no tardaría en llegar. Sólo por eso estaba decidida. Antes de verse disminuida, antes de encontrarse despojada de la seguridad y el alivio, habría de imponerse contra lo que viene: el mundo, su contemplación y su derrota, una última advertencia antes de sucumbir a su destino. “¿Podré? ¿Tendré la fuerza?”, se preguntó. Escuchando a Beth Gibbons trazó un plan. Y luego otro. Y otro.
“No hay salida”, suspiró. Vencer todos los obstáculos no garantiza un triunfo permanente, le corroboró la voz en el teléfono, y ella contuvo la respiración un rato, acarició una superficie rugosa, y pensó que conocer su futuro era lo más rebelde que podría hacer. Cuando le anunciaron la muerte de su hermano el primogénito, no se sorprendió.
Se le acercó al oído y le cantó. Al terminar le acarició el pelo y repitió en voz alta aquella línea que decía: I’m here to stay. “Rebelarse y fracasar es humano, pero también inútil”, le dijo Ruth una noche después. Y le contó la historia de un antiguo rey de Moab, que en el camino a la contienda tuvo una revelación. Reunió a sus hombres y les dijo: “Lucharemos y ganaremos, lo sé, se me ha permitido saberlo”. A mitad de la batalla, cuando el enemigo lo acorralaba y sus bajas eran casi totales, uno de sus hombres se acercó y le preguntó: “si ya sabías que ganaríamos, ¿por qué insististe en venir a pelear?”
Mara esperó con tristeza su siguiente taza de café –“sin azúcar, sabes que no la merezco” -, y miró por largo rato a Ruth. Pensó en las primeras horas del hombre en este mundo, del sitio fugaz de la memoria, y por un instante tener y carecer le parecieron cosas fuera del tiempo. Una noche agigantada, la mano secando el rostro, se abrieron paso.
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Publicado originalmente en Registro No. 13, noviembre 2006, cuyo tema fue "La rebeldía".

jueves, noviembre 30, 2006

De saber que venías te tendría un pastel

Estimado Nabucodonosor: es usted un viejo risueño y callado, lo cual se vuelve una contradicción de términos que no nos llevaría a ningún lado, si no fuera porque lo estimamos y nos preocupa que no salga usted más de su cuarto. Si acaso ha descubierto un universo dentro de su departamento; si en su capacidad de asombro caben las hormigas, la luz que por entre las cortinas ilumina partículas de polvo en el aire, la esquina que siempre ha sido esquina; si el tiempo dejó de correr en su sala de estar, si la televisión lo esclaviza y lo libera, si ha descubierto que no hay vuelta atrás, que las decisiones están tomadas y viven en la Isla de las Decisiones, entonces hace usted bien de no salir.
Nada da más luz que una dama a mitad de la luz.
Ni nada menos.

viernes, octubre 06, 2006

Donde los héroes respiran dolorosamente
confundidos con sus estatuas

Mis recuerdos cumplieron años. Caminé las calles que caminé, fui a los lugares a los que fui, estuve donde alguna vez ya estuve, como quien anda un camino tantas veces recorrido. Un tour por la memoria y el espíritu, antes de que desaparezcan como ya lo han hecho los lugares de mi infancia.
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Siempre llego tarde. Mis personajes no. Ellos viven la vida que no tengo. Pero un día un personaje, llamado Aldo Iván, llegará tarde a todos los lugares que tenga que ir, y llegará sólo para escuchar: lo sentimos, perdiste; se fueron sin ti; ella se cansó de esperar y se fue. Aquellos que lean el cuento –que se llamará, propongo, Iván en punto-, llegarán a la conclusión de que no, que el personaje jamás llegó tarde. Fue puntual en alcanzar su derrota, como todos los demás. Y cuánta razón tendrán.

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ausencias de relámpago que iluminan, así volverás y volveré
como señal de victoria al reino, una ciudad sin las murallas
que el viejo abad levantó como íntimo tesoro que antaño no me fue dado asaltar.

(Por colores, o todo seguido, como se quiera leer).

domingo, octubre 01, 2006

Las batallas que guardo para mí mismo

Ciego de noche, ámbar que guarda
al corazón como una roca,
puedo recordar la barbarie del mundo,
las batallas que tuve que perder
para no hallarme en el trono
de los que todo lo tienen,
felices en su hartazgo
y del todo vencidos.

Pero allá donde no combatí
me espera un llano,
un claro donde un ejército
renuncia al amor
esperando un abrazo, el remoto
luchar contra la nada,
la absolución del hombre
porque así está escrito en el
libro aquel imposible de leer
porque ciego de noche, ámbar que guarda
al corazón como una roca,
me señalo a mí mismo
en el barco de los que vuelven derrotados.

lunes, septiembre 18, 2006

Hojas de hierba

Walt Whitman estuvo aquí:


25. No soy mala hierba,

sólo hierba en mal lugar...

Enrique Bunbury, Sácame de aquí

domingo, septiembre 17, 2006

Las hormigas muertas

Confiado de que la literatura sirve para algo, no dudé en ayudar a mi padre cuando encontró un campamento de hormigas feroces justo a la entrada de la casa. Hacían de las suyas entre la basura, y como todo lo que sucede en esta casa es mi culpa, también resultó serlo el que las hormigas se instalaran ahí con veraniega comodidad. Antes de cualquier acción definitiva, pedí tiempo para ir por José Carlos Becerra e investigar lo que proponía él en estos casos. En efecto, como lo recordaba, en El otoño recorre las islas viene un poema llamado cómo retrasar la aparición de las hormigas, y en él se habla del paso del tiempo, de los padres, de la juventud y de la vejez. Pero nada de qué hacer cuando las hormigas se dejan de metáforas y se cargan la comida en la espalda. Mi padre, siempre atento, me preguntó si las íbamos a matar leyéndoles. Fin de la discusión. Usó Raid.
Y luego voy y leo que a J.M. Coetzee le preocupa que sus traducciones al coreano o al serbio no sean del todo claras. Uta. Preocupado debería estar porque sus libros en el idioma original le sean de utilidad a quienes los leen.

lunes, septiembre 11, 2006

¡Adiós su Majestad, mi Reina, mi ciudad, adiós!

1. Mi próxima novia será una botarga. Muy gorda y muy bonita, repartirá besos y saludos por la calle a todo aquel que quiera recibirlos. Los niños, o las mamás de los niños, la detendrán para sacarle fotos, para que los salude de mano, mientras yo reiré divertido y no me dará pena que me digan que me vieron con mi novia la botarga.
Pero no pasaré más de una noche con ella. No quiero descubrir sus secretos. No quiero ver su rostro demacrado y triste. No quiero oírla gritarme, desde el baño, que ella conoce mil hombres mejores que yo.

2. Así ha sido mi vida: náufrago y congelándome, se me ha pedido que me aferre bien a los pedazos del barco, que no tardarán en venir a rescatarme. Y me lo dicen desde la cubierta de un barco en fiesta, con todas las luces y todas las risas encendidas. Entonces me suelto y floto, porque la deriva no conoce de egoísmos ni rupturas ni terminará mirándome con lástima. Cada vez que naufrago, la deriva me lleva a un refugio temporal, donde me dan cobijo y la sopa está tibia pero no más. Hasta que me echan.
Acostumbrado así a que nunca es para siempre, hoy me dispongo a soltar mi pedazo del barco. En la cubierta del que se aleja comienzan a repartir las luces de bengala y a decirme adiós con las guirnaldas.

3. No voy por la vida contando mis cosas, y me he negado a colgarme de una cadena la tablita esa que dice: “Quiéreme, seré escritor”. Mis amigos son divertidos y viejos, en ese orden, y hace diez años contamos un chiste que hoy sigue haciéndonos gracia. Robé por necesidad; traicioné una sola vez y aprendí mi lección. Miento todo el tiempo, pero dejaré de hacerlo cuando me vuelva de verdad un espía, un partisano, el genio a premiar, Steve McQueen. Nunca he roto el corazón de una mujer, pero el mío acumula medallas por lo contrario, como marcas de inundación. Amé y no me amaron, o dejaron de hacerlo, y muchos creerán que así será el fin, pero yo convocaré a los que aún no se rinden, haremos una fiesta y después los invitaré a verme morir. Creo en el destino, en el azar, en los concursos con la presencia de un interventor de la secretaría de Gobernación. Y creo que al final seré feliz, porque la vida ya no tendrá secretos para mí, porque este día tan largo por fin terminará, porque lo posible por perder lo habré perdido ya. Seré feliz. Ya lo verán.

jueves, septiembre 07, 2006

Iván el equilibrista

Hablar de los muertos es hablar de uno mismo, de las cosas que nos pasaron cuando éramos niños, de un corazón entre las sábanas que era como una isla, tibia y sola como una hermana coronada y roja. Como granada.

Hablar de esos años es ganarle a la ausencia en partido arreglado, los idos uno Iván cero, es mirarle los hilos a la gracia, espiar al mago entre la gente o saber que a la larga ella terminaría largándose.

Hablar de la víspera es contar las mañanas con los dedos, mirar como mira la alegría un ciego, soñar la caricia dura del homicida y su patente de corso contra tu ternura. Es dar un golpe y salir corriendo, en pie de lucha un botín de luz. Una ilusión.

Pero en tu casa buscaré la condición del azar, el estanque del maharajá, la maldad que te di. La canción de Goliat.

miércoles, agosto 30, 2006

Carta al blog

Has cumplido un año, querido blog, y no he hecho de ti la gran cosa. Comprendo que nuestra relación es como la de un padre con un hijo, y como buen padre que soy te comparo con los demás blogs, y lo hago porque los especialistas recomiendan no hacerlo, pero qué saben ellos de tener un blog. Te miro y los miro, y no eres mejor. Y me gustaría gritarte y señalarte a los demás y exigirte que fueras como ellos, que no fueras tonto ni torpe, ni que llores como niñita, y mandarte al diablo cada vez que quisiera.
Entonces me entra algo así como un amor de padre, y me compadezco de ti, porque estás todo el tiempo a mis expensas. Y para que me perdones pienso en hacerte una fiesta, de esas en las que pasan muchas cosas y todos se divierten. En ese momento me doy cuenta que no he hecho de ti la gran cosa, y recuerdo cómo a otros blogs los visita mucha gente, y les hacen muchos comentarios, y tienen lectores espontáneos y son famosos. A tu fiesta no vendría nadie, o casi nadie, porque estarían pendientes de otros blogs que sí son la gran cosa, como más divertidos, más ocurrentes, y tienen amigos que a su vez tienen amigos y entre todos se quieren.
Quién te quiere a ti no sé, pero a veces yo. No es mucho, pero es algo. Porque a ti nadie te recomienda en ningún lado, ni has hecho amistades con otros blogs al grado de tener chistes locales, visitarse diario y encargarse cosas. Es mi culpa. No es el mundo real y no llegará el día en que te escribas tú solo, en ir por el mundo sin acordarte de mi. Qué le vamos a hacer.
Pero tú eres el blog, blog, como diría Marty McFly, así que en lugar de fiesta salí a buscarte un regalo. Pensé en comprarte unos lápices y un cuaderno, hasta que comprendí que eso era bastante estúpido. En vez de eso te compré un sombrero con luces de colores. Según el vendedor, ya puesto luce así:

Felicidades blog. ¿Cómo? ¿Que te pone triste cumplir años? A mi también.

lunes, agosto 28, 2006

¡Me quiero volver chango!

Uno. Viendo los nuevos anuncios de Axe, recordé la escena de la película aquella en la que un tipo trata de impresionar a una mujer recitándole Táctica y estrategia, de Mario Benedetti. Para su sorpresa, la muchacha lo interrumpe y concluye ella misma el poema. “Yo también he leído a Benedetti”, le dice. Pensé que Axe podría retomar la escena sin mayores complicaciones: llega un tipo con un libro y comienza a leerle a la guapa señorita. Ella, absolutamente seria, lo mira fijamente como diciendo “por favor, vete”. En ese momento la voz en off entra y dice: “Cuesta cien pesos menos que una antología de Benedetti, pero funciona”.

Dos. He reflexionado sobre el libro de Santiago Gamboa, El síndrome de Ulises (Seix Barral, 2005). Parece como si los escritores, en los últimos años del siglo XX y en los que ya se acumulan del XXI, tuvieran la imperiosa necesidad de despojar a la literatura de su pertinente capacidad de fabulación. Peor aún, asumen que las vidas de los estudiantes de literatura aspirantes a escritores son anecdóticamente suficientes como para convertirlas en relatos novelados, y así disfrazar el acontecer cotidiano de un supuesto ejercicio de imaginación.
De la pedantería de la vanguardia se quedan sólo con la pedantería, y la distancia entre autor y obra se socava, arropados en un discurso que puede resumirse en “yo soy mi obra”. De escritura ágil y, por lo mismo, de fácil lectura, El síndrome de Ulises pretende hacernos creer que lo literario es inherente a la vida del escritor. Y entonces la cosa es fácil. Los payasos no montan un show para hacernos reír: creen que la gracia estriba en verlos pintarse la cara frente al espejo de su cuarto.

Tres. Eduardo Milán, poeta uruguayo avecindado en México, puede estar dando su mejor curso hasta ahora en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Supuse que mi reencuentro con él sería algo áspero, pero no. En la primera clase quedó zanjado el asunto. Dijo Milán: “porque nos debe quedar claro que no podemos decir cualquier cosa”, y volteó y me miró. Para que me quedara claro, repitió la frase mirándome. Listo. Mi estupidez juvenil parece disculpada.
Después, el anecdotario. Pregunta el poeta con quién leímos a Dante. El grupo responde que con la italiana Paola Leoni. Pregunta el poeta con quién vimos a Jakobson. El grupo responde que con la japonesita Ana Tsutsumi. Al preguntar con quién analizamos Las Meninas de Velázquez, el poeta se adelanta y pregunta divertido si fue con algún neozelandés. Peligrosamente comienzan las referencias a la poesía medieval. Me propongo a mí mismo que si el poeta pregunta con quién leímos a Guido Cavalcanti, yo responderé divertido que con el uruguayo Eduardo Milán. Pero me quedo con mi chiste. Recuerdo las palabras iniciales y me digo: no se puede decir cualquier cosa, Valdés, no se puede decir cualquier cosa. No importa que esta vez sí vengas al caso.

Cuatro. Nuestro clamor favorito de la semana: ¡Por lo que más quieran, dejen ganar al wampa!


martes, agosto 08, 2006

Carta abierta a AMLO

Estimado Andrés Manuel López Obrador.

Los niños del cuadro de honor del sexto año de la escuela primaria “Lucas Alamán”, vemos con preocupación, por lo que solicitamos exámenes de la vista y lentes nuevos a las autoridades competentes. Le informamos además que nos sumamos, nos restamos y nos multiplicamos, y también a veces nos numeramos y hasta nos tomamos distancia. Por ello, nos unimos para afirmar, categóricamente, que:

Wenceslao juega waterpolo

Reiteramos, además, que no hay que hablar con extraños, que debemos lavarnos las manos antes y después de ir al baño y que si nos pica la colita, en una de esas tenemos lombrices.

Atentamente

Pedrito, Perlita, El Chango, y dos firmas más.

jueves, agosto 03, 2006

Los Supersabios

Post suspendido hasta que todos seamos adultos.

O hasta que fráncamente ya no me importe.

Hasta entonces.

lunes, julio 31, 2006

"Disculpe, ¿cuánto le costó su Peje?"

Lo mejor de las asambleas informativas de Andrés Manuel son los suvenirs. Aquí, unos que conseguí en las últimas dos marchas:


El muñequito trae chupones en las manos, para pegarlo en las ventanas del coche y que vaya soltando sus rayitos de esperanza por las avenidas. La taza, esa como que se despinta a la segunda lavada, así que o sólo se enjuaga después de usarse, o de plano se exhibe junto con la cristalería de Bohemia de la casa.

(y ya le manejo lo que es la actualización):

Aquí, una linda postal de la Tercera Asamblea Informativa:

(Para más fotos de la concentración del domingo pasado, o simplemente otras buenas fotos, visiten el fotoblog de Enrique Escalona, linkeado aquí al ladito. Recomendable).

PD. Hasta las diez de la noche de este lunes 31, los campamentos en la plancha del Zócalo estaban todos colocados. Saliendo del metro con el mismo nombre, la verbena popular seguía: un grupo de mariachis cantaban aquella de “La media vuelta” y la gente coreaba, bailaba y aplaudía. Los comedores públicos seguían en servicio, y de cenar servían huevos revueltos con salsa verde, frijoles refritos y dos tortillas (de buen sabor, por cierto). Sobre las avenidas Madero y Juárez, pequeños grupos se congregaban para ver los videos de Luis Mandoki o alguno de los reportajes del Canal 6dejulio, delegados y exdelegados visitaban sus respectivos campamentos y seguían jugándose ajedrez y domino en algunas carpas. Los restaurantes de comida rápida –McDonalds, Burger King, Subway y KFC –seguían abiertos y en servicio, al igual que los 7Eleven y el Starbucks de Gante; algunas misceláneas estrenaban su servicio de 24 horas, siguiendo el ejemplo del Sanborns que está frente a Bellas Artes.
Por la presencia nutrida de niños, una pequeña feria en Juárez echaba a andar una vez más, las tiendas de campaña cercanas se iluminaron de pronto, y los niños daban vueltas y gritaban.

domingo, julio 16, 2006

De la segunda carta del apóstol san Pablo a los corintios

"Hermanos: Para que yo no me llene de soberbia por la sublimidad de las revelaciones que he tenido, llevo una espina clavada en mi carne, un eviado de Satanás, que me abofetea para humillarme. Tres veces le he pedido al Señor que me libre de esto, pero él me ha respondido: 'Te basta mi gracia, porque mi poder se manifiesta en la debilidad' ".
12, 7-10

viernes, julio 14, 2006

Mis días entre los árboles fluyen como un sendero luminoso

De vuelta a las ruinas que fueron su vida, ¿qué hará el hombre consciente? ¿Y el sentimental, el puro romántico? ¿Colocarán piedra sobre piedra, codo a codo, hasta el amanecer? Porque el derrumbe es un reino apresurado, sigilo que sucumbe ante la urgencia de ser una calle, una lluvia entre la gente, un amor. ¿Ser el rey de los escombros? ¿Dar voces entre lo que fue y ahora no es sino una fría sentencia de la nada? Hay hombres que apuran el paso y al doblar la esquina encuentran el futuro, la paz deseada, un hogar. Están los que no corren, los que prueban sus alas por años antes de echar a volar, los que miran los mapas. Y está el torpe que esto escribe.
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Hoy soñé. Levanté la bocina y ahí estaba yo, hablándome de urgencia desde un teléfono público, a mitad del drama, queriendo advertirme de algo que me sucederá en su pasado. Que se ha visto tan triste que no podré reconocerme cuando en un aparador sin querer me refleje, que he combatido al león y no salí vivo, que mis días entre los árboles fluyen como un sendero luminoso. Ante todo me pidió no llorar, ser como las rocas que aunque las piquen insisten en ser rocas, atreverme a apagar la luz cuando estoy solo, aprender a besar.
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Las tardes en que soy yo mismo soy un gran orador: pongo un puño de tierra en mi boca y trato de adivinar lo que estoy diciendo. Las otras tardes quisiera ser el único cartero del mundo, el último descendiente del mono, la espada que se rompe antes de atacar. ¿Podrá Dios crear al hombre que lo sea todo en todo? ¿Mi mejor amigo, el amor platónico de la mujer que me dejará por él, el hombre justo que se combate a sí mismo porque él mismo es el tirano? No lo sé, pero conozco un lugar donde todas las tardes nombran una por una a toda la gente que conocí y no amé, que me conoció y no me amó.
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Esto dice el Salmo 7:
“Señor, Dios mío, si algo de esto hice,
si hay en mis manos injusticia,
si a mi bienhechor con mal he respondido
si he perdonado al opresor injusto
¡que el enemigo me persiga y me alcance,
estrelle mi vida contra el suelo,
y tire mis entrañas por el polvo!”
Y termina diciendo:
“Doy gracias al Señor por su injusticia”.

jueves, julio 13, 2006

I'm not a lucky guy

Disculpe, amigo lector, si me embarga la tristeza. Pero existen días así, disciplinados en su convicción de molestarlo a uno, sin mayor gracia que ver la cara de imbécil que uno les pone. Ni la astucia, ni el chiste blanco, ni el pequeño asunto de la maravilla, valen algo contra su milagrosa capacidad para hacer daño.
Que Dios no lo quiera, amigo lector, ni su destino tampoco, ponerlo frente a transes tan tristes como un corazón roto, un amigo perdido o un esfuerzo consagrado a la nada.
Le deseo, en cambio, que sus sueños se cumplan, que atestigüe milagros, que crea y tenga fe ciega en el amor y que éste no lo defraude. Si algo de esto le sucediera en contra, no dude en decírmelo. Pero créame cuando digo que no encontrará en mí palabras de aliento, ni abrazos ni pañuelos para la pena. En cambio le diría que nos vieramos para beber, en el bar aquel en el que ya nos conocen, y burlarnos el uno del otro diciendo “pero mírate qué triste estás”.
Discúlpeme, amigo lector. Hoy no ha sido un buen día. Hoy soy otro.

sábado, junio 24, 2006

Para que los ausentes no falten, acérquese

El viernes fue un buen viernes, de esos que hay pocos y son raros. No me perdí, aunque nunca había ido yo hasta la UAM Iztapalapa. Tampoco perdí, porque me llevé el tercer lugar en el concurso de creación del VII CECIL 2006, aunque en el diploma dice “segundo lugar” y a mí me sabe como si me hubiera llevado dos premios juntos. Algún día el pequeño cuento de La cena se publicará bajo su nombre definitivo, Parras o la sonrisa, y será muy famoso y hará llorar a las muchachas lindas. Pero por el momento se plantó, y ganó un lugar que su autor, el que esto escribe, ni siquiera había considerado. Los pequeños son afortunados, y a pesar de haberse enviado al cinco para la media noche del último día de la convocatoria, se coló hasta el final, y quedó entre los primeros. Y hasta allá fui yo a recogerlo, y a recoger los libros que se había ganado. Lo festejé con vino blanco, cervezas, sopas Maruchan y agua de limón, y se mojaron un poco él y los libros que ganó porque estaba lloviendo, y yo sin mochila porque no esperaba volver a casa con las manos llenas. (Pero en la premiación nos encontramos a Edgar Rivas, el mismísimo director de Registro y artífice de las sopas Maruchan, y de lo que aquí hayamos omitido él podrá dar cuenta cabal).
Ahora, una foto de mi boda.
Bien, amigo lector, ya nos dimos cuenta que sí estás poniendo atención. Ahora sí, una foto del diploma y de los libros que ganó el cuento y que recogí yo, aquel vienes que fue un buen viernes, de esos que hay pocos y son raros.

jueves, junio 22, 2006

The Absolute Man


Hay que verlo salir del auto, enfurecido, sacar a Ali MacGraw del asiento delantero, recargarla en la puerta y comenzar a golpearla para saber, inmediatamente, que Steve McQueen está teniendo un mal día. Al final se reconciliarán en medio de un tiradero de basura, dentro de un Volkswagen partido por la mitad, y lograrán no sólo quedarse con el dinero del asalto al banco, sino cruzar la frontera con México. Al final el día terminaba mejor.
Pero casi nunca era así. Ya antes había combatido una masa chiclosa del espacio exterior; había logrado sobrevivir, junto con Yul Bryner, a la defensa de un pequeño poblado mexicano e intentado hacer de su huída en una motocicleta alemana, un gran escape. Terminaba vivo y solo, y no eran finales felices.
Siempre ileso, las heridas las llevaba por dentro, y acaso ir perdiendo los dientes en su papel de Papillon fuera más sencillo que moler a golpes a Ali MacGraw en la vida real, cuando estuvieron casados. Portó un arma en su papel de Frank Bullit, e hizo de San Francisco su pista de carreras, pero cargo una pistola por el resto de su vida cuando supo que el azar, o la fortuna, le hizo faltar a la cita en casa de Sharon Tate el día que Charles Manson irrumpió en ella.
Pudo haber actuado con Audrey Hepburn en Breakfast at Tiffany’s, pudo ser Harry el Sucio, ser parte de Apocalipsis ahora, ser alguno de los dos en Butch Cassidy and the Sundance Kid, hacer El guardaespaldas antes que Kevin Costner, y perseguir a Rambo en First Blood. Pero la fortuna que lo salvó también lo alejó de todas ellas, y prefirió enfermarlo de cáncer y hacer de sus últimos años una pista de carreras donde su Ford Mustang del 68 competía contra la muerte.
Al final perdió. Cruzó la frontera y murió en Ciudad Juárez. Lo más cercano que tuvo a un final feliz fueron esas últimas escenas de La huída. Pero cuando “The Man” lo vencía a él, “The Cincinnati Kid”, en un partido de póquer prolongado por horas, y al salir de aquel juego un niño de color lo reta a un juego de rayuela, y también pierde, la historia se equivocaba. No perdía el niño, sino el hombre. El Hombre.

miércoles, junio 14, 2006

Those were the days

No sabía que lo recordaba.
Hace mucho tiempo, de niños, jugabamos a construir un fuerte. Luego lo derrumbabamos con nuestros pies, y el pequeño fuerte volvía a su estado natural de arena. A veces lo inundabamos, y los valientes soldados verdes flotaban buscando reagruparse. Hacia calor y vestíamos camisetas blancas, escondidas bajo los manchones de la batalla. Entonces nos llamaban y saliamos corriendo, escondidos del enemigo con olor a sopa y a trastes limpios. Fraguabamos el siguiente escondite, la próxima misión entre los matorrales. Aquel viejo perro tan querido nos ladraba. Eran grandes victorias.

miércoles, junio 07, 2006

¿A dónde se fueron todas las carpas?


Si lo posible es posible, entonces no me cabe duda que las carpas, simplemente, le plantaron cara a su destino. ¿Por qué depender para siempre de la gentileza de los extraños, que las alimentaban con galletas de animalitos por simple diversión dominical? Horadaron el piso, gordas y muchas como eran, hasta vislumbrar el camino rumbo al paraíso de las carpas. Ahora o nunca, patria o muerte, venceremos. Una legión que seguramente pasó lista antes de descubrir, en la caída, el pecado de hybris que estaban cometiendo: no basta ser carpa ni ser gorda, para escapar del sino que nos aguarda. No creyeron posible ser juguetes del destino.
Sin embargo las entiendo. Desde el fondo del lago, la mano que alimenta el mundo debe verse rodeada de destellos de luz, como una luminosa manifestación ondulante de un poder lejano e inaccesible. Debe ser angustiante.

domingo, junio 04, 2006

Cirilo o la selva oscura

Como dijo Gómez, “ah, carajo”. Resulta que el tiempo, como siempre pasa, pasa, y esta señorita se ha encargado de demostrarlo. No cabe duda que la Paleta, ella sí, solita, es otro boleto. De la pequeña Maria Joaquina que daba de vueltas en el Carrusel ya sólo queda el corazón roto de Cirilo, pobre, con su carita de angelito negro. Si a la niña rica la mareaba tanto dinero, a Cirilo sólo lo mareaban las vueltas en los caballos; pero, con las vueltas que da la vida, los mareos ahora los sufren todos los “lectores” de H, que han hecho de este número el más hojeado del Vips –algunos, con lágrimas en los ojos, le han arrancado el póster, me informan –y el único agotado en los 7Eleven. ¿Será que infancia es destino, y todos guardamos en nuestro corazón un pequeño Cirilo al que, para siempre, le meterán balín en su colección de balones y las rubias lo batearán despiadadamente, hasta hacerle escupir los dientes, cual Kirby Puckett? ¿Una onda así como del Dante, pero al que encima de llevarlo a ver los castigos, se los aplicaran también a él? “Chance”, diría Gómez. Porque entonces sí, mirando esos ojos y un tal bikini tejido, a la distancia podríamos decir que aquella resultó ser, en verdad, una divina comedia.

sábado, junio 03, 2006

RIMAR

En caso de incendio, rime. Si su tripulación lo traiciona, rime. Si su corazón lo delata, rime. Si un amigo de la infancia lo acusa, rime. Si la mujer del tranvía lo señala, rime. Si un viejo amor volvió, rime. Por si las moscas, rime. Rime por no dejar. Si su casa arde, si el valiente duda, si la estirpe se constipa, si un ciego lo mira, si el árbol no vuelve, rime. Si rima, rime. Rime, siga rimando, no pare de rimar.

lunes, mayo 01, 2006

La calabaza de agua y el fuego


Y dijo mientras sonreía imperceptiblemente:
-...Tan solo somos una calabaza de agua y no basta para apagar el incendio: pero ¿es que eso significa que el agua no puede hacer nada contra el fuego?... ¿es que puede decirse una cosa semejante?...¿es que podría decirse...?

En André Schwarz-Bart, La mulata Soledad, Aguilar, España, 1973.

lunes, marzo 27, 2006

¿Listo, Kelvin?*

1921 - 2006

-Listo, Moddard - respondí.
-No te preocupes por nada -dijo Moddard -. La Estación te recogerá en vuelo. ¡Buen viaje!

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*Último díalogo entre Chris Kelvin y Moddard, antes que el primero emprenda su viaje hacia la estación espacial estacionada en Solaris. En Lem, Stanislav, Solaris, Minotauro, España, 2000.

La redención imposible


Stanislav Lem “colaboró” con nosotros en mi primer número como director de Mediaciones. Yo escribí acerca de Solaris, y él ilustró los interiores. Jamás lo supo. Aquí uno de los dibujos que ilustraron el número:

Stanislav Lem, La curvatura del tiempo.

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Después de todo, Chris Kelvin sale a conocer el mar de Solaris. En una de las formaciones plasmáticas que se erigen sobre él, Kelvin logra ver una ciudad en ruinas, o algo muy similar a una ciudad en ruinas. Así la describe Lem: "Creí ver las ruinas de una ciudad arcaica, una ciudad marroquí, desquiciada por un terremoto o algún otro cataclismo. Divisé una intrincada red de callejuelas sinuosas, obstruidas por escombros, callejones que descendían bruscamente hacia la orilla bañada de espumas vistosas; más lejos, se perfilaban almenas intactas, bastiones de contrafuertes desconchados; en los muros combados, derruidos, había orificios negros, vestigios de ventanas o troneras. Toda esta ciudad flotante, peligrosamente inclinada hacia un lado, como un navío a punto de zozobrar, se deslizaba a la deriva, girando lentamente sobre sí misma".
La escritura del pasaje es muy similar a la prosa de Borges, de quien Lem fue atento lector. Por ello recupero aquí las palabras que, siendo originalmente para Tadeo Isidoro Cruz, bien pueden resumir el conflicto emocional de la novela de Lem: "Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es".
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La maquina de Trul habla de un robot que no conforme con no poder sumar, se vuelve un tirano. Con el paso del tiempo -leí el cuento en preparatoria-, he llegado a pensar que el problema no era el robot sino su tiranía. Por eso le dedico esta tira de Liniers a Lem, esperando que le haga gracia donde quiera que esté:

(¿Más de Liniers? Visite Cajón Desastre)

miércoles, marzo 15, 2006

Happy birthday, Mr. Ivan

Que cuando me miren pasar digan: “ah, el astuto”. Que cuando sepan de mi gloria dejen su mesa y vayan y me abracen. Que mi enemigo lea de mí y me perdone, que los barcos regresen la noche previa a mi funeral. Que tengan guirnaldas las mujeres jóvenes que correrán a mi encuentro, que guarden su primera esperanza para mí. Que mis esclavos digan “fue un buen amo”, que mis amos digan “fue el mejor esclavo”. Que crean que soy un gran hombre y que sea cierto, aunque ciertas niñas del valle guarden cartas que no respondí. Que me aplaudan y me apene; que sea mi adversario, y no el tiempo, el que me de la razón. Que tu rostro se ilumine cuando me mire.

viernes, marzo 10, 2006

Vagamundo

Al diablo lo delatan sus pies, su olor a azufre, su belleza y su soledad. En ese orden. Así lo demuestran los distintos testimonios que dan cuenta de su existencia: la mujer que lo encontró en el elevador a solas, el hombre que durmió con él, la pata de cabra en el retrovisor del joven taxista. También el asesinato irresuelto, la aliteración en la vanguardia, las mujeres pelirrojas. Si usted llegara a encontrarlo, no dude en reportarlo. A usted lo delatarán su amor propio, su egoísmo, su deseo de riqueza y su poco amor al prójimo. Nunca en ese orden.

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¿Le gusta a usted el amanecer? Lea esto:
EL AMANECER
¿Le gustó? Vuelva a leerlo.

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Los viajeros en el tiempo volvemos con las manos heladas y el pelo blanquecino. Guardamos cierto olor que el jabón perfumado no logra ocultar –el neutro lo fija y nos mancha la ropa –. Dormimos en galpones, entre la paja, en los aposentos de Luis XVI. Abandonamos todo lo que llevamos en los bolsillos antes de regresar a casa –la carta hallada a Malmenor fue enviada a Consejo y se le ordenó nunca más volver a viajar-, por miedo a olvidar quiénes somos en realidad. No hay listones en los árboles ni bienvenidas. Sólo volvemos y esperamos. Querríamos quitar el vapor del espejo y mirar. No querríamos quitar el vapor del espejo y mirar.
Hoy, que persigo a Malmenor –“soy un fugitivo temporal”, escribió en las paredes del Consejo -, que he recibido la orden de capturarlo vivo, de ir a donde él vaya, recuerdo que no llegaré a cenar. Los viajeros en el tiempo carecemos de puntualidad.

viernes, febrero 10, 2006

Llagado de su sonrisa


Querida señorita Evangeline Lilly:
Después de mucho reflexionar he llegado a la conclusión de que usted y yo tenemos algo en común: los dos hemos estado perdidos. Como usted, allende mi ciudad natal yo también tuve que declarar, frente a una recepcionista de hotel polaca de mirada compasiva: we’re lost. No tuvimos que acampar a mitad del pequeño parque cercano a la estación del tren, ni defendernos de sujetos extraños o cazar nuestro propio alimento, pero casi. Eso sí, comimos en un McDonald's levantado en medio de una cueva y muchas veces nos hicimos entender a señas. Por lo que, en términos generales, comprendo por lo que está usted pasando. Así que desde aquí mis más sinceros deseos porque no se la coma un oso polar.
Le comento además que mi invitado del mes, el señor Owen, tiene unas palabras para usted, señorita Lilly, que no por casualidad están varadas y le salieron en verso:

Como a la mano hecha a los espinos
La hiere con su gracia la rosa inesperada,
Así quedó mi duelo
Crucificado en tu sonrisa.


Espero le gusten, porque es de un pequeño libro del señor Owen sobre un pobre marinero que, como usted, naufragó y al alba se descubrió en una isla desierta y árida.

Queda de usted

Aldo Iván

PD. Para estar en sintonía con el momento, le mando esta breve misiva dentro de una botella que arrojaré al mar. Ah, y como para usted señorita Lilly, un día es igual al otro, le propongo que también para su linda persona todos los días 4 sean domingos.

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Dia Diez, LLAGADO DE SU SONRISA.

domingo, febrero 05, 2006

Ignorantina

Datos sobre el pueblo estadounidense, según recopilación de David Brooks para La Jornada, a propósito del informe que el presidente Bush presentará ante el Congreso de su país el próximo siete de febrero, también conocido como "el estado de la Unión":
"Mientras tanto, el pueblo del país 'más avanzado' del planeta está un poco confundido. Según sondeos reportados en varios medios, hay una gama de indicadores preocupantes, para algunos. Sólo 40 por ciento de los estadunidenses cree en la teoría de la evolución; 13 por ciento sabe lo que es una molécula. Una quinta parte de los estadunidenses aún creen que el sol gira en torno de la tierra, y aproximadamente una mitad sabe que los humanos no vivieron en la misma época que los dinosaurios. Otras encuestas como una de la revista Time revelan que 59 por ciento de los estadunidenses cree que las profecías apocalípticas de Juan en la Biblia se cumplirán, con casi todos creyendo que subirán al cielo en el éxtasis final. [...]
Algunos simplemente ya no pueden leer. El mes pasado la evaluación nacional de alfabetización adulta realizada por el Departamento de Educación del gobierno federal registro que sólo 31 por ciento de los egresados de universidad demostraron un nivel eficiente de poder leer y analizar textos en inglés. La última vez que se realizó este estudio nacional, en 1992, 40 por ciento demostró esa habilidad".
La nota también da cuenta de la poco limitada libertad que los americanos piensan tener, de lo justificado que es el espionaje gubernamental, de la demasiada libertad de prensa de la que gozan y de la necesaria represión contra las manifestaciones antibélicas. Ah, y de las ganancias de ExxonMobil en estos tiempos de guerra, cuyas utilidades en 2005 fueron de 36.13 mil millones de dólares, es decir, un crecimiento del 42% con respecto al año anterior.
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Dia Cinco, VIRGIN ISLANDS.

jueves, febrero 02, 2006

La cuenta de mis muertos

Contra la más reciente película de Steven Spielberg se han lanzado duras críticas que, tras lecturas atentas, descubren a individuos más propensos al prejuicio y a la toma de posturas extremas. Es razonable que la duda surja cuando Munich no es abordada por apellidos como Coppola o Stone, sino por aquel que ha rubricado las peripecias del arqueólogo aventurero o las tribulaciones de un pinocho del futuro próximo. Tendría que tomarse con reservas.
El problema se presenta cuando, después de ver el resultado en pantalla, se elevan las voces que exigen del director lo que antes le reprocharon por La lista de Schindler o Rescatando al soldado Ryan: la toma de postura. Se le acusa de suavizar a personajes que, se argumenta, actuaron “…sin pesadumbre, de acuerdo con una fe y unos mandatos específicos…”[1], o de tener miedo a señalar y denunciar, llegando a estar, la película, “…empapada en el sudor de su idea de equidad…”[2], habitando el colmo en el que “…el único partido que Steven Spielberg toma alguna vez es el partido del cine”[3].
Sin embargo, las faltas que se le atribuyen son, por mucho, los logros de una cinta que no sólo en lo técnico resulta ser de buena hechura. Las dudas que asaltan a los cinco miembros del equipo de Avner Kauffman no sólo humanizan a los sicarios israelíes, sino que crean el justo contraste con la férrea determinación de aquellos que los mandan, quienes, pese a sus servicios prestados, los desconocerán hasta negar su existencia si es que ello es necesario. Spielberg toma un riesgo enorme para su discurso hasta ahora correcto y complaciente: el estado de Israel no sólo combate fuego con fuego, sino que, en última instancia, parece hacerlo a ciegas.
El ser humano duda porque razona, y no podemos afirmar que aquellos ceñidos a una fe –teológica o militar, o ambas– no se descubren a sí mismos perturbados por la noche, como si la convicción de que no dudan fuera más necesaria para nuestra tranquilidad que para los miembros de la Mossad. No sabemos si dudan, pero no podemos afirmar que no dudan. Y Avner, Carl, Steve, Hans y Robert se preguntan sobre lo que los constituye como hombres, antes que como sicarios. Avner solicita las pruebas que inculpan a sus objetivos, Carl quiere saber quién realmente les vende la información (¿la CIA, la Mossad, los franceses?), Robert no comprende la ley del talión que están aplicando. Aunque los sicarios reales no hayan hecho tales preguntas o elaborado dichas reflexiones, los personajes se vuelven alegorías sobre la búsqueda de una verdad que terminará asesinándolos o casi volviéndolos locos.
La lucidez con la que se expresa la primer ministro israelí Golda Meir al inicio de la película, termina siendo sólo el discurso que legitima la acción, arrojando a los convocados bajo ese discurso a actuar igual que aquellos que combaten. Conviviendo por necesidad miembros de la OLP con los hombres de Avner, éste último tiene una discusión con el líder de aquellos, que le recuerda la necesidad de tener un hogar. Desestimándolas en boca de un palestino, Avner encuentra las mismas palabras en boca de su madre: la lucha de Israel está justificada porque siempre es necesario un hogar. Luego entonces, y ésta es la parte del discurso de Spielberg que más incomoda, la lucha de los palestinos también está justificada.
Pero además están los intereses que Estados Unidos, a través de la CIA, defiende; la organización familiar francesa que trafica con información clasificada; la holandesa freelance que sintetiza la lucha por la sobrevivencia; los terroristas palestinos que son buenos padres o traductores de textos clásicos de literatura; el hombre que asesina y procrea.
Al final, Israel ya no es aquel inocente pueblo judío masacrado por alemanes, sino el Estado que propicia, por negarse a negociar, la muerte de sus atletas, y que achaca a los otros sus faltas. Un Estado que no escatima recursos para imponer su voluntad envuelto en su discurso de superioridad –la civilización contra la barbarie–.
Munich es, entonces, una película que merece ser vista varias veces para alcanzar a comprender lo que Spielberg argumenta entre líneas, brumoso a simple vista como sus Torres Gemelas que, aunque redundantes y efectistas, insisten en la necesidad de reflexión antes que en la condena y descalificación por no decir lo que se quiere escuchar.
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[1] Montiel Figueiras, El sabor del otro, en Confabulario, número 92, 21 de enero de 2006, p. 13.
[2] Leon Wieseltier, Atentados. En torno a Munich, de Steven Spielberg, en Letras Libres, número 86, Febrero 2006, pp.100-101.
[3] Ídem.
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Día Dos. EL MAR VIEJO

miércoles, febrero 01, 2006

Correveidile colibrí

Esta mañana me sorprendo con el blog tan desnudo
que temblamos (mi blog y yo).
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A Gilberto Owen, en una franca falta de respeto que, paradójicamente, encierra mi entero gusto por él.
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Dia Primero, EL NAUFRAGIO.

martes, enero 10, 2006

Desde el barandal

Cuando fui tribuno

Soy feliz como el hombre que devora su nido,
sabio y decadente como aquel que a la luz de una vela
descifra un antiguo mapa de sí mismo. Viajero del tiempo
que abraza a sus amigos hasta volverlos
días de arena y nubes –yo también fui polvo del
polvo, armadura contra la nada-. Por eso hoy quiero
que me nombren rey del verano perdido.
Emperador de cartón, carnaval sin luz.
Soy un gran hombre.


Alicia Parker Mills (1907-1950). Por la comunicación que mantuvo con su esposo en su movilización al frente durante la Segunda Guerra Mundial, se sabe de lo terrible que era para él la estadía en combate. Mills, partidaria del conflicto bélico, alentaba a su joven esposo y le pedía que no tuviera miedo, que fuera valiente, que hiciera a cada hora, en cada momento, la guerra. Es con la muerte de su superior y el acto heroico -aunque inútil- por salvarlo, que “su soldado” –como le gustaba llamarlo- es ascendido y puesto al frente de un grupo de combatientes. El tono de las misivas se recrudece: el pánico y una lucha febril contra él se manifiesta en cada una de ellas. Mills no puede ya sino compartir la desesperanza y el desasosiego de su esposo, y en una carta fechada el 15 de mayo, le escribe: “Hoy pude comprenderte. Descubrí un ligero viento escurridizo agitando las cortinas, un sol que reposaba su viaje entre la sombra. Hoy los tuve, y me imaginé perdiéndolos. Entonces pensé en ti”.

viernes, enero 06, 2006

A Cabina, en sus tres años

Los adultos nos llaman flojos.

Pero nosotros conocemos el trabajo y permanecemos despiertos hasta el amanecer, laborando en el gran campo azulado para que no falte nunca el jardín del sol por encima de los jardínes de los hombres.

Nosotros, aunque nos llamen perezosos, conocemos el trabajo arduo, sabemos qué significa arar, desde el principio, el más grande de los campos que día a día cubren las ortigas.

Nosotros sabemos cuánto se cansaron las doradas manitas de los rayos de luz para construir estas alegres ciudades de flores con abiertos balcones de rosas y altos campanarios de lirios.

Los demás únicamente ven los rayos y las flores.

No saben nada acerca de nuestra fatiga y de nuestras lágrimas.


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Tomado de Ritsos, Yannis, Sueño de un mediodía de verano, trad. Selma Ancira, FCE, México, 2005, pp. 42-43.