lunes, julio 02, 2007
Este dia. Este año.
martes, mayo 22, 2007
To mock a killingbird
Callejón que une Circuito Río Piaxtla y Circuito Río Fuerte.
viernes, abril 27, 2007
Abril veintisiete, dosmilsiete
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[IV] de Alberto Caeiro, El pastor amoroso, en Fernando Pessoa, Poesía completa de Alberto Caeiro, BUAP/UAM/Verdehalago, México, 2000, p. 124.
miércoles, abril 18, 2007
En otro tiempo he estado aquí
su rigurosa finitud.
Déjame salvar nuestros cuerpos de sus raíces,
abatir los árboles que no soportan ya el peso del alma
y buscan su polvo, su semen de tiempo y su metamorfosis.
[...]
No tengo conciencia:
eres un espejo que me acosa, me fustiga, me oprime
la frente, la respiración, la boca:
y tu saliva es un bautismo tardío y siempre reciente,
el agua que destruye la sed
y mi sudor en vano lo combate.
[...]
Oh mía, fuego mío,
que la inundación de la música nos consuma,
que este incendio en sus mismas llamas se abandone
y que en mi ceguera estalle la luz de las manos, de la piel, del
espasmo,
los cuerpos, la noche, la vida irrepetible que no quiere volver a ser.
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5. Déjame recobrar la memoria del cuerpo (Fragmentos)
Tomado de Montemayor, Carlos, Abril y otras estaciones (1977-1989), FCE, México, 1989, pp. 47-49.
jueves, marzo 15, 2007
En buena hora, Aldo Iván
Y si en Emel fuiste esclavo y en Cinco de Mayo pidieron tu cabeza por amor, si en los mares del Norte descubriste la tibieza y lo fugaz, si en las rutas de Oriente inventaste el truco de volar, el compuesto químico que anula la conspiración, celébralo.
Siempre tuyo,
Valdés Espinosa.
miércoles, marzo 14, 2007
28 soledades (con algunos años agraciados)
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Tomado de Menéndez Flores, Javier y Joaquín Sabina, Yo también sé jugarme la boca. Sabina en carne viva, Ediciones B, México 2007, p. 59.
sábado, marzo 03, 2007
miércoles, febrero 28, 2007
De la primera carta del apóstol san Pablo a los corintios
lunes, febrero 19, 2007
Y en su arena leer que nada espere, que no espere misterio, que no espere
jueves, enero 25, 2007
El Pequeño Apócrifo
Berton: Lo explicaré. No me di cuenta en seguida; lo entendí al cabo de un rato: el niño era muy grande. Enorme es poco decir. Extendido horizontalmente sobre las aguas, el cuerpo se elevaba a unos cuatro metros por encima del océano, lo juro. Recuerdo que en el momento en que toqué la ola, el rostro del niño estaba un poco más arriba que yo, y sin embargo, en mi cabina, yo debía de encontrarme a una altura de por lo menos tres metros.Pregunta: Si era tan grande ¿por qué dices que se traba de un niño?
Berton: Porque era un niño pequeñito.
Pregunta: ¿No entiendes, Berton, que tu respuesta no tiene sentido?
Berton: No, en absoluto. Podía verle la cara; era un bebé. Además, las proporciones del cuerpo correspondían exactamente a las de un bebé. Era un niño de pecho. No, exagero. Un niño de dos o tres años. Tenía cabellos negros y ojos azules, enormes. Estaba desnudo, completamente desnudo, como un recién nacido. La piel parecía mojada, o lustrosa; resplandecía. Yo me sentía como trastornado. Ya no creía en un espejismo. Veía a ese niño con tanta claridad. Subía y bajaba, junto con las olas; pero aparte de ese movimiento general del cuerpo, el niño mismo se movía; ¡era horrible!
Pregunta: ¿Por qué? ¿Qué hacía?
Berton: Parecía una muñeca de museo, pero muñeca viva. *
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** En las imágenes, A Girl, obra del escultor Ron Mueck en la Academia de Artes de Edimburgo, durante una exposición retrospectiva de su obra -figuras humanas en escalas gigantescas- en agosto de 2006.
* Texto de Solaris, de Stanislav Lem.
viernes, enero 05, 2007
Balar
Silbando van las balas. ¿Qué silban?
Una canción aprendida esta mañana.
Como niñas que se miran y separan
una media tarde, un rincón de nada.
¿Silba el borrego mientas bala? Bah.
La vida sola a solas va.
2.
Un río que ríe suena, se ríe. Oír
un río que suena que ríe suena,
reír. Ir por ahí diciendo que suena
un río que ríe al río, a la vereda y
sonreír. Son de reír así sin otro
corazón que un río que suena, sonar.
3.
En mi casa hay un león. ¿Qué caza?
No sé. Nunca he ido. Pero dirán que
digo que en tu vientre hay un león
que habla. ¿Qué dice? Que habla.
En la noche siembra flores. ¿Hembra?
Sí, hembra, pero dije flores.
viernes, diciembre 29, 2006
VERDADES ÚTILES PARA INICIAR ESTE AÑO
Mentira.
¿Que el mal no siempre triunfa?
Mentira.
¿Que no soy yo el que traza los mapas,
el que abre la puerta, el que te avienta tierra a los ojos?
Mentira.
jueves, diciembre 07, 2006
Tres apuntes sobre la rebeldía
Cuando le preguntaron a Kasuo Michina por qué se había levantado en armas, miró fijamente a los corresponsales y les dijo: “hay horas en la vida de un hombre que sólo cobran significado cuando dice ‘no más’”. Su pequeña compañía se apostó a las afueras de las oficinas donde, según la agenda del día, habría de reunirse el primer ministro con gran parte de sus secretarios. El ataque fue sorpresivo, sobre todo para Michina. El misterio del fuego cruzado estuvo resuelto horas después, cuando supo que un traidor entre los suyos posibilitó la contraofensiva gubernamental. “Los hombres que buscábamos no estaban ahí”, refirió años después el general en una entrevista para el Time. “Aún así tomamos el edificio por asalto y aguardamos”. Allí refugiados esperaron refuerzos.
La refriega duró varias horas, hasta que la rebelión de Michina salió victoriosa. En su Historia del siglo XX, Eric Hobsbawm apunta: “Ningún otro golpe de Estado fue tan bélico en su discurso ni tan humanitario en su aplicación como el del general Kasuo Michina. Y resultó por ello tan contradictorio, que su desenlace sólo pudo darse en el ámbito de lo trágico”. Se rebeló, fue rey y después lo exiliaron. Antes de suicidarse Michina releyó a Camus, pero se negó a aceptar que sus acciones fueran algo anticipado y previsto.
En una de sus últimas entrevistas, al preguntársele qué era lo que más recordaba de aquellas horas, respondió: “A mi hermano, el traidor”. Y abundó: “Sospeché de todos todo el tiempo, excepto de él. Pero a la distancia resulta lógico: el hombre puede rebelarse contra la rebeldía. Por ello no lo aborrezco ni le guardo rencor”.
2. Los rebeldes no usamos pantuflas
Al abuelo aquello de la rebeldía le parecía cosa ociosa. Había visto a su viejo amigo Lázaro salir de las películas en tercera dimensión furioso o hecho un mar de llanto, agitando los lentes bicolores diciendo: “no sirven, otra vez me dieron unos que no sirven”. Volvía y lo intentaba una vez más, y poco le interesaba que el boletero, sorprendido, dudara antes de darle los lentes a un tuerto. Pero la tiranía de la abuela alcanzaba ya límites insospechados, y era su empeño diario el poder rebasarlos, no importando que la gravedad del asunto no lo ameritara del todo.
En un tibio remanso de las voces que acostumbraba dar la abuela por la tarde, Roberto alcanzó al abuelo en el patio. Agitado, lo sacó de una contemplación de siemprevivas, hasta alejarlo lo más posible de la vista del enemigo. Entonces le dijo: “la abuela, furiosa”. Y comenzó a contarle de las gallinas que habían llegado a la recámara quién sabe cómo, de la sorpresa que se llevaron él y las gallinas cuando la abuela entró al cuarto, del futuro que ella le negaba en toda la retahíla de condenaciones que se acumulaban en el aire. El abuelo asentía, escuchaba atento y en silencio.
“No es tan grave”, dijo por fin. Y agregó: “te ayudaré”. Trepados en un árbol vecino, escondidos los dos de la cólera de la abuela, a Roberto aquel escondite le pareció el mejor escondite, y comprendió que su abuelo no era ni tan intrépido ni tan valiente como suponía, pero sí ingenioso. El abuelo, bien agarrado de las ramas, pensó lo mismo. Al día siguiente buscó a Lázaro, y a grandes rasgos le explicó el plan. “Todo depende”, dijo aquel, “del resultado que obtengamos hoy”. El abuelo pensó que en las revoluciones no todos se sublevan por lo mismo, así que aceptó el trato, apagó su cigarro y entró con él al cine.
“Un tuerto, un anciano y un niño”, recapituló la abuela cuando los vio llegar y supo de sus intenciones. “¿Cuánto miedo debo tener?”, preguntó con ironía. “Todo el miedo del mundo”, respondió el abuelo. “Hoy por fin sirvieron los lentes de Lázaro”.
3. Los rebeldes perdemos la gracia cuando dudamos
Porque todo es igual, a Mara le aterraba vivir bajo el yugo de una estirpe que se corrompe. Su familia presentó los primeros síntomas una tarde de agosto y recordó, sin proponérselo, que la nieve al condado de Moab no tardaría en llegar. Sólo por eso estaba decidida. Antes de verse disminuida, antes de encontrarse despojada de la seguridad y el alivio, habría de imponerse contra lo que viene: el mundo, su contemplación y su derrota, una última advertencia antes de sucumbir a su destino. “¿Podré? ¿Tendré la fuerza?”, se preguntó. Escuchando a Beth Gibbons trazó un plan. Y luego otro. Y otro.
“No hay salida”, suspiró. Vencer todos los obstáculos no garantiza un triunfo permanente, le corroboró la voz en el teléfono, y ella contuvo la respiración un rato, acarició una superficie rugosa, y pensó que conocer su futuro era lo más rebelde que podría hacer. Cuando le anunciaron la muerte de su hermano el primogénito, no se sorprendió.
Se le acercó al oído y le cantó. Al terminar le acarició el pelo y repitió en voz alta aquella línea que decía: I’m here to stay. “Rebelarse y fracasar es humano, pero también inútil”, le dijo Ruth una noche después. Y le contó la historia de un antiguo rey de Moab, que en el camino a la contienda tuvo una revelación. Reunió a sus hombres y les dijo: “Lucharemos y ganaremos, lo sé, se me ha permitido saberlo”. A mitad de la batalla, cuando el enemigo lo acorralaba y sus bajas eran casi totales, uno de sus hombres se acercó y le preguntó: “si ya sabías que ganaríamos, ¿por qué insististe en venir a pelear?”
Mara esperó con tristeza su siguiente taza de café –“sin azúcar, sabes que no la merezco” -, y miró por largo rato a Ruth. Pensó en las primeras horas del hombre en este mundo, del sitio fugaz de la memoria, y por un instante tener y carecer le parecieron cosas fuera del tiempo. Una noche agigantada, la mano secando el rostro, se abrieron paso.
jueves, noviembre 30, 2006
De saber que venías te tendría un pastel
Nada da más luz que una dama a mitad de la luz.
Ni nada menos.
viernes, octubre 06, 2006
Donde los héroes respiran dolorosamente
confundidos con sus estatuas
ausencias de relámpago que iluminan, así volverás y volveré
como señal de victoria al reino, una ciudad sin las murallas
que el viejo abad levantó como íntimo tesoro que antaño no me fue dado asaltar.
(Por colores, o todo seguido, como se quiera leer).
domingo, octubre 01, 2006
Las batallas que guardo para mí mismo
al corazón como una roca,
puedo recordar la barbarie del mundo,
las batallas que tuve que perder
para no hallarme en el trono
de los que todo lo tienen,
felices en su hartazgo
y del todo vencidos.
Pero allá donde no combatí
me espera un llano,
un claro donde un ejército
renuncia al amor
esperando un abrazo, el remoto
luchar contra la nada,
la absolución del hombre
porque así está escrito en el
libro aquel imposible de leer
porque ciego de noche, ámbar que guarda
al corazón como una roca,
me señalo a mí mismo
en el barco de los que vuelven derrotados.
jueves, septiembre 21, 2006
lunes, septiembre 18, 2006
Hojas de hierba
25. No soy mala hierba,
sólo hierba en mal lugar...
Enrique Bunbury, Sácame de aquí
domingo, septiembre 17, 2006
Las hormigas muertas
Y luego voy y leo que a J.M. Coetzee le preocupa que sus traducciones al coreano o al serbio no sean del todo claras. Uta. Preocupado debería estar porque sus libros en el idioma original le sean de utilidad a quienes los leen.
lunes, septiembre 11, 2006
¡Adiós su Majestad, mi Reina, mi ciudad, adiós!
Pero no pasaré más de una noche con ella. No quiero descubrir sus secretos. No quiero ver su rostro demacrado y triste. No quiero oírla gritarme, desde el baño, que ella conoce mil hombres mejores que yo.
2. Así ha sido mi vida: náufrago y congelándome, se me ha pedido que me aferre bien a los pedazos del barco, que no tardarán en venir a rescatarme. Y me lo dicen desde la cubierta de un barco en fiesta, con todas las luces y todas las risas encendidas. Entonces me suelto y floto, porque la deriva no conoce de egoísmos ni rupturas ni terminará mirándome con lástima. Cada vez que naufrago, la deriva me lleva a un refugio temporal, donde me dan cobijo y la sopa está tibia pero no más. Hasta que me echan.
Acostumbrado así a que nunca es para siempre, hoy me dispongo a soltar mi pedazo del barco. En la cubierta del que se aleja comienzan a repartir las luces de bengala y a decirme adiós con las guirnaldas.
3. No voy por la vida contando mis cosas, y me he negado a colgarme de una cadena la tablita esa que dice: “Quiéreme, seré escritor”. Mis amigos son divertidos y viejos, en ese orden, y hace diez años contamos un chiste que hoy sigue haciéndonos gracia. Robé por necesidad; traicioné una sola vez y aprendí mi lección. Miento todo el tiempo, pero dejaré de hacerlo cuando me vuelva de verdad un espía, un partisano, el genio a premiar, Steve McQueen. Nunca he roto el corazón de una mujer, pero el mío acumula medallas por lo contrario, como marcas de inundación. Amé y no me amaron, o dejaron de hacerlo, y muchos creerán que así será el fin, pero yo convocaré a los que aún no se rinden, haremos una fiesta y después los invitaré a verme morir. Creo en el destino, en el azar, en los concursos con la presencia de un interventor de la secretaría de Gobernación. Y creo que al final seré feliz, porque la vida ya no tendrá secretos para mí, porque este día tan largo por fin terminará, porque lo posible por perder lo habré perdido ya. Seré feliz. Ya lo verán.
jueves, septiembre 07, 2006
Iván el equilibrista
Hablar de esos años es ganarle a la ausencia en partido arreglado, los idos uno Iván cero, es mirarle los hilos a la gracia, espiar al mago entre la gente o saber que a la larga ella terminaría largándose.
Hablar de la víspera es contar las mañanas con los dedos, mirar como mira la alegría un ciego, soñar la caricia dura del homicida y su patente de corso contra tu ternura. Es dar un golpe y salir corriendo, en pie de lucha un botín de luz. Una ilusión.
Pero en tu casa buscaré la condición del azar, el estanque del maharajá, la maldad que te di. La canción de Goliat.
miércoles, agosto 30, 2006
Carta al blog
Entonces me entra algo así como un amor de padre, y me compadezco de ti, porque estás todo el tiempo a mis expensas. Y para que me perdones pienso en hacerte una fiesta, de esas en las que pasan muchas cosas y todos se divierten. En ese momento me doy cuenta que no he hecho de ti la gran cosa, y recuerdo cómo a otros blogs los visita mucha gente, y les hacen muchos comentarios, y tienen lectores espontáneos y son famosos. A tu fiesta no vendría nadie, o casi nadie, porque estarían pendientes de otros blogs que sí son la gran cosa, como más divertidos, más ocurrentes, y tienen amigos que a su vez tienen amigos y entre todos se quieren.
Quién te quiere a ti no sé, pero a veces yo. No es mucho, pero es algo. Porque a ti nadie te recomienda en ningún lado, ni has hecho amistades con otros blogs al grado de tener chistes locales, visitarse diario y encargarse cosas. Es mi culpa. No es el mundo real y no llegará el día en que te escribas tú solo, en ir por el mundo sin acordarte de mi. Qué le vamos a hacer.
Felicidades blog. ¿Cómo? ¿Que te pone triste cumplir años? A mi también.
lunes, agosto 28, 2006
¡Me quiero volver chango!
Uno. Viendo los nuevos anuncios de Axe, recordé la escena de la película aquella en la que un tipo trata de impresionar a una mujer recitándole Táctica y estrategia, de Mario Benedetti. Para su sorpresa, la muchacha lo interrumpe y concluye ella misma el poema. “Yo también he leído a Benedetti”, le dice. Pensé que Axe podría retomar la escena sin mayores complicaciones: llega un tipo con un libro y comienza a leerle a la guapa señorita. Ella, absolutamente seria, lo mira fijamente como diciendo “por favor, vete”. En ese momento la voz en off entra y dice: “Cuesta cien pesos menos que una antología de Benedetti, pero funciona”.
Dos. He reflexionado sobre el libro de Santiago Gamboa, El síndrome de Ulises (Seix Barral, 2005). Parece como si los escritores, en los últimos años del siglo XX y en los que ya se acumulan del XXI, tuvieran la imperiosa necesidad de despojar a la literatura de su pertinente capacidad de fabulación. Peor aún, asumen que las vidas de los estudiantes de literatura aspirantes a escritores son anecdóticamente suficientes como para convertirlas en relatos novelados, y así disfrazar el acontecer cotidiano de un supuesto ejercicio de imaginación.
De la pedantería de la vanguardia se quedan sólo con la pedantería, y la distancia entre autor y obra se socava, arropados en un discurso que puede resumirse en “yo soy mi obra”. De escritura ágil y, por lo mismo, de fácil lectura, El síndrome de Ulises pretende hacernos creer que lo literario es inherente a la vida del escritor. Y entonces la cosa es fácil. Los payasos no montan un show para hacernos reír: creen que la gracia estriba en verlos pintarse la cara frente al espejo de su cuarto.
Tres. Eduardo Milán, poeta uruguayo avecindado en México, puede estar dando su mejor curso hasta ahora en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Supuse que mi reencuentro con él sería algo áspero, pero no. En la primera clase quedó zanjado el asunto. Dijo Milán: “porque nos debe quedar claro que no podemos decir cualquier cosa”, y volteó y me miró. Para que me quedara claro, repitió la frase mirándome. Listo. Mi estupidez juvenil parece disculpada.
Después, el anecdotario. Pregunta el poeta con quién leímos a Dante. El grupo responde que con la italiana Paola Leoni. Pregunta el poeta con quién vimos a Jakobson. El grupo responde que con la japonesita Ana Tsutsumi. Al preguntar con quién analizamos Las Meninas de Velázquez, el poeta se adelanta y pregunta divertido si fue con algún neozelandés. Peligrosamente comienzan las referencias a la poesía medieval. Me propongo a mí mismo que si el poeta pregunta con quién leímos a Guido Cavalcanti, yo responderé divertido que con el uruguayo Eduardo Milán. Pero me quedo con mi chiste. Recuerdo las palabras iniciales y me digo: no se puede decir cualquier cosa, Valdés, no se puede decir cualquier cosa. No importa que esta vez sí vengas al caso.
Cuatro. Nuestro clamor favorito de la semana: ¡Por lo que más quieran, dejen ganar al wampa!
martes, agosto 08, 2006
Carta abierta a AMLO
Los niños del cuadro de honor del sexto año de la escuela primaria “Lucas Alamán”, vemos con preocupación, por lo que solicitamos exámenes de la vista y lentes nuevos a las autoridades competentes. Le informamos además que nos sumamos, nos restamos y nos multiplicamos, y también a veces nos numeramos y hasta nos tomamos distancia. Por ello, nos unimos para afirmar, categóricamente, que:
Wenceslao juega waterpolo
Reiteramos, además, que no hay que hablar con extraños, que debemos lavarnos las manos antes y después de ir al baño y que si nos pica la colita, en una de esas tenemos lombrices.
Atentamente
Pedrito, Perlita, El Chango, y dos firmas más.
jueves, agosto 03, 2006
Los Supersabios
Post suspendido hasta que todos seamos adultos.
O hasta que fráncamente ya no me importe.
Hasta entonces.
lunes, julio 31, 2006
"Disculpe, ¿cuánto le costó su Peje?"
El muñequito trae chupones en las manos, para pegarlo en las ventanas del coche y que vaya soltando sus rayitos de esperanza por las avenidas. La taza, esa como que se despinta a la segunda lavada, así que o sólo se enjuaga después de usarse, o de plano se exhibe junto con la cristalería de Bohemia de la casa.
(y ya le manejo lo que es la actualización):
Aquí, una linda postal de la Tercera Asamblea Informativa:
(Para más fotos de la concentración del domingo pasado, o simplemente otras buenas fotos, visiten el fotoblog de Enrique Escalona, linkeado aquí al ladito. Recomendable).
PD. Hasta las diez de la noche de este lunes 31, los campamentos en la plancha del Zócalo estaban todos colocados. Saliendo del metro con el mismo nombre, la verbena popular seguía: un grupo de mariachis cantaban aquella de “La media vuelta” y la gente coreaba, bailaba y aplaudía. Los comedores públicos seguían en servicio, y de cenar servían huevos revueltos con salsa verde, frijoles refritos y dos tortillas (de buen sabor, por cierto). Sobre las avenidas Madero y Juárez, pequeños grupos se congregaban para ver los videos de Luis Mandoki o alguno de los reportajes del Canal 6dejulio, delegados y exdelegados visitaban sus respectivos campamentos y seguían jugándose ajedrez y domino en algunas carpas. Los restaurantes de comida rápida –McDonalds, Burger King, Subway y KFC –seguían abiertos y en servicio, al igual que los 7Eleven y el Starbucks de Gante; algunas misceláneas estrenaban su servicio de 24 horas, siguiendo el ejemplo del Sanborns que está frente a Bellas Artes.
Por la presencia nutrida de niños, una pequeña feria en Juárez echaba a andar una vez más, las tiendas de campaña cercanas se iluminaron de pronto, y los niños daban vueltas y gritaban.
domingo, julio 16, 2006
De la segunda carta del apóstol san Pablo a los corintios
viernes, julio 14, 2006
Mis días entre los árboles fluyen como un sendero luminoso
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Hoy soñé. Levanté la bocina y ahí estaba yo, hablándome de urgencia desde un teléfono público, a mitad del drama, queriendo advertirme de algo que me sucederá en su pasado. Que se ha visto tan triste que no podré reconocerme cuando en un aparador sin querer me refleje, que he combatido al león y no salí vivo, que mis días entre los árboles fluyen como un sendero luminoso. Ante todo me pidió no llorar, ser como las rocas que aunque las piquen insisten en ser rocas, atreverme a apagar la luz cuando estoy solo, aprender a besar.
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Las tardes en que soy yo mismo soy un gran orador: pongo un puño de tierra en mi boca y trato de adivinar lo que estoy diciendo. Las otras tardes quisiera ser el único cartero del mundo, el último descendiente del mono, la espada que se rompe antes de atacar. ¿Podrá Dios crear al hombre que lo sea todo en todo? ¿Mi mejor amigo, el amor platónico de la mujer que me dejará por él, el hombre justo que se combate a sí mismo porque él mismo es el tirano? No lo sé, pero conozco un lugar donde todas las tardes nombran una por una a toda la gente que conocí y no amé, que me conoció y no me amó.
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Esto dice el Salmo 7:
“Señor, Dios mío, si algo de esto hice,
si hay en mis manos injusticia,
si a mi bienhechor con mal he respondido
si he perdonado al opresor injusto
¡que el enemigo me persiga y me alcance,
estrelle mi vida contra el suelo,
y tire mis entrañas por el polvo!”
Y termina diciendo:
“Doy gracias al Señor por su injusticia”.
jueves, julio 13, 2006
I'm not a lucky guy
Que Dios no lo quiera, amigo lector, ni su destino tampoco, ponerlo frente a transes tan tristes como un corazón roto, un amigo perdido o un esfuerzo consagrado a la nada.
Le deseo, en cambio, que sus sueños se cumplan, que atestigüe milagros, que crea y tenga fe ciega en el amor y que éste no lo defraude. Si algo de esto le sucediera en contra, no dude en decírmelo. Pero créame cuando digo que no encontrará en mí palabras de aliento, ni abrazos ni pañuelos para la pena. En cambio le diría que nos vieramos para beber, en el bar aquel en el que ya nos conocen, y burlarnos el uno del otro diciendo “pero mírate qué triste estás”.
Discúlpeme, amigo lector. Hoy no ha sido un buen día. Hoy soy otro.
sábado, junio 24, 2006
Para que los ausentes no falten, acérquese
Ahora, una foto de mi boda.
Bien, amigo lector, ya nos dimos cuenta que sí estás poniendo atención. Ahora sí, una foto del diploma y de los libros que ganó el cuento y que recogí yo, aquel vienes que fue un buen viernes, de esos que hay pocos y son raros.
jueves, junio 22, 2006
The Absolute Man

Pero casi nunca era así. Ya antes había combatido una masa chiclosa del espacio exterior; había logrado sobrevivir, junto con Yul Bryner, a la defensa de un pequeño poblado mexicano e intentado hacer de su huída en una motocicleta alemana, un gran escape. Terminaba vivo y solo, y no eran finales felices.
Siempre ileso, las heridas las llevaba por dentro, y acaso ir perdiendo los dientes en su papel de Papillon fuera más sencillo que moler a golpes a Ali MacGraw en la vida real, cuando estuvieron casados. Portó un arma en su papel de Frank Bullit, e hizo de San Francisco su pista de carreras, pero cargo una pistola por el resto de su vida cuando supo que el azar, o la fortuna, le hizo faltar a la cita en casa de Sharon Tate el día que Charles Manson irrumpió en ella.
Pudo haber actuado con Audrey Hepburn en Breakfast at Tiffany’s, pudo ser Harry el Sucio, ser parte de Apocalipsis ahora, ser alguno de los dos en Butch Cassidy and the Sundance Kid, hacer El guardaespaldas antes que Kevin Costner, y perseguir a Rambo en First Blood. Pero la fortuna que lo salvó también lo alejó de todas ellas, y prefirió enfermarlo de cáncer y hacer de sus últimos años una pista de carreras donde su Ford Mustang del 68 competía contra la muerte.
Al final perdió. Cruzó la frontera y murió en Ciudad Juárez. Lo más cercano que tuvo a un final feliz fueron esas últimas escenas de La huída. Pero cuando “The Man” lo vencía a él, “The Cincinnati Kid”, en un partido de póquer prolongado por horas, y al salir de aquel juego un niño de color lo reta a un juego de rayuela, y también pierde, la historia se equivocaba. No perdía el niño, sino el hombre. El Hombre.
miércoles, junio 14, 2006
Those were the days
miércoles, junio 07, 2006
¿A dónde se fueron todas las carpas?

Si lo posible es posible, entonces no me cabe duda que las carpas, simplemente, le plantaron cara a su destino. ¿Por qué depender para siempre de la gentileza de los extraños, que las alimentaban con galletas de animalitos por simple diversión dominical? Horadaron el piso, gordas y muchas como eran, hasta vislumbrar el camino rumbo al paraíso de las carpas. Ahora o nunca, patria o muerte, venceremos. Una legión que seguramente pasó lista antes de descubrir, en la caída, el pecado de hybris que estaban cometiendo: no basta ser carpa ni ser gorda, para escapar del sino que nos aguarda. No creyeron posible ser juguetes del destino.
Sin embargo las entiendo. Desde el fondo del lago, la mano que alimenta el mundo debe verse rodeada de destellos de luz, como una luminosa manifestación ondulante de un poder lejano e inaccesible. Debe ser angustiante.
domingo, junio 04, 2006
Cirilo o la selva oscura
Como dijo Gómez, “ah, carajo”. Resulta que el tiempo, como siempre pasa, pasa, y esta señorita se ha encargado de demostrarlo. No cabe duda que la Paleta, ella sí, solita, es otro boleto. De la pequeña Maria Joaquina que daba de vueltas en el Carrusel ya sólo queda el corazón roto de Cirilo, pobre, con su carita de angelito negro. Si a la niña rica la mareaba tanto dinero, a Cirilo sólo lo mareaban las vueltas en los caballos; pero, con las vueltas que da la vida, los mareos ahora los sufren todos los “lectores” de H, que han hecho de este número el más hojeado del Vips –algunos, con lágrimas en los ojos, le han arrancado el póster, me informan –y el único agotado en los 7Eleven. ¿Será que infancia es destino, y todos guardamos en nuestro corazón un pequeño Cirilo al que, para siempre, le meterán balín en su colección de balones y las rubias lo batearán despiadadamente, hasta hacerle escupir los dientes, cual Kirby Puckett? ¿Una onda así como del Dante, pero al que encima de llevarlo a ver los castigos, se los aplicaran también a él? “Chance”, diría Gómez. Porque entonces sí, mirando esos ojos y un tal bikini tejido, a la distancia podríamos decir que aquella resultó ser, en verdad, una divina comedia. sábado, junio 03, 2006
RIMAR
lunes, mayo 01, 2006
La calabaza de agua y el fuego
En André Schwarz-Bart, La mulata Soledad, Aguilar, España, 1973.
lunes, marzo 27, 2006
¿Listo, Kelvin?*
-Listo, Moddard - respondí.
-No te preocupes por nada -dijo Moddard -. La Estación te recogerá en vuelo. ¡Buen viaje!
La redención imposible
Stanislav Lem “colaboró” con nosotros en mi primer número como director de Mediaciones. Yo escribí acerca de Solaris, y él ilustró los interiores. Jamás lo supo. Aquí uno de los dibujos que ilustraron el número:
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(¿Más de Liniers? Visite Cajón Desastre)
miércoles, marzo 15, 2006
Happy birthday, Mr. Ivan
viernes, marzo 10, 2006
Vagamundo
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EL AMANECER
¿Le gustó? Vuelva a leerlo.
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Hoy, que persigo a Malmenor –“soy un fugitivo temporal”, escribió en las paredes del Consejo -, que he recibido la orden de capturarlo vivo, de ir a donde él vaya, recuerdo que no llegaré a cenar. Los viajeros en el tiempo carecemos de puntualidad.
viernes, febrero 10, 2006
Llagado de su sonrisa

Después de mucho reflexionar he llegado a la conclusión de que usted y yo tenemos algo en común: los dos hemos estado perdidos. Como usted, allende mi ciudad natal yo también tuve que declarar, frente a una recepcionista de hotel polaca de mirada compasiva: we’re lost. No tuvimos que acampar a mitad del pequeño parque cercano a la estación del tren, ni defendernos de sujetos extraños o cazar nuestro propio alimento, pero casi. Eso sí, comimos en un McDonald's levantado en medio de una cueva y muchas veces nos hicimos entender a señas. Por lo que, en términos generales, comprendo por lo que está usted pasando. Así que desde aquí mis más sinceros deseos porque no se la coma un oso polar.
Le comento además que mi invitado del mes, el señor Owen, tiene unas palabras para usted, señorita Lilly, que no por casualidad están varadas y le salieron en verso:
Como a la mano hecha a los espinos
La hiere con su gracia la rosa inesperada,
Así quedó mi duelo
Crucificado en tu sonrisa.
Espero le gusten, porque es de un pequeño libro del señor Owen sobre un pobre marinero que, como usted, naufragó y al alba se descubrió en una isla desierta y árida.
Queda de usted
Aldo Iván
PD. Para estar en sintonía con el momento, le mando esta breve misiva dentro de una botella que arrojaré al mar. Ah, y como para usted señorita Lilly, un día es igual al otro, le propongo que también para su linda persona todos los días 4 sean domingos.
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Dia Diez, LLAGADO DE SU SONRISA.
domingo, febrero 05, 2006
Ignorantina
jueves, febrero 02, 2006
La cuenta de mis muertos
Contra la más reciente película de Steven Spielberg se han lanzado duras críticas que, tras lecturas atentas, descubren a individuos más propensos al prejuicio y a la toma de posturas extremas. Es razonable que la duda surja cuando Munich no es abordada por apellidos como Coppola o Stone, sino por aquel que ha rubricado las peripecias del arqueólogo aventurero o las tribulaciones de un pinocho del futuro próximo. Tendría que tomarse con reservas.El problema se presenta cuando, después de ver el resultado en pantalla, se elevan las voces que exigen del director lo que antes le reprocharon por La lista de Schindler o Rescatando al soldado Ryan: la toma de postura. Se le acusa de suavizar a personajes que, se argumenta, actuaron “…sin pesadumbre, de acuerdo con una fe y unos mandatos específicos…”[1], o de tener miedo a señalar y denunciar, llegando a estar, la película, “…empapada en el sudor de su idea de equidad…”[2], habitando el colmo en el que “…el único partido que Steven Spielberg toma alguna vez es el partido del cine”[3].
Sin embargo, las faltas que se le atribuyen son, por mucho, los logros de una cinta que no sólo en lo técnico resulta ser de buena hechura. Las dudas que asaltan a los cinco miembros del equipo de Avner Kauffman no sólo humanizan a los sicarios israelíes, sino que crean el justo contraste con la férrea determinación de aquellos que los mandan, quienes, pese a sus servicios prestados, los desconocerán hasta negar su existencia si es que ello es necesario. Spielberg toma un riesgo enorme para su discurso hasta ahora correcto y complaciente: el estado de Israel no sólo combate fuego con fuego, sino que, en última instancia, parece hacerlo a ciegas.
El ser humano duda porque razona, y no podemos afirmar que aquellos ceñidos a una fe –teológica o militar, o ambas– no se descubren a sí mismos perturbados por la noche, como si la convicción de que no dudan fuera más necesaria para nuestra tranquilidad que para los miembros de la Mossad. No sabemos si dudan, pero no podemos afirmar que no dudan. Y Avner, Carl, Steve, Hans y Robert se preguntan sobre lo que los constituye como hombres, antes que como sicarios. Avner solicita las pruebas que inculpan a sus objetivos, Carl quiere saber quién realmente les vende la información (¿la CIA, la Mossad, los franceses?), Robert no comprende la ley del talión que están aplicando. Aunque los sicarios reales no hayan hecho tales preguntas o elaborado dichas reflexiones, los personajes se vuelven alegorías sobre la búsqueda de una verdad que terminará asesinándolos o casi volviéndolos locos.
La lucidez con la que se expresa la primer ministro israelí Golda Meir al inicio de la película, termina siendo sólo el discurso que legitima la acción, arrojando a los convocados bajo ese discurso a actuar igual que aquellos que combaten. Conviviendo por necesidad miembros de la OLP con los hombres de Avner, éste último tiene una discusión con el líder de aquellos, que le recuerda la necesidad de tener un hogar. Desestimándolas en boca de un palestino, Avner encuentra las mismas palabras en boca de su madre: la lucha de Israel está justificada porque siempre es necesario un hogar. Luego entonces, y ésta es la parte del discurso de Spielberg que más incomoda, la lucha de los palestinos también está justificada.
Pero además están los intereses que Estados Unidos, a través de la CIA, defiende; la organización familiar francesa que trafica con información clasificada; la holandesa freelance que sintetiza la lucha por la sobrevivencia; los terroristas palestinos que son buenos padres o traductores de textos clásicos de literatura; el hombre que asesina y procrea.
Al final, Israel ya no es aquel inocente pueblo judío masacrado por alemanes, sino el Estado que propicia, por negarse a negociar, la muerte de sus atletas, y que achaca a los otros sus faltas. Un Estado que no escatima recursos para imponer su voluntad envuelto en su discurso de superioridad –la civilización contra la barbarie–.
Munich es, entonces, una película que merece ser vista varias veces para alcanzar a comprender lo que Spielberg argumenta entre líneas, brumoso a simple vista como sus Torres Gemelas que, aunque redundantes y efectistas, insisten en la necesidad de reflexión antes que en la condena y descalificación por no decir lo que se quiere escuchar.
[1] Montiel Figueiras, El sabor del otro, en Confabulario, número 92, 21 de enero de 2006, p. 13.
[2] Leon Wieseltier, Atentados. En torno a Munich, de Steven Spielberg, en Letras Libres, número 86, Febrero 2006, pp.100-101.
[3] Ídem.
miércoles, febrero 01, 2006
Correveidile colibrí
martes, enero 10, 2006
Desde el barandal
Soy feliz como el hombre que devora su nido,
sabio y decadente como aquel que a la luz de una vela
descifra un antiguo mapa de sí mismo. Viajero del tiempo
que abraza a sus amigos hasta volverlos
días de arena y nubes –yo también fui polvo del
polvo, armadura contra la nada-. Por eso hoy quiero
que me nombren rey del verano perdido.
Emperador de cartón, carnaval sin luz.
Soy un gran hombre.
Alicia Parker Mills (1907-1950). Por la comunicación que mantuvo con su esposo en su movilización al frente durante la Segunda Guerra Mundial, se sabe de lo terrible que era para él la estadía en combate. Mills, partidaria del conflicto bélico, alentaba a su joven esposo y le pedía que no tuviera miedo, que fuera valiente, que hiciera a cada hora, en cada momento, la guerra. Es con la muerte de su superior y el acto heroico -aunque inútil- por salvarlo, que “su soldado” –como le gustaba llamarlo- es ascendido y puesto al frente de un grupo de combatientes. El tono de las misivas se recrudece: el pánico y una lucha febril contra él se manifiesta en cada una de ellas. Mills no puede ya sino compartir la desesperanza y el desasosiego de su esposo, y en una carta fechada el 15 de mayo, le escribe: “Hoy pude comprenderte. Descubrí un ligero viento escurridizo agitando las cortinas, un sol que reposaba su viaje entre la sombra. Hoy los tuve, y me imaginé perdiéndolos. Entonces pensé en ti”.
viernes, enero 06, 2006
A Cabina, en sus tres años
Pero nosotros conocemos el trabajo y permanecemos despiertos hasta el amanecer, laborando en el gran campo azulado para que no falte nunca el jardín del sol por encima de los jardínes de los hombres.
Nosotros, aunque nos llamen perezosos, conocemos el trabajo arduo, sabemos qué significa arar, desde el principio, el más grande de los campos que día a día cubren las ortigas.
Nosotros sabemos cuánto se cansaron las doradas manitas de los rayos de luz para construir estas alegres ciudades de flores con abiertos balcones de rosas y altos campanarios de lirios.
Los demás únicamente ven los rayos y las flores.
No saben nada acerca de nuestra fatiga y de nuestras lágrimas.
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Tomado de Ritsos, Yannis, Sueño de un mediodía de verano, trad. Selma Ancira, FCE, México, 2005, pp. 42-43.
sábado, diciembre 31, 2005
Y combatí contra la noche armada y soñé
Mi pequeña nota para el año que termina. Peleó y soñó, y se ha ganado su lugar en los años por venir. Espero que el año que entra, cuando la humanidad despierte, ya haya yo jugado Risk, blandido el sable de luz de Obi Wan y todo lo demás, más veces y mejor.
sábado, diciembre 24, 2005
La virtud del hábito (y de Serafín)

martes, noviembre 15, 2005
Ahora que las bestias finalmente se han ido



Los Rolling Stones están muertos. También Dylan, Bowie, U2, Radiohead y lo que resta de los Beatles. Frente al Obelisco, convertido en monumento mortuorio de todos los idos, las sobrevivientes se congregan. ¿A qué sobrevivieron? Al exterminio inmediato, sorpresivo, de todos los mamíferos machos del planeta Tierra. Los hermanos, los padres, los esposos, perecieron en un ataque imprevisible que eliminó al 48% de la población mundial en un instante. Todos. Excepto uno. Yorick Brown, maestro en lengua inglesa, y su mascota Ampersand, un pequeño mono blanco con café, resultan ilesos de la catástrofe.
Y The Last Man, de la mano de Brian K. Vaughan, Pia Guerra y José Marzán Jr. (escritor, dibujante y entintador, respectivamente), exploran un mundo sin hombres donde las mujeres pierden intempestivamente a muchos de los que odian y aman. Vertigo, casa editorial responsable de la publicación –y división alternativa encargada de todos los proyectos de DC que caen en la definición de “comic” de autor-, presenta lo que a mi consideración es la mejor historia del 2002 a la fecha. A través de los ojos del último hombre en el mundo, observamos la recomposición social emprendida por las mujeres donde la política, la religión y los vínculos familiares se ven irremediablemente modificados en aras de permitir, en última instancia, la sobrevivencia de la raza humana.
Un ejemplo. A la desaparición de los hombres le sigue una guerra interna dentro de las sobrevivientes, donde quedan establecidos dos bandos: aquel que lamenta su repentina desaparición –las cosas que no se dijeron, la última vez que los vieron con vida –, y el que asume el hecho como una liberación otorgada por la sabiduría de la madre naturaleza. Las Amazonas, como se hacen llamar, han emprendido la cacería de travestidos y transexuales, perfeccionando lo que la justicia divina comenzó. Siguiendo el precepto amazónico, se han extirpado uno de los pechos, queman los bancos de esperma y elaboran su discurso a partir del concepto de matriarcado (“Now that the beasts are finally gone…”). Inician la persecución de Yorick para matarlo, con ayuda de su miembro más reciente, Hero…hermana de Yorick.
De amplias referencias culturales, el comic se construye a partir de una idea que, si bien no es nueva, confronta al siglo XXI con todos sus discursos incluyentes y progresivos. Ante eventos racistas, discriminatorios y hostiles, las mujeres responden de forma racista, discriminatoria y hostil, bajo un elaborado discurso democrático y culto que, paradójicamente, termina uniéndolas. Vertigo la clasifica como una obra de ciencia ficción, y no se equivoca al hacerlo. Las buenas piezas de ciencia ficción hablan del hombre contemporáneo disfrazándolo de lejanía. Las mujeres, al final, terminan siendo el reflejo y la hipérbole del hombre ausente.
lunes, octubre 31, 2005
martes, octubre 25, 2005
El hombre consciente
Engels, acerca de Marx.
La nota apareció en el periódico Reforma, en el suplemento Universitarios:
Entre las publicaciones se encontraron las del ITAM, de la UNAM, de la Universidad Iberoamericana y del Claustro de Sor Juana entre otras
Por Baruch Velázquez
Grupo Reforma
Ciudad de México (23 octubre 2005).- La Universidad del Claustro de Sor Juana realizó el Primer Encuentro de Revistas Universitarias e Independientes, en el que jóvenes de distintas casas de estudio expusieron sus publicaciones y debatieron sobre temas como censura, contenidos editoriales y distribución.
Aldo Iván Valdez, alumno de literatura del Claustro y director de la revista Mediaciones, afirmó que este tipo de eventos sirven para llegar a un mayor número de lectores. "Creemos que las publicaciones universitarias cumplen un papel importante en la formación de la conciencia crítica del estudiante, además de que hacemos público el trabajo de investigadores y creadores que se desenvuelven en las universidades", expresó.
Alfredo Núñez, de la Universidad Iberoamericana, reflexionó sobre el espacio que deberían tener estas publicaciones en los medios de comunicación."Nos enfrentamos con el problema de la distribución día con día, sin embargo, también hay gente que apuesta por nuestras propuestas, es necesario que nos apoyemos para tocar puertas y lograr llegar a un público que vaya más allá de las universidades", afirmó.
Entre las publicaciones dadas a conocer en el encuentro está Opción, del Instituto Tecnológico Autónomo de México; Asfáltica, de la Universidad Nacional Autónoma de México, así como las independientes Lenguaraz, Textofilia, Velocidad Crítica, Literal, Replicante, Arte al Día y Generación, entre otras.
Le agradezco a Baruch, un tipo por lo demás agradable y que en sentido estricto cumple con su trabajo, la mención que me dedica en su reportaje. Pero siendo un convencido de que es la palabra escrita la semilla de nuestra memoria colectiva, creo pertinente aclarar que las palabras que se me adjudican no fueron expresadas por mí en ningún momento. Platicamos, sí, y le obsequié los dos últimos números y, sin profundizar, le hablé de los hombres y mujeres que realizan Mediaciones, y de la participación de los profesores y alumnos que son, en última instancia, los que le dan vida a este tipo de publicaciones. No hablé nunca de la conciencia crítica, cosa que se adquiere no con una revista, sino en las aulas y en la vida cotidiana, si es que uno es atento al caminar por la calle o al cerrar de ojos para escucharse a sí mismo.
Su mención me halaga, pero no me deslumbra. Sobre todo al momento de descubrir una omisión aún más grave que mis “declaraciones”. Baruch no da crédito, en ninguna de sus líneas, a quienes llevaron a buen término el Encuentro de Revistas Universitarias e Independientes. La revista Registro y sus integrantes armaron las mesas, invitaron a los ponentes, consiguieron el material de apoyo y nos regalaron un bonito sobre con un póster y dos números suyos además de un diploma de participación. El esfuerzo era meritorio de una alusión, si es que dominaba la prudencia, o de un franco reconocimiento de su labor si es que los criterios editoriales, sólo por esta vez, hubieran podido quedar a un lado.
jueves, septiembre 15, 2005
Apuntes de Historia
sábado, septiembre 10, 2005
Los polacos ebrios

domingo, septiembre 04, 2005
1.No beberás ni fumarás ni te drogarás
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sábado, septiembre 03, 2005
El fin de la inocencia

Donde las bocas quieren fundar breves puertos
[pasamos
para llegar a esta mirada
hermosa y vacilante de ahora.
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Fragmento de La Bella Durmiente, de José Carlos Becerra.
viernes, septiembre 02, 2005
jueves, septiembre 01, 2005
Grande será el futuro
La incesante vacilación de Lemdel. Uno
Sin un lugar dónde dormir aquella noche, y conciente de que las palabras del Divisionario no eran en realidad una opción, Lemdel y su túnica parda se dirigieron al camino más próximo. Se detuvo en medio y miró a la derecha y a la izquierda. Hacia arriba estaban los arbustos y el Divisionario; hacia abajo el pueblo vecino con paredes de cal. Suspiró. Dos veces más miró, hasta decidir que él y su túnica parda visitarían el pueblo vecino.
La vecindad era un decir. Día y medio caminó hasta sus orillas. Justo a la entrada, desde lo alto, miró. Nunca estuvo en el itinerario del Divisionario. Pagaron los tributos, reorientaron sus casas hacia el oeste, nunca dijeron las palabras que no podían decirse. El pueblo estaba abandonado. Descendió la pequeña montaña en la que estaba. Cuesta abajo poco a poco fue viendo las casas más de cerca. Puertas y ventanas habían quedado abiertas, los fuegos apagados con poco cuidado, la comida recogida. En los naranjales la cosecha había sido rápida o detenida, no sabría decirlo, pero colgaban aún muchas frutas. Lemdel se sentó afuera de una de las casas. Escuchó.
A lo lejos comenzó a ladrar un perro. Ubicó la ruta del sonido y caminó hasta encontrarlo. Era un labrador negro. Con el mismo asombro de Lemdel, miró el pueblo vacío. Corrió, olfateó, se detuvo. Lemdel volvió a sentarse afuera de la misma casa y el labrador lo siguió. El silencio era más grande que el mundo en ese momento. Había naranjas por el piso; tomó una y le ofreció la mitad. ¿Qué hacer ahora?
Escogió una casa, entró en ella y se descalzó. Avivó el fuego. El camastro cercano fue cómodo. Al despertar había llovido, hacía frío, y una leve neblina lo habitaba todo. El labrador fue tras él cuando comenzó a recorrer el pueblo. Decidió que lo más conveniente era buscar algo de comida e ir hacia las villas, sólo hasta que el Divisionario cruzara la frontera. Al fondo del pueblo encontró las caballerizas, y su alegría fue grande al descubrir un caballo olvidado por alguien. Cerca de la calle de las ventas recordó haber visto una carreta. Fue por ella y le reparó la rueda izquierda. Apretó y aseguró las riendas para el caballo, colocó cestas con fruta y panes; se preparó para el viaje.
Aquella tarde conoció la historia. Encontró el libro en la casa más grande, hilado y de escritura mezclada con ilustraciones. Miró las hojas a la luz de la tarde encendida y después a la luz de una vela. La tinta y su coloración roja contaban la historia del pueblo, los días del origen, los obstáculos del héroe y una tragedia doliente como pocas. Las formas subían en curvas rojas, como estallando, o bajaban sobre cuerpos pálidos azulosos. Contaban una aventura, un cisma y una vuelta a la sustancia. Formas como torres se partían y colapsaban, y al siguiente instante aparecían unidas por tonos carmesí afanosos. Algo vio Lemdel en aquel libro. Creyó entender una grandeza, una útil necesidad de construir y no irse nunca. Las estrellas brillaban alto ya cuando lo decidió: repoblaría la aldea hasta verla hecha una ciudad. Será tan grande, pensó, que el Divisionario no la destruirá nunca. Era tarde para el inicio del plan. Con la cabeza entre plumas y paja, sobre el camastro escuchó cómo comenzó a llover.
Nunca lo había hecho, pero intuyó que fundar una ciudad no era tarea sencilla, así que lavó su rostro muy de mañana, ató bien su túnica y se calzó. Planeó un viaje por los pueblos vecinos hasta la gran ciudad, buscando habitantes para la aldea. Las veredas se habían vuelto lodo y el frío le contrajo el rostro. Halló a su caballo húmedo y muerto en medio de la caballeriza sin techo, y comprendió inmediatamente que eso no estaba bien. Volvió sobre sus pasos hasta la carreta, y guardó cuantas naranjas entraron en su bolsa. Junto con la carreta abandonó las cestas, la fruta y los panes. En otra pequeña bolsa de piel curtida guardó el libro, atado de arriba abajo y hacia los lados. Caminó a la vereda más próxima y esperó sentado a que algún transporte pasara por allí.
-¿A dónde vas, viajero? –le preguntó uno.
-A Mózoc - respondió Lemdel.
-Hasta allá no vamos, pero te dejamos en el pueblo más cercano - respondió otro.
Lemdel vaciló. Miró el camino que lo llevaba a su pueblo.
-No, hacia allá no vamos; allá no queda nada. Bajamos, no subimos. ¿Vienes?-.
Lemdel, su túnica parda y el labrador subieron. Entre los aparejos iba ya un hombre. Lemdel se acomodó junto a él y los caballos comenzaron a andar. Les propuso en su mente que juntos repoblaran la aldea, pero al abrir la boca los carreteros comenzaron a cantar. Dudó un momento. De espaldas a ellos y frente a su compañero tomó una naranja, le quitó la cáscara, y entre el vaivén aturdidor del camino desayunó. Los árboles pasaban haciendo sombras.




















